Capítulo I
En una tarde de mayo de uno de los primeros años del siglo XIV, volvían de la feria de San Marcos de Cacabelos tres, al parecer, criados de alguno de los grandes señores que entonces se repartían el dominio del Bierzo. El uno de ellos, como de cincuenta y seis años de edad, montaba una jaca gallega de estampa poco aventajada, pero que a tiro de ballesta descubría la robustez resistencia propias para los ejercicios venatorios, y en el puño izquierdo cubierto con su guante llevaba un neblí encaperuzado. Registrando ambas orillas del camino, pero atento a su voz y señales, iba un sabueso de hermosa raza. Este hombre tenía un cuerpo enjuto y flexible, una fisonomía viva y atezada, y en todo su porte y movimientos revelaba su ocupación y oficio de montero.
Frisaba el segundo en los treinta y seis años, y era el reverso de la medalla, pues a una fisonomía abultada y de poquísima expresión, reunía un cuerpo macizo y pesado, cuyos contornos de suyo poco airosos, comenzaba a borrar la obesidad. El aire de presunción con que manejaba un soberbio potro andaluz en que iba caballero, y la precisión con que le obligaba a todo género de movimientos, le daban a conocer como picador o palafrenero, y el tercero, por último, que montaba un buen caballo de guerra e iba un poco más lujosamente ataviado, era un mozo de presencia muy agradable, de gran soltura y despejo, de fisonomía un tanto maliciosa y en la flor de sus años. Cualquiera le hubiera señalado sin dudar porque era el escudero o paje de lanza de algún señor principal.
Llevaban los tres conversación muy tirada, y como era natural, hablaban de las cosas de sus respectivos amos, elogiándolos a menudo y entreverando las alabanzas con su capa correspondiente de murmuración.
-Dígote Nuño -decía el palafrenero-, que nuestro amo obra como un hombre, porque eso de dar la hija única y heredera de la casa de Arganza a un hidalguillo de tres al cuarto, pudiendo casarla con un señor tan poderoso, como el conde de Lemus, sería peor que asar la manteca.
(...)
-No hace bien tal -repuso el juicioso montero-, porque, sobre no tener doña Beatriz en más estima al tal conde que yo a un halcón viejo y ciego, si algo le lleva de ventaja al señor de Bembibre en lo tocante a bienes, también se le queda muy atrás en virtudes y buenas prendas
(...)
-Cierto es que nuestro amo no ha empeñado palabra ni soltado prenda, a lo que tengo, entendido; pero en ese caso, mal ha hecho en recibir a don Álvaro del mismo modo que si hubiese de ser su yerno, y en permitir que su hija tratase a una persona que a todo el mundo cautiva con su trato y gallardía, y de quien por fuerza se había de enamorar una doncella de tanta discreción y hermosura, como doña Beatriz.
-Pues si se enamoró, que se desenamore -contestó el terco palafrenero-; además, que no dejará de hacerlo en cuanto su padre levante la voz, porque ella es humilde como la tierra, y cariñosa como un ángel, la cuitada.
-Muy descaminado vas en tus juicios -respondió el montero-, yo la conozco mejor que tú porque la he visto nacer; y aunque por bien dará la vida, si la violentan y tratan mal, sólo Dios puede con ella.
-Pero hablando ahora sin pasión y sin enojo -dijo Millán metiendo baza-, ¿qué te ha hecho mi amo, Mendo, que tan enemigo suyo te muestras? Nadie, que yo sepa, habla así de él en esta tierra, sino tú.
-Yo no le tengo tan mala voluntad -contestó Mendo-, y si no hubiera parecido por acá el de Lemus, lo hubiera visto con gusto hacerse dueño del cotarro en nuestra casa, pero ¿qué quieres, amigo? Cada uno arrima el ascua a su sardina, y conde por señor nadie lo trueca.
-Pero mi amo, aunque no sea conde, es noble y rico, y lo que es más, sobrino del maestre de los templarios y aliado de la orden.
-Valientes herejes y hechiceros exclamó entre dientes Mendo.
-¿Quieres callar, desventurado? -le dijo Nuño en voz baja, tirándole del brazo con ira-. Si te lo llegasen a oír, serían capaces de asparte como a San Andrés.
(...)
Con éstas y otras llegaron al pueblo de Arganza, y se apearon en la casa solariega de su señor, el ilustre don Alonso Ossorio.
Capítulo II
Algo habrán columbrado ya nuestros lectores de la situación en que a la sazón se encontraba la familia de Arganza y el señor de Bembibre, merced a la locuacidad de sus respectivos criados. Sin embargo, por más que las noticias que les deben no se aparten en el fondo de la verdad, son tan incompletas, que nos obligan a entrar en nuevos pormenores esenciales, en nuestro entender, para explicar los sucesos de esta lamentable historia.
Don Alonso Ossorio, señor de Arganza, había tenido dos hijos y una hija; pero de los primeros murió uno antes de salir de la infancia, y el otro murió peleando como bueno en su primer campaña contra los moros de Andalucía. Así, pues, todas sus esperanzas habían venido a cifrarse en su hija doña Beatriz, que entonces tenía pocos años, pero que ya prometía tanta belleza como talento y generosa índole. Había en su carácter una mezcla de la energía que distinguía a su padre y de la dulzura y melancolía de doña Blanca de Balboa, su madre, santa señora cuya vida había sido un vivo y constante ejemplo de bondad, de resignación y de piedad cristiana. Aunque con la pérdida temprana de sus dos hijos su complexión, harto delicada por desgracia, se había arruinado enteramente, no fue esto obstáculo para que en la crianza esmerada de su hija emplease su instrucción poco común en aquella época, y fecundase las felices disposiciones de que la había dotado pródigamente la naturaleza. Sin más esperanza que aquella criatura tan querida y hermosa, sobre ella amontonaba su ternura, todas las ilusiones del deseo y los sueños del porvenir. Así crecía doña Beatriz como una azucena gentil y fragante al calor del cariño maternal, defendida por el nombre y poder de su padre y cercada por todas partes del respeto y amor de sus vasallos, que contemplaban en ella una medianera segura para aliviar sus males y una constante dispensadora de beneficios.
Los años en tanto pasaban rápidos como suelen, y con ellos voló la infancia de aquella joven tan noble, agraciada y rica, a quien por lo mismo pensó buscar su padre un esposo digno de su clase y elevadas prendas. En el Bierzo entonces no había más que dos casas cuyos estados y vasallos estuviesen al nivel: una la de Arganza, otra la de la antigua familia de los Yáñez, cuyos dominios comprendían la fértil ribera de Bembibre y la mayor parte de las montañas comarcanas. Este linaje había dado dos maestres al orden del Temple y era muy honrado y acatado en el país. Por una rara coincidencia a la manera que el apellido Ossorio pendía de la frágil existencia de una mujer, el de Yáñez estaba vinculado en la de un solo hombre no menos frágil y deleznable en aquellos tiempos de desdicha y turbulencias. Don Álvaro Yáñez y su tío don Rodrigo, maestre del Temple en Castilla, eran los dos únicos miembros que quedaban de aquella raza ilustre y numerosa; rama seca y estéril el uno, por su edad y sus votos, y vástago el otro, lleno de savia y lozanía, que prometía larga vida y sazonados frutos. Don Álvaro había perdido de niño a sus padres, y su tío, a la sazón comendador de la orden, le había criado como cumplía a un caballero tan principal, teniendo la satisfacción de ver coronados sus trabajos y solicitud con el éxito más brillante. Había hecho su primer campaña en Andalucía, bajo las órdenes de don Alonso Pérez de Guzmán, y a su vuelta trajo una reputación distinguida, principalmente a causa de los esfuerzos que hizo para salvar al infante don Enrique de manos de la morisma. Por lo demás, la opinión en que, según nuestros conocidos del capítulo anterior, le tenía el país, el rasgo contado por su escudero, darán a conocer mejor que nuestras palabras su carácter caballeresco y generoso.
El influjo superior de los astros parecía por todas estas razones confundir el destino de estos dos jóvenes, y, sin embargo, debemos confesar que don Alonso tuvo que vencer una poderosa repugnancia para entrar en semejante plan. La estrecha alianza que los Yáñez tuvieron siempre asentada con la orden del Temple estuvo mil veces para desbaratar este proyecto de que iba a resultar el engrandecimiento de dos casas esclarecidas y la felicidad de dos personas universalmente estimadas.
(...)
Bien hubiera deseado don Alonso, y, aun el maestre, que semejante enlace se hubiese llevado a cabo prontamente, pero doña Blanca, cuyo corazón era todo ternura y bondad, no quería abandonar a su hija única en brazos de un hombre desconocido, hasta cierto punto, para ella; porque creía, y con harta razón, que el conocimiento recíproco de los caracteres y la consonancia de los sentimientos son fiadores más seguros de la paz y dicha doméstica que la razón de estado y los cálculos de la conveniencia. Doña Blanca había penado mucho con el carácter duro y violento de su esposo, y deseaba ardientemente excusar a su hija los pesares que habían acibarado su vida. Así pues, tanto importunó y rogó, que al fin hubo de recabar de su noble esposo que ambos jóvenes se tratasen y conociesen sin saber el destino que les guardaban. ¡Solicitud funesta, que tan amargas horas preparaba para todos!
Este fue el principio de aquellos amores cuya espléndida aurora debía muy en breve convertirse en un día de duelo y de tinieblas. Al poco tiempo comenzó a formarse en Francia aquella tempestad, en medio de la cual desapareció, por último, la famosa caballería del Temple. Iguales nubarrones asomaron en el horizonte de España, y entonces los temores del señor de Arganza se despertaron con increíble ansiedad, pues harto conocía que don Álvaro era incapaz de abandonar en la desgracia a los que habían sido sus amigos en la fortuna, y según el giro que parecía tomar aquel ruidoso proceso, no era imposible que su familia llegase a presentar el doloroso espectáculo que siempre afea las luchas civiles. A este motivo, que en el fondo no estaba desnudo de razón ni de cordura, se había agregado otro, por desgracia más poderoso, pero de todo punto contrario a la nobleza que hasta allí no había dejado de resplandecer en las menores acciones de don Alonso. El conde de Lemus había solicitado la mano de doña Beatriz, por medio del infante don Juan, tío del rey don Fernando el IV, con quien unían a don Alonso relaciones de obligación y amistad desde su efímero reinado en León; y atento sólo a la ambición de entroncar su linaje con uno tan rico y poderoso, olvidó sus pactos con el maestre del Temple, y, no vaciló en el propósito de violentar a su hija, si necesario fuese, para el logro de sus deseos.
Tal era el estado de las cosas en la tarde que los criados de don Alonso y el escudero de don Álvaro volvían de la feria de Cacabelos. El señor de Bembibre y doña Beatriz, en tanto, estaban sentados en el hueco de una ventana de forma apuntada, abierta por lo delicioso del tiempo, que alumbraba a un aposento espléndidamente amueblado y alhajado. Era ella de estatura aventajada, de proporciones esbeltas y regulares, blanca de color, con ojos y cabello negros y un perfil griego de extraordinaria pureza. La expresión habitual de su fisonomía manifestaba una dulzura angelical, pero en su boca y en su frente cualquier observador mediano hubiera podido descubrir indicios de un carácter apasionado y enérgico. Aunque sentada, se conocía que en su andar y movimientos debían reinar a la vez el garbo, la majestad y el decoro, y el rico vestido, bordado de flores con colores muy vivos, que la cubría realzaba su presencia llena de naturales atractivos.
Don Álvaro era alto, gallardo y vigoroso, de un moreno claro, ojos y cabello castaños, de fisonomía abierta y noble, y sus facciones de una regularidad admirable. Tenía la mirada penetrante, y en sus modales se notaba gran despejo y dignidad al mismo tiempo. Traía calzadas unas grandes espuelas de oro, espada de rica empuñadura y pendiente del cuello un cuerno de caza primorosamente embutido de plata, que resaltaba sobre su exquisita ropilla oscura, guarnecida de finas pieles. En una palabra, era uno de aquellos hombres que en todo descubren las altas prendas que los adornan, y que involuntariamente cautivan la atención y simpatía de quien los mira.
Estaba poniéndose el sol detrás de las montañas que parten términos entre el Bierzo y Galicia, y las revestía de una especie de aureola luminosa que contrastaba peregrinamente con sus puntos oscuros.
(...)
Doña Beatriz clavaba sus ojos errantes y empañados de lágrimas ora en los celajes del ocaso, ora en los árboles del soto, ora en el suelo; y, don Álvaro, fijos los suyos en ella de hito en hito, seguía con ansia todos sus movimientos. Ambos jóvenes estaban en un embarazo doloroso sin atreverse a romper el silencio. Se amaban con toda la profundidad de un sentimiento nuevo, generoso y delicado, pero nunca se lo habían confesado. Los afectos verdaderos tienen un pudor y reserva característicos, como si el lenguaje hubiera de quitarles su brillo y limpieza. Esto, cabalmente, es lo que había sucedido con don Álvaro y doña Beatriz, que, embebecidos en su dicha, jamás habían pensado en darle nombre, ni habían pronunciado la palabra amor. Y sin embargo, esta dicha parecía irse con el sol que se ocultaba detrás del horizonte, y era preciso apartar de delante de los ojos aquel prisma falaz que hasta entonces les había presentado la vida como un delicioso jardín.
Don Álvaro, como era natural, fue el primero que habló.
-¿No me diréis, señora -preguntó con voz grave y melancólica-, qué da a entender el retraimiento de vuestro padre y mi señor para conmigo? ¿Será verdad lo que mi corazón me está presagiando desde que han empezado a correr ciertos ponzoñosos rumores sobre el conde de Lemus? ¿De cierto, de cierto pensarían en apartarme de vos? -continuó, poniéndose en pie con un movimiento muy rápido.
Doña Beatriz bajó los ojos y no respondió.
-¡Ah!, ¿conque es verdad? -continuó el apesarado caballero-.
(...)
-Escuchadme, doña Beatriz -repuso él, procurando serenarse. Vos no sabéis todavía cómo os amo, ni hasta qué punto sojuzgáis y avasalláis mi alma. Nunca hasta ahora os lo había dicho... ¿para qué había de hacer una declaración que el tono de mi voz, mis ojos y el menor de mis ademanes estaban revelando sin cesar? Yo he vivido en el mundo solo y sin familia, y este corazón impetuoso no ha conocido las caricias de una madre ni las dulzuras del hogar doméstico. Como un peregrino he cruzado hasta aquí el desierto de mi vida; pero cuando he visto que vos erais el santuario adonde se dirigían mis pasos inciertos, hubiera deseado que mis penalidades fuesen mil veces mayores para llegar a vos purificado y lleno de merecimientos. Era en mí demasiada soberbia querer subir hasta vos, que sois un ángel de luz, ahora lo veo; ¿pero quién, quién, Beatriz, os amará en el mundo más que yo?
-¡Ah!, ninguno, ninguno -exclamó doña Beatriz, retorciéndose las manos y con un acento que partía las entrañas.
-¡Y sin embargo, me apartan de vos! -continuó don Álvaro-. Yo respetaré siempre a quien es vuestro padre; nadie daría más honra a su casa que yo, porque desde que os amo se han desenvuelto nuevas fuerzas en mi alma, y toda la gloria, todo el poder de la tierra me parece poco para ponerlo a vuestros pies. ¡Oh Beatriz, Beatriz!, ¡cuando volvía de Andalucía, honrado y alabado de los más nobles caballeros, yo amaba la gloria porque una voz secreta parecía decirme que algún día os adornaríais con sus rayos, pero sin vos, que sois la luz de mi camino, me despeñaré en el abismo de la desesperación y me volveré contra el mismo cielo!
-¡Oh, Dios mío! -murmuró doña Beatriz-, ¿en esto habían de venir a parar tantos sueños de ventura y tan dulces alegrías?
-Beatriz exclamó don Álvaro-, si me amáis, si por vuestro reposo mismo miráis, es imposible que os conforméis en llevar una cadena que sería mi perdición y acaso la vuestra.
-Tenéis razón -contestó ella haciendo esfuerzos para serenarse. No seré yo quien arrastre esa cadena, pero ahora que por vuestra ventura os hablo por la última vez y que Dios lee en mi corazón, yo os revelaré su secreto. Si no os doy el nombre de esposo al pie de los altares y delante de mi padre, moriré con el velo de las vírgenes; pero nunca se dirá que la única hija de la casa de Arganza mancha con una desobediencia el nombre que ha heredado.
-¿Y si vuestro padre os obligase a darle la mano?
(...)
-Delante del mundo entero diría: ¡no!
(...)
-Mirad -respondió ella señalando el ocaso-, el sol se ha puesto, y es hora ya de que nos despidamos. Id en paz y seguro, noble don Álvaro, que si pueden alejaros de mi vista, no les será tan llano avasallar mi albedrío.
Con esto el caballero se inclinó, le besó la mano con mudo ademán, y salió de la cámara a paso lento. Al llegar a la puerta volvió la cabeza y sus ojos se encontraron con los de doña Beatriz, para trocar una larga y dolorosa mirada, que no parecía sino que había de ser la última. Enseguida se encaminó aceleradamente al patio donde su fiel Millán tenía del diestro al famoso Almanzor, y subiendo sobre él salió como un rayo de aquella casa, donde ya solo pensaba en él una desdichada doncella, que en aquel momento, a pesar de su esfuerzo, se deshacía en lágrimas amargas.
Capítulo III
(...)
Millán (...), acércate y camina a mi lado. Ya nada tengo que hacer en Cacabelos, y esta noche la pasaremos en el castillo de Ponferrada -dijo torciendo el caballo y mudando de camino-, pero mientras que allí llegamos quiero que me digas qué rumores han corrido por la feria acerca de los caballeros templarios.
-¡Extraños, por vida mía, señor! -le replicó el escudero-, dicen que hacen cosas terribles y ceremonias de gentiles, y que el Papa los ha descomulgado allá en Francia, y que los tienen presos y piensan castigarles-, y en verdad que, si es cierto lo que cuentan, sería muy bien hecho, porque más son proezas de judíos y gentiles que de caballeros cristianos.
-¿Pero qué cosas y qué proezas son esas?
-Dicen que adoran un gato y le rinden culto como a Dios, que reniegan de Cristo, que cometen mil torpezas, y que por pacto que tienen con el diablo hacen oro, con lo cual están muy ricos; pero todo esto lo dicen mirando a los lados y muy callandito, porque todos tienen más miedo al Temple que al enemigo malo.
Tras de esto, el buen escudero comenzó a ensartar todas las groseras calumnias que en aquella época de credulidad y de ignorancia se inventaban para minar el poder del Temple, y que ya habían comenzado a producir en Francia tan tremendos y atroces resultados. Don Álvaro que pensando descubrir algo de nuevo en tan espinoso asunto había escuchado al principio con viva atención, cayó al cabo de poco tiempo en las cavilaciones propias de su situación y dejó charlar a Millán, que no por su agudeza y rico ingenio estaba exento de la común ignorancia y superstición. Sólo si al llegar al puente sobre el Sil, que por las muchas barras de hierro que tenía dio a la villa el nombre de Ponsferrata con que en las antiguas escrituras se la distingue, le advirtió severamente que en adelante no sólo hablase con más comedimiento, sino que pensase mejor de una orden con quien tenía asentadas alianza y amistad y no acogiese las hablillas de un vulgo necio y malicioso. El escudero se apresuró a decir que él contaba lo que había oído, pero que nada de ello creía, en lo cual no daba por cierto un testimonio muy relevante de veracidad; y en esto llegaron a la barbacana del castillo. Tocó allí don Álvaro su cuerno, y después de las formalidades de costumbre, porque en la milicia del Temple se hacía el servicio con la más rigorosa disciplina, se abrió la puerta, cayó enseguida el puente levadizo, y amo y, escudero entraron en la plaza de armas.
Todavía se conserva esta hermosa fortaleza, aunque en el día sólo sea ya el cadáver de su grandeza antigua. Su estructura tiene poco de regular porque a un fuerte antiguo de formas macizas y pesadas se añadió por los templarios un cuerpo de fortificaciones más moderno, en que la solidez y la gallardía corrían parejas, con lo cual quedó privada de armonía, pero su conjunto todavía ofrece una masa atrevida y pintoresca. Está situado sobre un hermoso altozano desde el cual se registra todo el Bierzo bajo, con la infinita variedad de sus accidentes, y, el Sil que corre a sus pies para juntarse con el Boeza un poco más abajo, parece rendirle homenaje.
(...)
Don Álvaro dejó su caballo en manos de unos esclavos africanos y, acompañado de dos aspirantes, subió a la sala maestral, habitación magnífica con el techo y paredes escaqueados de encarnado y oro, con ventanas arabescas, entapizada de alfombras orientales y toda ella como pieza de aparato, adornada con todo el esplendor correspondiente al jefe temporal y espiritual de una orden tan famosa y opulenta. Los aspirantes dejaron al caballero a la puerta, después del acostumbrado benedicite, y uno que hacía la guardia en la antecámara le introdujo al aposento de su tío. Era este un anciano venerable, alto y flaco de cuerpo, con barba y cabellos blancos, y una expresión ascética y recogida, si bien templada por una benignidad grandísima. Comenzaba a encorvarse bajo el peso de los años, pero bien se echaba de ver que el vigor no había abandonado aún aquellos miembros acostumbrados a las fatigas de la guerra y endurecidos en los ayunos y vigilias. Vestía el hábito blanco de la orden y exteriormente apenas se distinguía de un simple caballero. El golpe que parecía amagar al Temple, y por otra parte los disgustos que, según de algún tiempo atrás iba viendo claramente, debían abrumar a aquel sobrino querido, último retoño de su linaje, esparcían en su frente una nube de tristeza y daban a su fisonomía un aspecto todavía más grave.
El maestre que había salido al encuentro de don Álvaro, después de haberle abrazado con un poco más de emoción de la acostumbrada, le llevó a una especie de celda en que de ordinario estaba y cuyos muebles y atavíos revelaban aquella primitiva severidad y pobreza en cuyos brazos habían dejado a la orden Hugo de Paganis y sus compañeros y de que eran elocuente emblema los dos caballeros montados en un mismo caballo. Don Rodrigo, así por el puesto que ocupaba como por la austeridad peculiar a un carácter, quería dar este ejemplo de humildad y modestia. Sentáronse entrambos, en taburetes de madera, a una tosca mesa de nogal, sobre la cual ardía una lámpara enorme de cobre, y don Álvaro hizo al anciano una prolija relación de todo lo acaecido, que éste escuchó con la mayor atención.
(...)
Capítulo IV
La caballería del templo de Salomón había nacido en el mayor fervor de las cruzadas, y los sacrificios y austeridades que les imponía su regla, dictada por el entusiasmo y celo ardiente de San Bernardo, les habían granjeado el respeto y aplauso universal. Los templarios, en efecto, eran el símbolo vivo y eterno de aquella generosa idea que convertía hacia el sepulcro de Cristo los ojos y el corazón de toda la cristiandad. En su guerra con los infieles nunca daban ni admitían tregua, ni les era lícito volver las espaldas aun delante de un número de enemigos conocidamente superiores; así es que eran infinitos los caballeros que morían en los campos de batalla. Al desembarcar en el Asia, los peregrinos y guerreros bisoños encontraban la bandera del Temple, a cuya sombra llegaban a Jerusalén sin experimentar ninguna de las zozobras de aquel peligroso viaje. El descanso del monje y la gloria y pompa mundana del soldado les estaban igualmente vedados, y su vida entera era un tejido de fatigas y abnegación. La Europa se había apresurado, como era natural, a galardonar una orden que contaba en su principio tantos héroes como soldados, y las honras, privilegios y riquezas que sobre ella comenzaron a llover la hicieron en poco tiempo temible y poderosa, en términos de poseer, como decía don Rodrigo, nueve mil casas y los correspondientes soldados y hombres de armas.
Como quiera, el tiempo que todo lo mina, la riqueza que ensoberbece aun a los humildes, la fragilidad de la naturaleza humana que al cabo se cansa de los esfuerzos sobrenaturales y sobre todo la exasperación causada en los templarios por los desastres de la Tierra Santa, y las rencillas y desavenencias con los hospitalarios de San Juan, llegaron a manchar las páginas de la historia del Temple, limpias y resplandecientes al principio. Desde la altura a que los habían encumbrado sus hazañas y virtudes, su caída fue grande y lastimosa. Por fin, perdieron a San Juan de Acre, y apagado ya el fuego de las cruzadas a cuyo calor habían crecido y prosperado, su estrella comenzó a amortiguarse, y la memoria de sus faltas, la envidia que ocasionaban sus riquezas, y los recelos que inspiraba su poder, fue lo único que trajeron de Palestina, su patria de adopción y de gloria, a la antigua Europa, verdadero campo de soledad y destierro para unos espíritus acostumbrados al estruendo de la guerra y a la incesante actividad de los campamentos.
(...)
Para conjurar todos estos riesgos, imaginó Felipe el Hermoso, rey de Francia, la medida política, sin duda, de aspirar al maestrazgo general de la orden que todavía llevaba el nombre de ultramarino; pero el desaire que recibió, junto con la codicia que le inspiró la vista del tesoro del Temple en los días que le dieron amparo contra una conmoción popular, acabó de determinar su alma vengativa a aquella atroz persecución que tiznará eternamente su memoria. El Papa, que como único juez de una corporación eclesiástica debía oponerse a las ilegales invasiones de un poder temporal, no se atrevía a contrariar al rey de Francia, temeroso de ver sujeta a la residencia de un concilio general la vida y memoria de su antecesor Bonifacio, como Felipe con toda vehemencia pretendía. De aquí resultaba que muchas gentes, y en especial los eclesiásticos, que veían la tibieza con que defendía la cabeza de la Iglesia la causa de los templarios, se inclinaban a lo peor; como generalmente sucede, y, de este modo las viles y monstruosas calumnias de Felipe, cada día adquirían más popularidad y consistencia entre una plebe supersticiosa y feroz.
Aunque entre los templarios españoles la continua guerra con los sarracenos conservaba costumbres más puras y, acendradas y daba a su existencia un noble y glorioso objeto de que estaban privados en Francia, también es cierto que los vicios consiguientes a la constitución de la orden no dejaban de notarse en nuestra patria. Por otra parte, el Temple, en último resultado, era una orden extranjera cuya cabeza residía en lejanos climas, al paso que a su lado crecían en nombre y reputación las de Calatrava, Alcántara y Santiago, plantas indígenas y espontáneas en el suelo de la caballería española y capaces de llenar el vacío que dejaran sus hermanos en los escuadrones cristianos. Toda comparación, pues, entre unas órdenes y la otra debía perjudicar a la larga a los caballeros del Temple, y por otra parte, conociendo los estrechos vínculos de su hermandad, difícil era separarlos de la responsabilidad de las acusaciones de la corte de Francia. De manera que los templarios españoles, algo más respetados y un poco menos aborrecidos que los de otros países, no por eso dejaban de ser objeto de la envidia y codicia para los grandes y de aversión para los pequeños, perdiendo sus fuerzas y prestigio en medio de la especie de pestilencia moral que consumía sus entrañas.
Estas reflexiones que, a riesgo de cansar a nuestros lectores, hemos querido hacer para explicar la rápida grandeza y súbita ruina de la orden del Temple, se habían presentado muchas veces al carácter meditabundo y grave del maestre de Castilla, y sido causa de la melancolía y abstraimiento que en él se notaba de mucho tiempo atrás; pero la mayor parte de sus súbditos lo achacaban a la piedad, un poco austera, que había distinguido siempre su vida. Don Álvaro, como ya hemos indicado, más ardiente y, menos reflexivo, no acertaba a explicarse el desaliento de una persona tan valerosa y cuerda como su tío, y así es que al día siguiente caminaba la vuelta de Carracedo, algo más divertido en sus propias tristezas y zozobras que no preocupado de los riesgos que amenazaban a sus nobles aliados. De la plática que iba a tener con el abad de Carracedo pendían tal vez las más dulces esperanzas de su vida, porque aquel prelado, como confesor de la familia de Arganza, ejercía grande influjo en el ánimo de su jefe. Por otra parte, su poder temporal le daba no poca consideración y preponderancia, porque después de la bailía de Ponferrada, nadie gozaba de más riquezas ni regía mayor número de vasallos que aquel famoso monasterio.
(...)
Gracias a la velocidad de Almanzor, que don Álvaro había ganado en la campaña de Andalucía de un moro principal a quien venció, pronto se halló a la puerta del convento. Guardábanla dos como maceros, más por decoro de la casa que no por custodia o defensa, que hicieron al señor de Bembibre el homenaje correspondiente a su alcurnia, y tirando uno de ellos del cordel de una campana avisó la llegada de tan ilustre huésped. Don Álvaro se apeó en el patio, y acompañado de dos monjes que bajaron a su encuentro y de los cuales el más entrado en años le dio el ósculo de paz, pronunciando un versículo de la Sagrada Escritura, se encaminó a la cámara de respeto en que solía recibir el abad a los forasteros de distinción. Era ésta la misma donde la infanta doña Sancha, hermana del emperador don Alonso, había administrado justicia a los pueblos del Bierzo, derramando sobre sus infortunios los tesoros de su corazón misericordioso, gracioso aposento con ligeras columnas y arcos arabescos con un techo de primorosos embutidos al cual se subía por una escalera de piedra adornada de un frágil pasamano. Una reducida, pero elegante galería, le daba entrada y recibía luz de una cúpula bastante elevada y de algunos calados rosetones, todo lo cual, junto con los muebles ricos, pero severos, que la decoraban le daban aspecto majestuoso y grave.
Los religiosos dejaron en esta sala a don Álvaro por espacio de algunos minutos, al cabo de los cuales entró el abad. Era este un monje como de cincuenta años, calvo, de facciones muy marcadas, pero en que se descubría más austeridad y rigor que no mansedumbre evangélica; enflaquecido por los ayunos y penitencias, pero vigoroso aun en sus movimientos. Se conocía a primera vista que su condición austera y sombría, aunque recta y sana, le inclinaba más bien a empuñar los rayos de la religión que no a cubrir con las alas de la clemencia las miserias humanas. A pesar de todo, recibió a don Álvaro con bondad, y, aun pudiéramos decir con efusión, atendido su carácter, porque le tenía en gran estima; y después de los indispensables comedimientos, se puso a leer la carta del maestre. A medida que la recorría iban amontonándose nubarrones en su frente dura y arrugada; tristes presagios para don Álvaro; hasta que, concluida por último, le dijo con su voz enérgica y sonora:
-Siempre he estimado a vuestra casa; vuestro padre fue uno de los pocos amigos que Dios me concedió en mi juventud, y vuestro tío es un justo, a pesar del hábito que le cubre; pero ¿cómo queréis que yo me mezcle ahora en negocios mundanos, ajenos a mis años y carácter, ni que vaya a desconcertar un proyecto en que el señor de Arganza piensa cobrar tanta honra para su linaje?
-Pero, padre mío -contestó don Álvaro-, la paz de vuestra hija de penitencia, el amor que la tenéis, la delicadeza de mi proceder y tal vez el sosiego de esta comarca, son asuntos dignos de vuestro augusto ministerio y, del sello de santidad que ponéis en cuanto tocáis. ¿Imagináis que doña Beatriz encuentra gran ventura en brazos del conde?
-Pobre paloma sin mancilla -repuso el abad con una voz casi enternecida-; su alma es pura como el cristal del lago de Carucedo, cuando en la noche se pintan en su fondo todas las estrellas del cielo, y ese reguero de maldición acabará por enturbiar y. amargar esta agua limpia y serena.
Quedáronse entrambos callados por un buen rato, hasta que el abad, como hombre que adopta una resolución inmutable, le elijo:
-¿Seríais capaz de cualquier empresa por lograr a doña Beatriz?
-¿Eso dudáis, padre? -contestó el caballero-; sería capaz de todo lo que no me envileciese a sus ojos.
-Pues entonces -añadió el abad-, yo haré desistir a don Alonso de sus ambiciosos planes, con una condición, y es que os habéis de apartar de la alianza de los templarios.
(...)
-Vuestro corazón está ciego, pues no ve que doña Beatriz sería la primera en despreciar a quien tan mala cuenta daba de su honra; la dicha siempre es menos que el honor. ¿Cómo queríais que faltase en la hora del riesgo a mi buen tío y a sus hermanos? ¡Otra opinión creí mereceros!
(...)
-¡Ah! -repuso el monje con el mismo calor, aunque con un acento doloroso-; ¡pluguiera al cielo que sólo en boca de la plebe anduviese el nombre del Temple!, pero el Papa ve los desmanes del rey de Francia sin fulminar sobre él los rayos de su poder, y ¿pensáis que así abandonaría sus hijos, no ha mucho tiempo de bendición, si la inocencia no los hubiera abandonado antes? El jefe de la Iglesia, hijo mío, no puede errar, y si hasta ahora no ha recaído ya el castigo sobre los delincuentes, culpa es de su corazón benigno y paternal.
(...)
-Hijo mío -añadió el monje, pensadlo bien y apartaos, que aún es tiempo, apartaos de esos desventurados sin volver la vista atrás, como el profeta que salía huyendo de Gomorra.
-Cuando vea lo que me decís -respondió don Álvaro con reposada firmeza-, entonces tomaré vuestros consejos. Los templarios serán tal vez altaneros y destemplados, pero es porque la injusticia ha agriado su noble carácter. Ellos responderán ante el soberano pontífice y su inocencia quedará limpia como el sol. Pero, en suma, padre mío, vos, que veis la hidalguía de mis intenciones, ¿no haréis algo por el bien de mi alma y, por doña Beatriz a quien tanto amáis?
-Nada -contestó el monje-, yo no contribuiré a consolidar el alcázar de la maldad y del orgullo.
El caballero se levantó entonces y le dijo:
-Vos sois testigo de que me cerráis todos los caminos de paz. ¡Quiera Dios que no os lo echéis en cara alguna vez!
-El cielo os guarde, buen caballero -contestó el abad-, y os abra los ojos del alma.
Enseguida le fue acompañando hasta el patio del monasterio, y después de despedirlo se volvió a su celda donde se entregó a tristes reflexiones.
Capítulo V
(...)
El maestre, por su parte, conocía harto bien el fondo de fanatismo que en el alma del abad de Carracedo sofocaba un sinfín de nobles cualidades para no prever el éxito; pero, así para consuelo de su sobrino como por obedecer a aquel generoso impulso que en las almas elevadas inclina siempre a la conciliación y a la dulzura, había dado aquel paso. Iguales motivos le determinaron a visitar al señor de Arganza, aunque la crítica situación en que se encontraba la orden por una parte, y por otra la conocida ambición de don Alonso parecían deber retraerle de este nuevo esfuerzo; pero la ternura de aquel buen anciano por el único pariente que le quedaba rayaba en debilidad, aunque exteriormente la dejaba asomar rara vez.
Así pues, un día de los inmediatos al suceso que acabamos de contar, salió de la encomienda de Ponferrada con el séquito acostumbrado y se encaminó a Arganza. La visita tuvo mucho de embarazosa y violenta (...)
Comoquiera, el señor de Arganza, un tanto alarmado con la intención que parecía descubrir el afecto de don Álvaro hacia su hija, resolvió acelerar lo posible su ajustado enlace a fin de cortar de raíz todo género de zozobras. (...) Así pues, una tarde que doña Beatriz, sentada cerca de su madre, trabajaba en bordar un paño de iglesia que pensaba regalar al monasterio de Villabuena, donde tenía una tía abadesa a la sazón, entró su padre en el aposento, y diciéndola que tenía que hablarle de un asunto de suma importancia, soltó la labor y se puso a escucharle con la mayor modestia y compostura.
(...)
-Hija mía -la dijo don Alonso-, ya sabes que Dios nos privó de tus hermanos y que tú eres la esperanza única y postrera de nuestra casa.
-Sí, señor -respondió ella con su voz dulce y melodiosa.
-Tu posición, por consiguiente -continuó su padre-, te obliga a mirar por la honra de tu linaje.
-Sí, padre mío, y bien sabe Dios que ni por un instante he abrigado un pensamiento que no se aviniese con el honor de vuestras canas y con el sosiego de mi madre.
-No esperaba yo menos de la sangre que corre por tus venas. Quería decirte, pues, que ha llegado el caso de que vea logrado el fruto de mis afanes y coronados mis más ardientes deseos. El conde de Lemus, señor el más noble y poderoso de Galicia, favorecido del rey y muy especialmente del infante don Juan, ha solicitado tu mano y yo se la he concedido.
-¿No es ese conde el mismo -repuso doña Beatriz- que, después de lograr de la noble reina doña María el lugar de Monforte en Galicia, abandonó sus banderas para unirse a las del infante don Juan?
-El mismo -contestó don Alonso, poco satisfecho de la pregunta de su hija-, ¿y qué tenéis que decir dél?
-Que es imposible que mi padre me dé por esposo un hombre a quien no podría amar, ni respetar tan siquiera.
(...)
-Vuestro deber es obedecer y callar, y recibir el esposo que vuestro padre os destine.
-Vuestra es mi vida -dijo doña Beatriz-, y si me lo mandáis, mañana mismo tomaré el velo en un convento; pero no puedo ser esposa del conde de Lemus.
-Alguna pasión tenéis en el pecho, doña Beatriz -contestó su padre dirigiéndola escrutadoras miradas-. ¿Amáis al señor de Bembibre? -le preguntó de repente.
-Si, padre mío -respondió ella con el mayor candor.
-¿Y no os dije que le despidierais?
-Y ya le despedí.
-¿Y cómo no despedisteis también de vuestro corazón esa pasión insensata? Preciso será que la ahoguéis entonces.
-Si tal es vuestra voluntad, yo la ahogaré al pie de los altares; yo trocaré por el amor del esposo celeste el amor de don Álvaro, que por su fe y su pureza era más digno de Dios, que no de mí, desdichada mujer. Yo renunciaré a todos mis sueños de ventura, pero no lo olvidaré en brazos de ningún hombre.
-Al claustro iréis -respondió don Alonso, fuera de sí de despecho-, no a cumplir vuestros locos antojos, no a tomar el velo de que os hace indigna vuestro carácter rebelde, sino a aprender en la soledad, lejos de mi vista y de la de vuestra madre, la obediencia y el respeto que me debéis.
Diciendo esto salió del aposento airado, y cerrando tras sí la puerta con enojo dejó solas a madre y a hija que, por un impulso natural y espontáneo, se precipitaron una en brazos de la otra; doña Blanca deshecha en lágrimas, y doña Beatriz comprimiendo las suyas con trabajo, pero llena interiormente de valor.
(...)
-Hija mía, hija mía -dijo, por fin, en cuanto su congoja le dejó hablar-, ¿cómo te has atrevido a irritarle de esa manera, cuando nadie tiene valor para resistir sus miradas?
-En eso verá que soy su hija y que heredo el esfuerzo de su ánimo.
(...)
-Pero, hija de mi vida, ¿no sería mejor ceder?
Doña Beatriz hizo un gesto muy expresivo, pero no respondió a su madre sino abrazándola y deseándole buen sueño.
Capítulo VI
La escena que acabamos de describir causó mucho desasosiego en el ánimo del señor de Arganza, porque harto claro veía ahora cuán hondas raíces había echado en el ánimo de su hija aquella malhadada pasión que así trastornaba todos sus planes de engrandecimiento. Poco acostumbrado a la contradicción, y mucho menos de parte de aquella hija, dechado hasta entonces de sumisión y, respeto, su orgullo se irritó sobremanera, si bien en el fondo, y como a despecho suyo, parecía a veces alegrarse de encontrar en una persona que tan de cerca le tocaba aquel valor noble y sereno y aquella elevación de sentimientos. Sin embargo, atento antes que todo a conservar ilesa su autoridad paternal, resolvió al cabo de dos días llevar a doña Beatriz al convento de Villabuena, donde esperaba que el recogimiento del lugar, el ejemplo vivo de obediencia que a cada paso presenciaría, y sobre todo el ejemplo de su piadosa tía, contribuirían a mudar las disposiciones de su ánimo.
(...)
Doña Beatriz se despidió de su madre a solas y, en los aposentos más escondidos de la casa, y por esta vez ya no pudo sostenerla su aliento; así fue que rompió en ayes y en gemidos tanto más violentos cuanto más comprimidos habían estado hasta entonces. El corazón de una madre suele tener en las ocasiones fuerzas sobrehumanas, y bien lo mostró doña Blanca, que entonces fue la consoladora de su hija y la que supo prestarle ánimo.
(...)
Componían la comitiva su padre, que caminaba un poco delante como en muestra de su enojo, aunque realmente por ocultar su emoción, el viejo Nuño, caballero en su haca de caza, pero sin halcón ni perro, el rollizo Mendo que aquel día andaba desalentado, y su criada Martina, joven aldeana, rubia, viva y linda, de ojos azules y, de semblante risueño y lleno de agudeza. (...) Doña Beatriz (...) dijo al montero, que por respeto caminaba un poco detrás:
-Acércate, buen Nuño, porque tengo que hablarte. Tú eres el criado más antiguo de nuestra casa, y como a tal sabes cuánto te he apreciado siempre.
-Sí, señora -contestó él con voz no muy segura-; ¿quién me dijera a mí cuando os llevaba a jugar con mis halcones y perros que habían de venir días como estos?
-Otros peores vendrán, pobre Nuño, si los que me quieren bien no me ayudan. Ya sabes de lo que se trata, y mucho me temo que la indiscreta ternura de mi padre no me fuerce a tomar por esposo un hombre de todos detestado. Si yo tuviera parientes a quienes dirigirme, sólo de ellos solicitaría amparo; pero, por desgracia, soy la última de mi linaje. Preciso será, pues, que él me proteja, me entiendes. ¿Te atreverías a llevarle una carta mía?
Nuño calló.
-Piensa -añadió doña Beatriz- que se trata de mi felicidad en esta vida y quizá en la otra. ¿También tú serías capaz de abandonarme?
-No, señora -respondió el criado con resolución-, venga la carta, que yo se la llevaré, aunque hubiera que atravesar por medio toda la morería. Si el amo lo llega a saber me mandará azotar y poner en la picota y me echará de casa que es lo peor; pero don Álvaro, que es el mismo pundonor y la misma bondad, no me negará un nicho en su castillo para cuidar de sus halcones y gerifaltes. Y sobre todo, sea lo que Dios quiera, que yo a buen hacer lo hago y él bien lo ve.
Doña Beatriz, enternecida, le entregó la carta, y casi no tuvo tiempo para darle las gracias, porque Mendo y Martina se le incorporaron en aquel punto.
(...)
Al cabo de un viaje de hora y media, se apeó la cabalgata delante del monasterio, a cuya portería salió la abadesa, acompañada de la mayor parte de la comunidad, a recibir a su sobrina. Las religiosas todas la acogieron con gran amor, prendadas de su modestia y hermosura, y don Alonso, después de una larga conversación con su cuñada, se partió a escondidas de su hija, desconfiando de su energía y resolución, harto quebrantada con las escenas de aquel día. Nuño y Mendo se despidieron de su joven ama con más enternecimiento del que pudiera esperarse de su sexo y educación. Aquellos fieles criados, acostumbrados a la presencia de doña Beatriz que como una luz de alegría y contento parecía iluminar todos los rincones más oscuros de la casa, conocían que, con su ausencia, la tristeza y el desabrimiento iban a asentar en ella sus reales. Conocían que don Alonso se entregaría más frecuentemente a los accesos de su mal humor sin el suave contrapeso y mediación de su hija; y por otra parte, no se les ocultaba que los achaques, ya habituales de doña Blanca agravados con el nuevo golpe, acabarían de oscurecer el horizonte doméstico. Así pues, entrambos caminaron sin hablar palabra detrás de su amo no menos adusto y silencioso que ellos, y al llegar a Arganza, Mendo se fue a las caballerizas con el caballo de su señor y el suyo, y Nuño, después de piensar su jaca y cenar, salió cerca de media noche con pretexto de aguardar una liebre en un sitio algo lejano, y de amaestrar un galgo nuevo de excelente traza, pero en realidad para llegar a Bembibre a deshora y entregar con el mayor recato la carta de doña Beatriz que poco más o menos decía así:
Mi padre me destierra de su presencia por vuestro amor, y yo sufro contenta este destierro; pero ni vos ni yo debemos olvidar que es mi padre y, por lo tanto, si en algo tenéis mi cariño y alguna fe ponéis en mis promesas, espero que no adoptareis ninguna determinación violenta. El primer domingo después del inmediato procurad quedaros de noche en la iglesia del convento, y os diré lo que ahora no puedo deciros. Dios os guarde, y os dé fuerzas para sufrir.
Nuño desempeñó con tanto tino como felicidad su delicado mensaje (...) Por lo demás, el buen montero todavía tuvo tiempo para volver a su aguardo y coger la liebre, que trajo triunfante a casa muy temprano deshaciéndose en elogios de su galgo.
Capítulo VII
El medio de que el señor de Arganza se había valido para arrancar del corazón de su hija el amor que tan firmes raíces había echado no era, a la verdad, el más a propósito. Aquella alma pura y generosa, pero altiva, mal podía regirse con el freno del temor, ni del castigo.
(...)
En el silencio que la rodeaba se alzaba más alta y sonora la voz de su corazón, y cuando su pensamiento volaba al que tiene en su mano la voluntad de todos y escudriña con su vista lo más oscuro de la conciencia, sus labios murmuraban sin saber aquel nombre querido.
(...)
Su tía, que también había amado y visto deshojarse en flor sus esperanzas bajo la mano de la muerte, respetaba los sentimientos de su sobrina y procuraba hacerle llevadero su cautiverio, dándole la posible libertad y tratándola con el más extremado cariño, porque su femenil agudeza le daba a entender claramente que sólo este proceder podía emplearse con aquella naturaleza, a un tiempo de león y, de paloma. La prudente señora quería dejar obrar la lenta medicina del tiempo antes de arriesgar ninguna otra tentativa.
El día que doña Beatriz había señalado a don Álvaro en su carta estaba elegido con gran discreción, porque en él se celebraban después de las vísperas los funerales de los regios patrones de aquella santa casa, que comúnmente solían atraer numeroso concurso, a causa de la limosna que se repartía, y de ordinario duraban hasta de noche. Fácil le fue, por lo tanto, al caballero deslizarse a favor de un disfraz de aldeano por entre el gentío y meterse en un confesonario, donde se escondió como pudo, mientras los paisanos del pueblo oían el sermón con la mayor atención. (...) Por fin, después de acabados los oficios, la iglesia se fue desocupando, las monjas rezaron sus últimas oraciones, el sacristán apagó las luces y salió de la iglesia cerrando las puertas con sus enormes llaves.
Quedóse el templo en un silencio sepulcral y alumbrado por una sola lámpara, cuya llama débil y oscilante más que aclaraba los objetos, los confundía.
(...)
Salió entonces del confesonario y se acercó a la reja del coro bajo, aplicando el oído con indecible ansiedad y engañándose a cada instante creyendo percibir el leve sonido de los pasos y el crujido de los vestidos de doña Beatriz. Por fin, una forma blanca y ligera apareció en el fondo oscuro del coro, y adelantándose rápida y silenciosamente presentó a los ojos de don Álvaro, ya un poco habituados a las tinieblas, los contornos puros y airosos de la hija de Ossorio.
Más fácil le fue a ella distinguirle, porque el bulto de su cuerpo se dibujaba claramente en medio de los rayos desmayados de la lámpara que por detrás le herían. Adelantóse, pues, hasta llegar a la verja, con el dedo en los labios como una estatua del silencio que hubiese cobrado vida de repente, y volviendo la cabeza, como para dirigir una postrera mirada al coro, preguntó con voz trémula:
-¿Sois vos don Álvaro?
-¿Y quién sino yo -respondió él- vendría a buscar vuestra mirada en medio del silencio de los sepulcros?
(...)
-Gracias, don Álvaro -respondió ella enternecida-, veo que me amáis demasiado, pero es preciso que me juréis aquí delante de Dios, que a nada os arrojaréis sin consentimiento mío. Sois capaz de sacrificarme hasta vuestra fama, pero ya os lo he dicho, yo no desobedeceré a mi padre.
-No puedo jurároslo, señora -respondió el caballero-, porque ya lo estáis viendo; la persecución y la violencia han empezado por otra parte y tal vez sólo las armas podrán salvaros. Mirad que os pueden arrastrar al pie del altar y allí arrancaros vuestro consentimiento.
-No creáis a mi padre capaz de tamaña villanía.
-Vuestro padre -replicó don Álvaro con cólera- tiene empeñada su palabra, según dice, y además cree honraros a vos y a su casa.
-Entonces yo solicitaré una entrevista con el conde y le descubriré mi pecho y cederá.
-¿Quién, él?, ¿ceder él?-contestó don Álvaro fuera de sí y con una voz que retumbó en la iglesia-, ¡ceder cuando justamente en vos estriban todos sus planes! ¡Por vida de mi padre, señora, que sin duda estáis loca!
La doncella se sobrepuso al susto que aquella voz le había causado, y le dijo con dulzura, pero con resolución.
-En ese caso yo os avisaré, pero hasta entonces juradme lo que os he pedido. Ya sabéis que nunca, nunca seré suya.
(...)
-Por mi honor lo juro -respondió don Álvaro.
-Id, pues, con Dios, noble caballero, yo recurriré a vos si fuere menester, y estad seguro de que nunca maldeciréis la hora en que os confiasteis a mí.
(...)
Capítulo VIII
(...)
Pasó algún tiempo sin que don Alonso hostigase a su hija, siguiendo en esto los consejos de su mujer y de la piadosa abadesa, y doña Beatriz, por su parte, sin quejarse de su situación y convertida en un objeto de simpatía y de ternura para aquellas buenas religiosas, que se hacían lenguas de su hermosura y apacible condición.
(...)
Esta calma, sin embargo, duró muy poco. El conde de Lemus volvió a presentarse reclamando sus derechos, y don Alonso entonces intimó a su hija su última e irrevocable resolución. Como este era un suceso que forzosamente había de llegar, la joven no manifestó sorpresa ni disgusto alguno y se contentó con rogar a su padre que le dejase hablar a solas con el conde, demanda a que no pudo menos de acceder.
(...)
Cuando llegó el día de la entrevista, se adornó uno de los locutorios del convento con esmero para recibir a un señor tan poderoso, y presunto esposo de una parienta inmediata de la superiora. La comitiva del conde, con don Alonso y algún otro hidalguillo del país, ocupaban una pieza algo apartada, mientras él, sentado en un sillón a la orilla de la reja, aguardaba con cierta impaciencia y aun zozobra la aparición de doña Beatriz.
Llegó, por fin, ésta acompañada de su tía y ataviada como aquel caso lo pedía, y haciendo una ligera reverencia al conde se sentó en otro sillón destinado para ella en la parte de adentro de la reja. La abadesa, después de corresponder al cortés saludo y cumplimientos del caballero, se retiró dejándolos solos.
(...)
-Excusado es que yo os hable de los deberes de la caballería y os diga que os abro mi pecho sin reserva. Cuando habéis solicitado mi mano sin haberme visto, y sin averiguar si mis sentimientos me hacían digna de semejante honor, me habéis mostrado una confianza que sólo con otra igual puedo pagaros. Vos no me conocéis, y por lo mismo no me amáis.
-Por esta vez habéis de perdonar -repuso el conde-. Cierto es que no habían visto mis ojos el milagro de vuestra hermosura, pero todos se han conjurado a ponderarla, y vuestras prendas, de nadie ignoradas en Castilla, son el mayor fiador de la pasión que me inspiráis.
Doña Beatriz disgustada de encontrar la galantería estudiada del mundo, donde quisiera que sólo apareciese la sinceridad más absoluta, respondió con firmeza y decoro:
-Pero yo no os amo, señor conde, y creo bastante hidalga vuestra determinación para suponer que sin el alma no aceptaríais la dádiva de mi mano.
-¿Y por qué no?, doña Beatriz -repuso él con su fría y resuelta urbanidad-; cuando os llaméis mi esposa comprenderéis el dominio que ejercéis en mi corazón, me perdonaréis esta solicitud tal vez harto viva con que pretendo ganar la dicha de nombraros mía, y acabaréis sin duda por amar a un hombre cuya vida se consagrará por entero a preveniros por todas partes deleites y regocijos y que encontrará sobradamente pagados sus afanes con una sola mirada de esos ojos.
Doña Beatriz comparaba en su interior este lenguaje artificioso en que no vibraba ni un sólo acento del alma, con la apasionada sencillez y arrebato de las palabras de su don Álvaro. Conoció que su suerte estaba echada irrevocablemente, y entonces, con una resolución digna de su noble energía, respondió:
-Yo nunca podré amaros, porque mi corazón ya no es mío.
(...)
-Algo había oído decir de esa extraña inclinación hacia un hidalgo de esta tierra; pero nunca pude creer que no cediese a la voz de vuestro padre y a los deberes de vuestro nacimiento.
-Ese a quien llamáis con tanto énfasis hidalgo -respondió doña Beatriz sin inmutarse- es un señor no menos ilustre que vos. La nobleza de su estirpe sólo tiene por igual la de sus acciones, y si mi padre juzga que tan reprensible es mi comportamiento, no creo que os haya delegado a vos su autoridad que sólo en él acato.
Quedóse pensativo el conde un rato como si en su alma luchasen encontrados afectos, hasta que, en fin, sobreponiéndose a todo, según suele suceder, la pasión dominante, respondió con templanza y con un acento de fingido pesar.
-Mucho me pesa, señora, de no haber conocido más a fondo el estado de vuestro corazón, pero bien veis que, habiendo llevado tan adelante este empeño, no fuera honra de vuestro padre ni mía exponernos a las malicias del vulgo.
-¿Quiere decir -replicó doña Beatriz con amargura- que yo habré de sacrificarme a vuestro orgullo? (...) Pues sabed -añadió con una mirada propia de una reina ofendida- que no es así como se gana mi corazón. Id con Dios, y que el cielo os guarde, porque jamás nos volveremos a ver.
El conde quiso replicar, pero le despidió con un ademán altivo que le cerró los labios, y levantándose se retiró paso a paso y como desconcertado, más que con el justo arranque de doña Beatriz con la voz de su propia conciencia. Sin embargo, la presencia de don Alonso y de los demás caballeros restituyó bien presto su espíritu a sus habituales disposiciones, y declaró que, por su parte, ningún género de obstáculo se oponía a la dicha que se imaginaba entre los brazos de una señora, dechado de discreción y de hermosura. El señor de Arganza al oírlo, y creyendo tal vez que las disposiciones de su hija hubiesen variado, entró en el locutorio apresuradamente.
(...)
-¡Padre mío, padre mío!, ¡no me entreguéis a ese hombre indigno!, ¡no me arrojéis en brazos de la desesperación y del infierno! ¡Mirad que seréis responsable delante de Dios de mi vida y de la salvación de mi alma!
(...)
-Hija mía, ya es imposible volver atrás; si este es un sacrificio para vos, coronadlo con el valor propio de vuestra sangre, y resignaos. Dentro de tres días os casaréis en la capilla de nuestra casa con toda la pompa necesaria.
-¡Oh, señor!, ¡pensadlo bien!, ¡dadme más tiempo tan siquiera!...
Pensado está -respondió don Alonso-, y el término es suficiente para que cumpláis las órdenes de vuestro padre.
Doña Beatriz se levantó entonces, y apartándose los cabellos con ambas manos de aquel rostro divino, clavó en su padre una mirada de extraordinaria intención, le dijo con voz ronca:
-Yo no puedo obedeceros en eso, y diré «no» al pie de los altares.
-¡Atrévete, hija vil! -respondió el señor de Arganza fuera de sí de cólera y de despecho-, y mi maldición caerá sobre tu rebelde cabeza y te consumirá como fuego del cielo.
(...)
Capítulo IX
(...)
-¡Quieren llevarme arrastrando al templo de Dios, a que mienta delante de él y de los hombres!, ¿no lo sabes, Martina? ¡Y mi padre me ha amenazado con su maldición si me resisto!..., ¡todos, todos me abandonan! ¡Oyes!, ¡es menester salir!, es menester que él lo sepa, y ojalá que él me abandone también, y así Dios sólo me amparará en su gloria.
-Sosegaos, por Dios, señora -respondió la doncella consternada-, ¿cómo queréis salir con tantas rejas y murallas?
-No, yo no -respondió doña Beatriz-, porque me buscarían y me cogerían, pero tú puedes salir y decirle a qué estado me reducen. Inventa un recurso cualquiera..., aunque sea mentira, porque, ya lo estás viendo, los hombres se burlan de la justicia y de la verdad.
(...)
-¡Albricias, señora!, que en esta misma noche estaré fuera del convento y todo se remediará (...)
-Pero ¿qué es lo que intentas? -preguntó su ama, admirada no menos de aquella súbita mudanza que del aire de seguridad de la muchacha.
-Ahora es -respondió ésta- cuando la madre tornera va a preparar la lámpara del claustro; yo me quedaré un poco de tiempo en su lugar, y lo demás corre de mi cuenta; pero contad con no asustaros, aunque me oigáis gritar y hacer locuras.
Diciendo esto, salió de la celda brincando como un cabrito, no sin dar antes un buen apretón de manos a su señora. La prevención que le dejaba hecha no era ciertamente ociosa, porque al poco tiempo comenzaron a oírse por aquellos claustros tales y tan descompasados gritos y lamentos, que todas las monjas se alborotaron y salieron a ver quién fuese la causadora de tal ruido. Era, ni más ni menos, que nuestra Martina, que con gestos y ademanes, propios de una consumada actriz, iba gritando a voz en cuello:
-¡Ay, padre de mi alma!, ¡pobrecita de mí que me voy a quedar sin padre! ¿Dónde está la madre abadesa que me dé licencia para ir a ver a mi padre antes de que se muera?
La pobre tornera seguía detrás como atortolada de ver la tormenta que se había formado no bien se había apartado del torno.
-Pero, muchacha -le dijo, por fin-, ¿quién ha sido el corredor de esa mala nueva?, que cuando yo volví, ya no oí la voz de nadie detrás del torno, ni pude verle.
-¿Quién había de ser -respondió ella con la mayor congoja-, sino Tirso, el pastor de mi cuñado?, que iba el pobre sin aliento a Carracedo a ver si el padre boticario le daba algún remedio. ¡Buen lugar tenía él de pararse! ¿Pero dónde está la madre abadesa?
-Aquí -respondió ésta, que había acudido al alboroto-, ¿pero a estas horas te quieres ir, cuando se va a poner el sol?
-Sí, señora, a estas horas -replicó ella siempre con el mismo apuro-, porque mañana ya será tarde.
-¿Y dejando a tu señora en este estado? -repuso la abadesa.
Doña Beatriz, que también estaba allí, contestó con los ojos bajos y con el rostro encendido por la primera mentira de toda su vida.
-Dejadla ir, señora tía, porque amas puede Dios depararle muchas y padre no le ha dado sino uno.
La abadesa accedió entonces, pero en vista de la hora insistió en que la acompañase el cobrador de las rentas del convento. Martina bien hubiera querido librarse de un testigo de vista importuno, pero conoció con su claro discernimiento que el empeñarse en ir sola sería dar que pensar, y exponerse a perder la última áncora de salvación que quedaba a su señora. Así, pues, dio las gracias a la prelada, y mientras avisaba al cobrador, se retiró con su señora a su celda como para prepararse a su impensada partida. Doña Beatriz trazó atropelladamente estos renglones.
Don Álvaro: dentro de tres días me casan si vos o Dios no lo impedís. Ved lo que cumple a vuestra honra y a la mía, pues ese día será para mí el de la muerte.
No bien acababa de cerrar aquella carta cuando vinieron a decir que el escudero de Martina estaba ya aguardando, porque como los criados del monasterio vivían en casas pegadas a la fábrica, siempre se les encontraba a mano y prontos. (...) El lugar a donde se dirigían era Valtuille, muy poco distante del monasterio, porque de allí era Martina y allí tenía su familia; pero, sin embargo, ya comenzaba a anochecer cuando llegaron a las eras. Allí se volvió Martina al cobrador y dándole una moneda de plata, le despidió socolor de no necesitarle ya, y de sacar de cuidado a las buenas madres. Dio él por muy valederas las razones en vista del agasajo y repitiéndole alguno de sus más sesudos consejos, dio la vuelta más que de paso a Villabuena. Ocurriósele por el camino que las monjas le preguntarían por el estado del supuesto enfermo, y aún estuvo por deshacer lo andado para informarse, en cuyo caso toda la maraña se desenredaba y el embuste venía al suelo con su propio peso; pero, afortunadamente, se echó la cuenta de que con cuatro palabras, algún gesto significativo y, tal cual meneo de cabeza, salía del paso airosamente y se ahorraba además tiempo y trabajo, y de consiguiente se atuvo a tan cuerda determinación.
Martina por su parte, queriendo recatarse de todo el mundo, fue rodeando las huertas del lugar, y saltando la cerca de la de su cuñado se entró en la casa cuando menos la esperaban. Tanto su hermana como su marido la acogieron con toda la cordialidad que nuestros lectores pueden suponer y que sin duda se merecía por su carácter alegre y bondadoso. Pasados los primeros agasajos y cariños, Martina preguntó a su cuñado si tenía en casa la yegua torda.
-En casa está -respondió Bruno, así se llamaba el aldeano-; por cierto, que como ha sido año de pastos, parece una panera de gorda. Capaz está de llevarse encima el mismo pilón de la fuente de Carracedo.
-No está de sobra -replicó Martina-, porque esta noche tiene que llevarnos a los dos a Bembibre.
-¿A Bembibre? -repuso el aldeano-, ¡tú estás loca, muchacha!
-No, sino en mi cabal juicio -contestó ella-; y enseguida, como estaba segura de la discreción de sus hermanos, se puso a contarles los sucesos de aquel día.
(...)
Dicho esto, se encaminó a la cuadra silbando una tonada del país, y se puso a enalbardar la yegua con toda diligencia (...)
Montó en ella poniendo a Martina delante, y después de decir a su mujer que antes de amanecer estarían va de vuelta, se alejaron a paso acelerado. Era la torda animal muy valiente; y así es que, a pesar de la carga, tardaron poco en verse en la fértil ribera de Bembibre (...) Se encaminaron al castillo (...)
Llegaron nuestros aventureros al foso y llamando al centinela dijeron que tenían que dar a don Álvaro un mensaje importante. El comandante de la guardia, viendo que sólo era un hombre y una mujer, mandó bajar el puente y dar parte al señor de la visita.
(...)
Martina le entregó silenciosamente el papel de su señora que leyó con una palidez mortal. Sin embargo, como hemos dicho más de una vez, no era de los que en las ocasiones de obrar se dejan abrumar por el infortunio. Repúsose, pues, lo mejor que pudo y empezó por preguntar a Martina si creía que hubiese algún medio de penetrar en el convento.
-Sí, señor -respondió ella-, porque como más de una vez me ha ocurrido que con un señor tan testarudo como mi amo algún día tendríamos que hacer nuestra voluntad y no la suya, me he puesto a mirar todos los agujeros y resquicios, y he encontrado que los barrotes de la reja por dónde sale el agua de la huerta están casi podridos, y que con un mediano esfuerzo podrían romperse.
-Sí, pero si tu señora ha de estarse encerrada en el monasterio mientras tanto, nada adelantamos con eso.
-¡Qué!, no señor -repuso la astuta aldeana-, porque como mi ama gusta de pasearse por la huerta hasta después de anochecer, muchas veces cojo yo la llave y se la llevo a la hortelana, pero como siempre me manda colgarla de un clavo, cualquier día puedo dejar otra en su lugar y quedarme con ella para salir a la huerta a la hora que nos acomode.
-En ese caso -repuso don Álvaro-, di a tu señora que mañana a media noche me aguarde junto a la reja del agua. Tiempo es ya de salir de este infierno en que vivimos.
-Dios lo haga -respondió la muchacha con un acento tal de sinceridad, que se conocía la gran parte que le alcanzaba en las penas de su señora, y un poco además del tedio de la clausura.
Despidióse enseguida, porque ningún tiempo le sobraba para estar al amanecer en Villabuena, según lo reclamaba así su plan, como la urgencia del recado que llevaba de don Álvaro. (...) Cabalmente, tocaban entonces a las primeras oraciones, de consiguiente no pudo llegar más a tiempo. Al punto la rodearon las monjas preguntándole con su natural curiosidad qué era lo que había ocurrido.
-¿Qué había de ser, pecadora de mí -respondió ella con el mayor enojo-, sino una sandez de las muchas de Tirso? Vio caer a mi padre con el accidente que le da de tarde en tarde, y sin más ni más vino a alborotarnos aquí y hasta a Carracedo fue sin que nadie se lo mandase. No, pues si otra vez no escogen mejor mensajero, a buen seguro que yo me mueva, aunque de cierto se muera todo el mundo.
Diciendo esto se dirigió a la celda de su señora dejando a las buenas monjas entregadas a sus reflexiones sobre la torpeza del pastor y lo pesado del chasco.
(...)
Capítulo X
Don Álvaro salió de su castillo muy poco después de Martina (...) Su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.
(...)
El comendador que, según su inveterada costumbre, estaba en pie al romper el día, viendo un caballero que subía la cuesta, y conociéndole cuando ya estuvo más cerca, salió a recibir con, un afecto casi paternal a tan ilustre huésped, mirado entre todos los templarios como el apoyo más fuerte de su orden en aquella tierra.
(...)
Este hombre extraordinario quería a don Álvaro con pasión, no sólo a causa de su confedración con la orden, sino por sus prendas hidalgas y elevado ingenio. No parecía sino que un reflejo de sus días juveniles se pintaba en aquella figura de tan noble y varonil belleza.
(...)
-¿De dónde bueno tan temprano? -le dijo abrazándole estrechamente.
-De mi castillo de Bembibre -respondió el caballero.
-¡De Bembibre! -contestó el comendador como admirado-. Quiere decir que habéis andado de noche y que vuestra prisa debe ser muy grande y ejecutiva.
Don Álvaro hizo una señal de afirmación con la cabeza, y el anciano, después de examinarle atentamente, le dijo:
-¡Por el Santo Sepulcro, que tenéis el mismo semblante que teníamos los templarios el día que nos embarcamos para Europa! ¿Qué os ha pasado en este mes en que no hemos podido echaros la vista encima?
-Ni yo mismo sabría decíroslo -respondió don Álvaro-, y sobre todo aquí -añadió echando una mirada alrededor.
-Sí, sí, tenéis razón -contestó Saldaña, y asiéndose de su brazo subió con él al mismo torreón en que antes estaba.
-¿Qué es lo que pasa? -preguntó de nuevo el comendador.
El joven por única respuesta sacó del seno la carta de doña Beatriz y se la entregó. Como era tan breve, el comendador la recorrió de una sola ojeada, y dijo, frunciendo el entrecejo, de una manera casi feroz, aunque en voz baja:
-¡Ira de Dios, señores villanos!, ¿conque queréis acorralarnos y destrozar además el pecho de gentes que valen algo más que vosotros? ¿Y qué habéis pensado? -repuso volviéndose a don Álvaro.
-He pensado arrancarla de su convento aunque hubiese de romper por medio de todas las lanzas de Castilla; pero llevarla a mi castillo ofrece muchos riesgos para ella, y venía a pediros ayuda y consejo.
-Ni uno ni otro os faltarán. Habéis obrado como discreto, porque si a vuestro castillo os la llevaseis o tendríais que abrir de grado sus puertas a quien fuese a buscarla, o se encendería al punto la guerra, cosa que daría gran pesar a vuestro tío y a nadie traería ventaja por ahora.
-Si yo pudiera esconderla en las cercanías -repuso don Álvaro- hasta que pasase el primer alboroto, la pondría después en un convento de la Puebla de Sanabria, donde es abadesa una pariente mía.
-Pues, en ese caso -replicó Saldaña-, traedla a Cornatel, porque si a buscarla vinieren, a fe que no la encontrarán. Junto al arroyo, y cubierta con malezas al lado de una cruz de piedra, está la mina del castillo, y por allí podéis introducirla. En mis aposentos no entra nadie, y nadie de consiguiente la verá. Pero a lo que dice la carta, mucha diligencia habéis menester para impedir un suceso que ha de quedar concluido pasado mañana.
-Y tanta -respondió don Álvaro-, que esta misma noche pienso dar cima a la empresa -y enseguida le contó la visita de Martina y la traza concertada que al comendador le pareció muy bien.
(...)
Capítulo XI
(...)
Las noches postreras de mayo duran poco, y así no tardaron en oír las doce en el reloj del convento. Ya antes que dieran, había hecho su reconocimiento por los tenebrosos claustros la diligente Martina, y entonces, volviéndose a su ama, le dijo:
-Vamos, señora, porque estoy segura de que ya ha limado o quebrado los barrotes, y nos aguarda como los padres del Limbo el santo advenimiento.
(...)
Doña Beatriz, no menos atemorizada que subyugada por su pasión, salió apoyada en su doncella y entrambas llegaron a tientas a la puerta del jardín. Abriéronla con mucho cuidado, y volviendo a cerrarla de nuevo se encaminaron apresuradamente hacia el sitio de la cerca por donde salía el agua del riego. Como la reja, contemporánea de don Bernardo el Gotoso, estaba toda carcomida de orín, no había sido difícil a un hombre vigoroso como don Álvaro arrancar las barras necesarias para facilitar el paso desahogado a una persona, de manera que cuando llegaron ya el caballero estaba de la parte de adentro. Tomó silenciosamente la mano de doña Beatriz, que parecía de hielo y la dijo:
-Todo está dispuesto, señora; no en vano habéis puesto en mí vuestra confianza.
Doña Beatriz no contestó, y don Álvaro repuso con impaciencia:
-¿Qué hacéis? ¿Tanto tiempo os parece que nos sobra?
-Pero, don Álvaro -preguntó ella-, con sólo la mira de ganar tiempo ¿a dónde queréis llevarme?
El caballero le explicó entonces rápida, pero claramente, todo su plan, tan juicioso como bien concertado, y al acabar su relación doña Beatriz volvió a guardar silencio. Entonces la zozobra y la angustia comenzaron a apoderarse del corazón de don Álvaro que también se mantuvo un rato sin hablar palabra, fijos los ojos en os de doña Beatriz que no se alzaban del suelo. Por fin, acallando en lo posible sus recelos, le dijo con voz algo trémula:
-Doña Beatriz, habladme con vuestra sinceridad acostumbrada. ¿Habéis mudado por ventura de resolución?
-Sí, don Álvaro -contestó ella con acento apagado y sin atreverse a alzar la vista-, yo no puedo huir con vos sin deshonrar a mi padre.
Soltó él entonces la mano, como si de repente se hubiera convertido entre las suyas en una víbora ponzoñosa y clavando en ella una mirada casi feroz, le dijo con tono duro y casi sardónico:
-¿Y qué quiere decir entonces vuestro dolorido y extraño mensaje?
-¡Ah! -contestó ella con voz dulce y sentida-, ¿de ese modo me dais en el rostro con mi flaqueza?
-Perdonadme -respondió él-, porque cuando pienso que puedo perderos, mi razón se extravía y el dolor llega a hacerme olvidar hasta de la generosidad. Pero decidme, ¡ah!, decidme -continuó arrojándose a sus pies- que vuestros labios han mentido cuando así queríais apartarme de vos. ¿No vais con vuestro esposo, con el esposo de vuestro corazón? Esto no puede ser más que una fascinación pasajera.
-No es sino verdadera resolución.
-¿Pero lo habéis pensado bien? -repuso don Álvaro-. ¿No sabéis que mañana vendrán por vos para llevaros a la iglesia y arrancaros la palabra fatal?
Doña Beatriz se retorció las manos lanzando sordos gemidos, y dijo:
-Yo no obedeceré a mi padre.
-Y vuestro padre os maldecirá, ¿no lo oísteis ayer de su misma boca?
-¡Es verdad, es verdad! -exclamó ella espantada y revolviendo los ojos-, él mismo lo dijo. ¡Ah! -añadió enseguida con el mayor abatimiento-, hágase entonces la voluntad de Dios y la suya.
(...)
Por fin don Álvaro hizo uno de aquellos esfuerzos que sólo a las naturalezas extremadamente enérgicas y altivas son permitidos, y dijo con una frialdad irónica y desdeñosa que atravesaba como una espada el corazón de la infeliz:
-En ese caso, sólo me resta pediros perdón de las muchas molestias que con mis importunidades os he causado, y rendir aquí un respetuoso y cortés homenaje a la ilustre condesa de Lemus, cuya vida colme el cielo de prosperidad.
Y con una profunda reverencia se dispuso a volver las espaldas, pero doña Beatriz, asiéndole del brazo con desesperada violencia, le dijo con voz ronca:
-¡Oh!, ¡no así, no así, don Álvaro! ¡Cosedme a puñaladas si queréis, que aquí estamos solos y nadie os imputará mi muerte, pero no me tratéis de esa manera, mil veces peor que todos los tormentos del infierno!
-¿Doña Beatriz, queréis confiaros a mí?
-Oídme don Álvaro, yo os amo, yo os amo más que a mi alma, jamás seré del conde... pero, escuchadme no me lancéis esas miradas.
-¿Queréis confiaros a mí y ser mi esposa, la esposa de un hombre que no encontrará en el mundo más mujer que vos?
-¡Ah! -contestó ella congojosamente y como sin sentido-; sí, con vos, con vos hasta la muerte entonces cayó desmayada entre los brazos de Martina y del caballero.
-¿Y qué haremos ahora? -preguntó éste.
-¿Qué hemos de hacer? -contestó la criada- sino acomodarla delante de vos en vuestro caballo y marcharnos lo más aprisa que podamos. Vamos, vamos, ¿no habéis oído sus últimas palabras? Algo más suelta tenéis la lengua que mañosas las manos.
Don Álvaro juzgó lo más prudente seguir los consejos de Martina, y acomodándola en su caballo con ayuda de Martina y Millán salió a galope por aquellas solitarias campiñas, mientras escudero y criada hacían lo propio.
(...)
Don Álvaro, embebido en su dicha, no reparaba que estaban cerca del monasterio de Carracedo, cuando de repente una sombra blanca y negra se atravesó rápidamente en medio del camino y con una voz imperiosa y terrible gritó:
-¿A dónde vas, robador de doncellas?
El caballo, a pesar de su valentía, se paró, y doña Beatriz y su criada, por un común impulso, restituida la primera al uso de sus sentidos por aquel terrible grito, y la segunda casi perdido el de los suyos de puro miedo, se tiraron inmediatamente al suelo. Don Álvaro bramando de ira, metió mano a la espada, y picando con entrambas espuelas, se lanzó contra el fantasma en quien reconoció con gran sorpresa suya al abad de Carracedo.
-¡Cómo así -le dijo en tono áspero-, un señor de Bembibre trocado en salteador nocturno!
-Padre -le interrumpió don Álvaro-, ya sabéis que os respeto a vos y a vuestro santo hábito, pero, por amor de Dios y de la paz, dejadnos ir nuestro camino. No queráis que manche mi alma con la sangre de un sacerdote del Altísimo.
-Mozo atropellado -respondió el monje, que no respetas ni la santidad de la casa del Señor; ¿cómo pudiste creer que yo no temería tus desafueros y procuraría salirte al paso?
-Pues habéis hecho mal -replicó don Álvaro rechinando los dientes-. ¿Qué derecho tenéis vos sobre esa dama ni sobre mí?
-Doña Beatriz -respondió el abad con reposo- estaba en una casa en que ejerzo autoridad legítima y de donde fraudulentamente la habéis arrancado. En cuanto a vos, esta cabeza calva os dirá más que mis palabras.
Don Álvaro entonces se apeó y envainando su espada y procurando serenarse le dijo:
-Ya veis, padre abad, que todos los caminos de conciliación y buena avenencia estaban cerrados. Nadie mejor que vos puede juzgar de mis intenciones, pues que no ha muchos días os descubrí mi alma como si os hablara en el tribunal de la penitencia, así pues, sed generoso, amparad al afligido y socorred al fugitivo y no apartéis del sendero de la virtud y la esperanza dos almas a quienes sin duda en la patria común unió un mismo sentimiento antes de llegar a la patria del destierro.
-Vos habéis arrebatado con violencia a una principal doncella del asilo que la guardaba, y este es un feo borrón a los ojos de Dios y de los hombres.
Doña Beatriz, entonces, se adelantó con su acostumbrada y hechicera modestia y le dijo con su dulce voz:
-No, padre mío, yo he solicitado su ayuda, yo he acudido a su valor, yo me he arrojado en sus brazos y heme aquí.
Entonces le contó rápidamente y en medio del arrebato de la pasión las escenas del locutorio, su desesperación, sus dudas y combates, y exaltándose con la narración, concluyó asiendo el escapulario del monje con el mayor extremo del desconsuelo y exclamando:
-Oh, padre mío, libradme de mi padre, libradme de este desgraciado a quien he robado su sosiego, y sobre todo, libradme de mí misma porque mi razón está rodeada de tinieblas y mi alma se extravía en los despeñaderos de la angustia que hace tanto tiempo me cercan.
Quedóse todo entonces en un profundo silencio que el abad interrumpió por fin con su voz bronca y desapacible, pero trémulo a causa del involuntario enternecimiento que sentía:
-Don Álvaro -dijo-, doña Beatriz se quedará conmigo para volver a su convento y vos tornaréis a Bembibre.
-Ya que tratáis de arrancarla de mis manos, debierais antes arrancarme la vida. Dejadnos ir nuestro camino, y ya que no queréis contribuir a la obra de amor, no provoquéis la cólera de quien os ha respetado aun en vuestras injusticias. Apartaos os digo; o por quien soy, que todo lo atropello, aun la santidad misma de vuestra persona.
-¡Infeliz! -contestó el anciano-, los ojos de tu alma están ciegos con tu loca idolatría por esta criatura. Hiéreme y mi sangre irá en pos de ti gritando venganza como la de Abel.
Don Álvaro, fuera de sí de enojo, se acercó para arrancar a doña Beatriz de manos del abad, usando si preciso fuese de la última violencia, cuando ésta se interpuso y le dijo con calma:
-Deteneos, don Álvaro, todo esto no ha sido más que un sueño de que despierto ahora, y yo quiero volverme a Villabuena, de donde nunca debí salir.
(...)
-Escuchadme, hijo mío -añadió el monje con más ternura de la que podía esperarse en su carácter adusto y desabrido-; tú eres digno de suerte más dichosa y sólo Dios sabe cómo me atribulan tus penas. Gran cuenta darán a su justicia los que así destruyen su obra; yo, que soy su delegado aquí y ejerzo jurisdicción espiritual, no consentiré en ese malhadado consorcio, manantial de vuestra desventura. (...)
-Bien veis, venerable señor -dijo al abad-, que mi corazón no se ha salido del sendero de la sumisión, sino cuando la iniquidad de los hombres me ha lanzado de él. Han querido arrebatármela y eso es imposible, pero si vos queréis mediar y me ofrecéis que no se llevará a cabo ese casamiento abominable, yo me apartaré de aquí como si hubiera oído la palabra del mismo Dios.
-Toca esta mano a que todos los días baja la majestad del cielo -replicó el monje, y vete seguro de que mientras vivas y doña Beatriz abrigue los mismos sentimientos, no pasará a los brazos de nadie, ni aunque fueran los de un rey.
(...)
Doña Beatriz reunió las pocas fuerzas que le quedaban para tan doloroso momento, y acercándose al caballero se quitó del dedo una sortija y la puso en el suyo diciéndole:
-Tomad ese anillo, prenda y símbolo de mi fe pura y acendrada como el oro -y enseguida, cogiendo el puñal de don Álvaro, se cortó una trenza de sus negros y largos cabellos que todavía caían desechos por sus hombros y cuello y se la dio igualmente. Don Álvaro besó entrambas cosas y la dijo:
-La trenza la pondré dentro de la coraza al lado del corazón, y el anillo no se apartará de mi dedo; pero si mi escudero os devolviese algún día entrambas cosas, rogad por mi eterno descanso.
-Aunque así fuera, os aguardaré un año, y pasado él me retiraré a un convento.
-Acepto vuestra promesa, porque si vos murieseis igualmente, ninguna mujer se llamaría mi esposa.
(...)
Así estuvieron algunos instantes, como dos puros y cristalinos ríos que mezclan sus aguas, al cabo de los cuales se separaron, y don Álvaro montando a caballo, después de recibir un abrazo del abad, se alejó lentamente volviendo la cabeza atrás hasta que los árboles lo ocultaron. Millán se quedó, por disposición de su amo, para acompañar a doña Beatriz y a su criada a Villabuena. El anciano entonces dio un corto silbido, y un monje lego, que estaba escondido tras de unas tapias, se presentó al momento. Díjole algunas palabras en voz baja, y al cabo de poco tiempo se volvió con la litera del convento, conducida por dos poderosas mulas. Entraron en ella ama y criada; retiróse el lego; asió Millán de la mula delantera, montó el abad en su caballo, y emprendieron de esta suerte el camino de Villabuena, a donde llegaron todavía de noche. Por la brecha de la reja volvieron a entrar las fugitivas, y Martina casi en brazos condujo a su señora a la habitación, en tanto que el abad daba la vuelta a Carracedo más satisfecho de su prudencia, con la cual todo se había remediado sin que nada se supiese, que su pedestre acompañante del término de su aventura nocturna.
Al día siguiente, cuando los criados del conde y del señor de Arganza fueron al convento llevando los presentes de boda, encontraron a doña Beatriz atacada de una calentura abrasadora, perdido el conocimiento, en medio de un delirio espantoso.
Capítulo XII
Extraño parecerá tal vez a nuestros lectores que tan a punto estuviese el abad de Carracedo para destruir los planes de felicidad de don Álvaro y doña Beatriz (...) Era doña Beatriz su hija de confesión, y todas las cosas a ella pertenecientes excitaban su cuidado y solicitud; pero desde su ida a Villabuena por honor de una casa de su orden y que estaba bajo su autoridad, su vigilancia se había redoblado y no sin fruto. Un criado de Carracedo había visto un aldeano montar en un soberbio caballo en uno de los montes cercanos a Villabuena y salir con uno al parecer escudero, por trochas y veredas, como apartándose de poblado. Lo extraño del caso le movió a contárselo al abad, y éste, por las señas y la dirección que llevaba, conoció que don Álvaro rondaba los alrededores, y que en vista de la insistencia del conde de Lemus, trataría tal vez de robar a su amante. Comunicó, pues, sus órdenes a todos los guardabosques del monasterio, y al barquero de Villadepalos (pues la barca era del monasterio) también para que acechasen todo con vigilancia, y le diesen parte inmediatamente de cuanto observasen. (...)
Don Álvaro, por su parte, desde Carracedo se fue en derechura a Ponferrada, donde llegó antes de amanecer, pero no queriendo alborotar a nadie a hora tan intempestiva, y con el objeto de recobrarse antes de presentarse a su tío, estuvo vagando por las orillas del río hasta que los primeros albores del día trocaron en su natural color las pálidas tintas de que revestía la luna las almenas y torreones de aquella majestuosa fortaleza. Entró entonces en ella, y con la franqueza propia de su carácter, aunque exigiéndole antes su palabra de caballero de guardar su declaración en el secreto de su pecho y no tomar sobre lo que iba a saber providencia alguna, contó a su tío todos los sucesos del día anterior. Escuchóle el anciano con vivo interés, y al acabar le dijo:
-Buen valedor has encontrado en el abad de Carracedo, y la desgracia te ha traído al mismo punto en que yo quise ponerte cuando aún no se había desencadenado esta tormenta. Yo conozco al abad, y por mucha que sea la enemiga y el rencor con que mira a nuestra caballería, su alma es recta y no se apartará de la senda de la verdad. Pero ¡Saldaña!... -añadió con pesadumbre-, uno de los ancianos de nuestro pueblo, encanecido en los combates, prestar su ayuda, ¡y lo que es más, el castillo que gobierna a semejantes propósitos! ¡Consentir que atravesase una mujer los umbrales del Temple, cuando hasta el beso de nuestras madres y hermanas nos está vedado!
Don Álvaro dijo entonces a su tío que pensaba partir al punto a Castilla, y el anciano se lo aprobó, no sólo porque como señor mesnadero estaba obligado a servir al rey en la ocasión que se ofrecía, sino también con el deseo de que los peligros y azares de la guerra, que tan bien cuadraban a su carácter, le divirtiesen de sus sinsabores y pesares. (...)
Capítulo XIII
Justamente el señor de Bembibre se alejaba del Bierzo cuando la fiebre se cebaba en doña Beatriz con terrible saña; y la infeliz le llamaba a gritos en medio de su delirio. (...)
Figúrense nuestros lectores la consternación que causaría en Arganza la triste noticia de la enfermedad de su única heredera. Doña Blanca, por la primera vez de su vida, soltó la compresa a su dolor y a sus quejas, y se desató en reproches e invectivas contra la obstinación de su esposo y contra los planes que así amenazaban aquella criatura tan querida, en términos que aun al conde, a pesar de la hospitalidad, le alcanzó parte de su cólera. Inmediatamente declaró su resolución de ir a Villabuena a pesar de sus dolencias, y de asistir a su hija; y don Alonso, temeroso de causar una nueva desgracia contrariándola en medio de su agitación, ordenó que en una especie de silla de manos la trasladasen al monasterio. En cuanto llegó, sus miembros casi paralíticos parecieron desatarse, y sus dolores habituales cesaron, por manera que todos estaban maravillados de verlo. ¡Admirable energía la del amor maternal, santo destello del amor divino, que para todo encuentra fuerzas y jamas se cansa de los sacrificios y fatigas más insoportables!
Doña Beatriz no conoció ya a su madre, aunque sus miradas se clavaban incesantemente en ella y parecía poner atención a todas las palabras de ternura que de sus labios salían, pero era aquella especie de atención a un tiempo intensa y distraída que se advierte en los locos. (...)
En tal estado se pasaron algunos días, durante los cuales no cesaron las monjas de rogar a Dios por la salud de doña Beatriz. Hubo que establecer una especie de turno para la asistencia, pues todas a la vez querían quedarse para velarla y asistirla. El luto parecía haber entrado en aquella casa sin aguardar a que la muerte le abriese camino. Sin embargo, después de doña Blanca, nadie estaba tan atribulada como Martina, de cuyo lindo y alegre semblante habían desaparecido los colores tan frescos y animados que eran la ponderación de todos. Por lo que hace al señor de Arganza, que a pesar de sus rigores amaba con verdadera pasión a su hija, oprimido por el doble peso del pesar y del remordimiento, apenas se atrevía a presentarse por Villabuena, pero pasaba días y noches sin gozar un instante de verdadero reposo y a cada paso estaba enviando expresos que volvían siempre con nuevas algo peores.
Por fin, el médico declaró que su ciencia estaba agotada y que sólo el Celestial podría curar a doña Beatriz. Entonces se le administró la extremaunción, porque, como no había recobrado el conocimiento, no pudo dársele el viático. La comunidad, toda deshecha en lágrimas, acudió a la ceremonia, y cada una se despidió en su interior de aquella tan cariñosa y dulce compañera, que en medio de los sinsabores que la habían cercado de continuo, mientras había vivido en el convento, no había dado a nadie el más leve disgusto.
No hubo fuerzas humanas que arrancasen a doña Blanca del lado de su hija la noche que debía morir; así pues, hubieron de consentir en que presenciase el doloroso trance. Hacia media noche, sin embargo, doña Beatriz pareció volver en sí del letargo que había sucedido a la agitación del delirio, y clavando los ojos en su fiel criada le dijo en voz casi imperceptible:
-¿Eres tú, pobre Martina? ¿Dónde está mi madre?¡Me pareció oír su voz entre sueños!
-Bien os parecía, señora -replicó la muchacha reprimiéndose por no dejar traslucir la alegría tal vez infundada y loca que con aquellas palabras había recibido-, mirad al otro lado, que ahí la tenéis.
Doña Beatriz volvió entonces la cabeza, sacando ambos brazos, tan puros y bien formados no hacía mucho y entonces tan descarnados y flacos, se los echó al cuello y apretándola contra su pecho con más fuerza de la que podía suponerse, exclamó prorrumpiendo en llanto:
-¡Madre mía de mi alma! ¡Madre querida!
Doña Blanca, fuera de sí de gozo, pero procurando reprimirse, le respondió:
-Sí, hija de mi vida, aquí estoy; pero serénate que todavía estás muy mala, y eso puede hacerte daño.
-No lo creáis -replicó ella-, no sabéis cuánto me alivian estas lágrimas, únicas dulces que he vertido hace tanto tiempo. Pero vos estáis más flaca que nunca..., ¡ah!, ¡sí, es verdad!, todos hemos sufrido tanto. ¡Y vos también, tía mía! ¿Y mi padre dónde está?
-Pronto vendrá -replicó doña Blanca-, pero vamos, sosiégate, amor mío, y procura descansar.
Doña Beatriz, sin embargo, siguió llorando y sollozando largo rato; tantas eran las lágrimas que se habían helado en sus ojos y oprimían su pecho. Por fin, rendida del todo, cayó en un sueño profundo y sosegado, durante el cual rompió en un abundante sudor. (...)
El sueño de la enferma duró hasta muy entrada la mañana siguiente, y en cuanto se despertó y el médico volvió a asegurar que ya había pasado el peligro, las campanas del convento comenzaron a tocar a vuelo y en el monasterio fue un día de gran fiesta. (...) Sin embargo, la convalecencia parecía ir larga, y como el monasterio podía traerle a la imaginación más fácilmente las desagradables escenas de que había sido teatro, por orden del monje de Carracedo, que con tan paternal solicitud la había asistido, la trasladaron a Arganza, donde todos los recuerdos eran más apacibles y consoladores. (...)
Capítulo XIV
Volvamos ahora a don Álvaro, que bien ajeno de semejantes sucesos, había llegado a Tordehumos con la hueste del rey. (...)
Sucedió, pues, que una noche, saliendo los cercados con gran sigilo, dieron impensadamente sobre el real enemigo cuya mayor parte estaba descuidado, cayendo con más furia sobre el ala del señor de Bembibre y demás caballeros fieles al rey. Don Álvaro, que no solía prescindir de las precauciones y vigilancia propias de la guerra, salió al punto con la mitad de su prevenida gente a rechazar la imprevista embestida, enviando aviso inmediatamente al cuartel del rey para que le sostuviesen en el ataque que emprendía. En el desorden introducido y en la dañada intención del infante consistió sin duda que el refuerzo pedido no llegase. La noche estaba muy oscura, los enemigos se aumentaban sin cesar, los gritos de rabia, de temor y de dolor se mezclaban con las órdenes de los cabos; las armas y escudos despedían chispas en la oscuridad con el incesante martilleo, y la escena llegó a hacerse temerosa y horrible de veras. Por fin, los enemigos empezaron a extenderse por las alas del reducido y abandonado escuadrón, y don Álvaro estrechado entonces, comenzó a retirarse ordenadamente resistiendo con su acostumbrado valor el empuje contrario. Su gente, por último, comenzó a desbandarse, y don Álvaro, herido ya en el pecho, recibió otra herida en la cabeza, con lo cual vino al suelo debajo de su noble caballo que, herido también hacía rato, parecía haber conservado su brío, sólo para ayudar a su jinete. Entonces sobrevino nueva pelea alrededor del caído caballero, pues sus soldados hacían desesperados esfuerzos para arrancarle del poder de los enemigos; pero el número de éstos era ya tan grande (...) que por último, ensangrentados y rotos, hubieron de tomar la huida dejándolo en sus manos. (...)
El fiel Millán, que había peleado como correspondía al lado de su amo en aquella noche fatal, separado de él por el tropel de los fugitivos en el momento crítico, por la mañana muy temprano se presentó a las puertas de Tordehumos, pidiendo que le tomasen por prisionero con su amo, de quien venía a cuidar durante sus heridas. Lara mandó recibirle al punto, y llamándole a su presencia le alabó mucho su fidelidad y le regaló una cadena de plata encargándole encarecidamente la asistencia de un caballero tan cumplido como su amo. Por lo que hace a la mesnada de éste, reducida casi a la mitad por la tremenda refriega de la noche, y heridos la mayor parte de los que sobrevivieron, se reunieron bajo el mando de Melchor Robledo y se pusieron a retaguardia del campo para curarse y restablecerse lo posible.
El rey, por su parte, aunque don Álvaro no fuese muy de su devoción por su alianza con los templarios, no por eso dejó de sentir su prisión y heridas, porque sobrado conocía que una lanza tan buena y un corazón tan noble le hacían infinita falta en medio de las voluntades, cuando menos tibias, que le rodeaban.
Don Álvaro tardó bastantes horas en volver a su conocimiento por el aturdimiento de su caída y por la mucha sangre que con sus heridas había perdido. Lo primero que vieron sus ojos al abrirse fue a su fiel Millán que, de pie al lado de su cama, estaba observando con particular solicitud todos sus movimientos. A los pies estaba también en pie un caballero de aspecto noble, aunque algo ceñudo habitualmente, cubierto con una rica armadura azul, llena de perfiles y dibujos de oro de exquisito trabajo. Finalmente, a la cabecera se descubría un personaje de ruin aspecto, con ropa talar oscura y una especie de turbante o tocado blanco en la cabeza. El caballero era don Juan Núñez de Lara, y el otro sujeto el rabino Ben Simuel, su físico, hombre muy versado en los secretos de las ciencias naturales y a quien el vulgo ponía, por lo tanto, sus ribetes de nigromante y hechicero. Su raza y creencia le hacían odioso, y su exterior tampoco era a propósito para granjearse el cariño de nadie.
Don Álvaro extendió sus miradas alrededor, y encontrando las paredes de un aposento en lugar de los lienzos y colgaduras de su tienda, y aquellas personas para él desconocidas, comprendió cuál era su suerte y no pudo reprimir un suspiro. Lara se acercó entonces a él y tomándole la mano le aseguró que no estaba sino en poder de un caballero que admiraba su valor y sus prendas; que se sosegase y cobrase ánimo para sanar en breve de sus heridas que, aunque graves, daban esperanza de curación no muy lejana.
-Finalmente -añadió apretándole la mano-, no veáis en don Juan Núñez de Lara vuestro carcelero, sino vuestro enfermero, servidor y amigo.
Don Álvaro quiso responder, pero Ben Simuel se opuso encargándole mucho el silencio y el reposo, y haciéndole beber una poción calmante, se salió con don Juan de la habitación dejando al herido caballero en compañía de Millán. En cuanto se fueron, don Álvaro le preguntó con voz muy débil:
-¿Me oyes, Millán?
-Sí, señor -respondió éste, ¿qué me queréis?
-Si muero, toma de mi dedo él anillo, y del lado izquierdo de mi coraza la trenza que me dio doña Beatriz aquella noche fatal, y se la llevarás de mi parte diciéndola... no, nada le digas.
-Está bien, señor, si Dios os llama así se hará como decís, pero por ahora sosegaos y mirad por vos.
Don Álvaro procuró descansar, pero a pesar de la medicina sólo logró algún reposo interrumpido y desigual; tales eran los dolores que sus heridas le causaban.
Capítulo XV
A los pocos días de haber caído don Álvaro prisionero ocurrió, por fin, una novedad que todos esperaban con ansia grandísima en el campamento del rey. Vinieron cartas del papa Clemente V con la orden de proceder al arresto y enjuiciamiento de todos los templarios de Europa y secuestro de sus bienes, y con ellas noticias de los horribles suplicios de algunos caballeros de la orden en Francia. Aquel pontífice débil y cobarde había consentido que los sacasen de su fuero, entregándolos en manos de una comisión especial, que equivalió a ponerlos en las del verdugo. (...) En Francia, (...) la audacia del rey y el desconcierto de lo imprevisto del golpe y la desatinada conducta del maestre general ultramarino Jacobo de Molay había allanado el camino de una empresa tan escabrosa y difícil; pero en España donde la orden estaba sobre sí y donde era quizá más poderosa que en ninguna otra nación, menester era emplear infinita destreza y valor. (...)
El rey don Fernando, a pesar de suceso de tanto bulto, para el cual parecía necesitar el auxilio de todos sus ricos hombres, no por eso desistía de su saña contra don Juan Núñez de Lara, resuelto sin duda a volver a su corona el brillo, que en las pasadas revueltas había perdido. El infante don Juan mediaba entre el rey y su rebelde vasallo, y como este carácter le daba facilidad para pasar muchas veces a Tordehumos, poco tardó en concertar con su dueño el plan que hacía tanto tiempo estaba madurando. Don Álvaro era el apoyo más firme de los templarios en el reino de León, y el más ardiente y poderoso de sus aliados. Aunque su castillo de Bembibre estaba guarnecido por soldados de la orden, claro estaba que si moría su dueño habrían de desocuparlo (...) No era el infante hombre que delante de la sangre retrocediese; el rival de su valido estaba en manos de don Juan Núñez de Lara, con él venía al suelo una de las principales barreras que apartaban la rica herencia del Temple de sus manos codiciosas, ¿qué más podía desear?
No bien llegaron las bulas del papa Clemente, al punto pasó a Tordehumos allí, subiendo con su castellano a una torre solitaria del castillo, comenzaron una plática muy viva y acalorada.
(...) El infante bajó poco después y tomó el camino real con muestras de gran satisfacción y contento.
La sangre perdida y la gravedad de sus heridas habían reducido a don Álvaro a una postración grandísima; pero la ciencia de Ben Simuel y los cuidados de Millán, junto con las atenciones de don Juan Núñez, habían logrado arrancarlo de la jurisdicción de la muerte y volverle, aunque con pasos muy perezosos, al camino de la vida. (...)
Una tarde entró don Juan de Lara en su aposento y tomando asiento a su cabecera mientras Millán los dejaba solos para que hablasen con más libertad, le preguntó asiéndole de la mano:
-¿Cómo os sentís, noble don Álvaro? ¿Estáis contento de mi carcelería?
-Me encuentro ya muy aliviado, señor don Juan -respondió el herido-, gracias a vuestros obsequios y atenciones que casi me harían dar gracias al cielo de mi prisión.
-Según eso, bien podréis escucharme una cosa de gran cuantía que tengo que deciros.
-Podéis comenzar, si gustáis.
Don Juan, entonces, principió a contarle por extenso las noticias recibidas de Francia y la prisión, embargo de bienes y encausamiento de los templarios ordenados en las cartas del papa Clemente, recibidas poco había en los reales de Castilla.
-Bien conozco -concluyó diciendo- que en la hidalguía de vuestra alma no cabe abandonar una alianza que hubieseis asentado con caballeros como vos, pero ya veis que asistir a los templarios abandonados del vicario de Jesucristo y cargados con el grave peso de una acusación fundada en la criminal demanda que acaso van a intentar, sería hacer traición a un mismo tiempo a vuestros deberes de cristiano y bien nacido. Si en algo estimáis, pues, la fina voluntad que de asistiros y serviros he mostrado, ruégoos que desde ahora rompáis la confederación que tenéis con esa orden, objeto del odio universal, y no os apartéis de vuestros amigos y aliados naturales.
Don Álvaro (...) escuchó la relación de don Juan con una emoción violenta y profunda, cambiando muchas veces de color y apretando involuntariamente los puños y los dientes con muestras de dolor y de cólera. Por fin, enfrenando como mejor pudo los tumultuosos movimientos de su espíritu, respondió:
-Los templarios se sujetarán al juicio que les abren, en justa obediencia de mandato del sumo pontífice, única autoridad de ellos reconocida, aunque tan ruinmente se postra delante del rey de Francia; pero ni dejarán las armas ni se darán a prisión, ni soltarán sus bienes y castillos sino caso de ser a ello sentenciados por los concilios. Por lo que a mí toca, don Juan de Lara, os perdono el juicio que de mí habéis formado, en gracia de tantos obsequios y cuidados como os debo; pero os suplico que aprendáis a conocerme mejor.
La legítima humillación que don Juan sufría despertó su ira y despecho, pero deseoso de que la cuestión mejorase de terreno, y al mismo tiempo de apurar todos los medios de conciliación y templanza, replicó:
-¿Pero qué?, ¿no teméis manchar la limpieza de vuestra fama, ligándoos con un cuerpo agangrenado con tantas infamias y abominaciones, a quien toda la cristiandad rechaza como a un leproso?
-Señor don Juan, os matáis en balde, queriendo persuadirme a mí lo que tal vez vos mismo no creéis. Por lo demás, no toda la cristiandad rechaza el Temple, pues no se os esconde que el sabio rey de Portugal ha enviado sus embajadores al Papa para protestar de las tropelías y maldades de que está siendo objeto esta ilustre milicia.
-¡Mal aconsejado rey! -dijo el de Lara.
-El mal aconsejado sois vos -repuso don Álvaro con impaciencia-, en menguar así vuestro propio decoro. Id con Dios, que ni mi corazón ni mi brazo faltarán nunca a esos perseguidos caballeros.
(...)
Dicho esto se salió de la cámara, y don Álvaro, con el descuido propio de los hombres esforzados, cuando sólo de su vida se trata, se entregó a sus habituales reflexiones. El de Lara estuvo paseando en la plataforma de uno de los torreones el resto de la tarde con pasos desiguales, hablando consigo propio en ocasiones, gesticulando con vehemencia, y sentándose de cuando en cuando arrobado en profundas distracciones. Por fin, largo rato después de puesto el sol, cuando los áridos campos circunvecinos iban desapareciendo entre los velos de la noche, bajó por la angosta escalera de caracol, y encaminándose a la sala principal del castillo, mandó a llamar por un paje a su físico Ben Simuel. Poco tardó en asomar por la puerta la cara de zorro del astuto judío, y sentándose al lado de su señor entablaron en voz muy baja una viva conversación, de que el paje no pudo percibir nada, sin embargo de estar en la puerta, hasta que por fin Ben Simuel, levantándose, y después de escuchar las últimas palabras de don Juan que las acompañó con un gesto muy expresivo y semblante casi amenazador, se salió de la sala con bastante diligencia.
Cerca de las diez de la noche serían cuando el mismo judío se presentó en el encierro de don Álvaro con una copa en una salvilla, y después de reconocer sus vendajes le hizo tomar aquella poción con que le dijo que reconciliaría el sueño. Despidióse enseguida y don Álvaro comenzó a sentir cierta pesadez que después de tantos insomnios parecía pronóstico de un sueño sosegado. Apenas tuvo tiempo de decir a Millán que le dejase solo, y que cerrase la puerta por fuera sin entrar hasta que llamase, y al punto se quedó profundamente adormecido. El buen escudero, no menos necesitado de descanso que su amo, hizo cuanto se le mandaba, y echando la llave y guardándosela en el bolsillo, se tendió cuán largo era en una cama que para él habían puesto en un caramanchón vecino, y no despertó hasta el día siguiente, cuando ya el sol estaba bastante alto. Acercóse entonces a la puerta por ver si su señor se rebullía o quejaba; pero nada oyó. (...) Aguardó, pues, otro rato bueno, durante el cual comenzó a inquietarse, pensando que tanto dormir podría hacer daño a su señor; pero pasada una hora y media ya no pudo contener su impaciencia, y metiendo la llave en la cerradura y dándole vueltas con mucho tiento, entró de puntillas hasta la cama de don Álvaro, y después de vacilar todavía un poco, por fin se decidió a llamarle meneándole suavemente al mismo tiempo. Don Álvaro ni se movió ni dio respuesta alguna, y Millán, de veras asustado, acudió a abrir una ventana; pero cual no debió de ser su asombro y consternación cuando vio el cuerpo de su señor inanimado y frío, apartados los vendajes, desgarradas las heridas y toda la cama inundada en sangre.
Al principio se quedó como de una pieza, agarrotado por el espanto, la sorpresa y el dolor; pero en cuanto pudo moverse salió dando gritos y con los cabellos erizados todavía por los corredores del castillo. Al ruido, acudieron algunos hombres de armas y criados y, por último, el mismo Lara seguido de Ben Simuel. Millán, ahogado por los sollozos que por fin habían podido abrirse paso por medio de su estupor y asombro, les conduce hasta el lecho de su malogrado amo, y cayó sobre él abrazándole estrechamente. Don Juan no pudo contener una mirada errante y tremenda que dirigió a su médico; pero recobrándose al punto y revolviendo fieramente alrededor, y fijándola alternativamente en sus soldados y en Millán, mandó a éste con voz imperiosa que contase lo que había sucedido. Así lo hizo con toda la sencillez e ingenuidad de su dolor, hasta que llegando a decir como había dejado sólo a don Álvaro, el judío, que había estado registrando el cuerpo, se volvió a él con ojos airados s le dijo:
-¡Mira, desgraciado!, ¡mira tu obra! Tu amo en un ensueño o en un acceso de delirio ha roto sus vendajes y se ha desangrado. ¡Cómo dejar sólo a un caballero tan mal herido!
El desdichado escudero empezó a mesarse los cabellos hasta que empleando Lara su autoridad logró que acabase su relación y entonces, condolido de su pena, le dijo:
-Tú no has hecho sino obedecer a tu señor y en nada eres culpable. Además, todos nos hemos engañado. ¿Quién no creía a este noble mancebo libre ya de todo riesgo? ¡Dios ha querido afligirme permitiendo que un castillo mío fuese testigo de semejante desgracia! Mañana se dará sepultura a este ilustre caballero en el panteón de este castillo.
-No ha de ser así, por vida vuestra, señor -le interrumpió Millán-, antes entregádmelo a mí para que lo lleve a Bembibre y lo entierre con sus mayores. ¡Válgame Dios! -exclamó en voz imperceptible ¿y qué responderé a su tío el maestre, y a doña Beatriz cuando me pregunten por él?
-El cuerpo de don Álvaro -replicó don Juan- descansará en este castillo hasta que, restablecida la paz y acabadas estas funestas disensiones, pueda yo mismo con todos los caballeros de mi casa y mis aliados trasladarlo al panteón de su familia, con la pompa correspondiente a su estirpe y alto valor.
Como esto parecía redundar en honra de su malogrado señor, y por otra parte, como sabía que don Juan Núñez era absoluto en sus voluntades, hubo de conformarse con lo dispuesto. El cuerpo de don Álvaro estuvo todo aquel día de manifiesto en la capilla del castillo, acompañado del inconsolable escudero, y escoltado por cuatro hombres de armas que de cuando en cuando se relevaban. El capellán extendió la fe de muerto correspondiente, y aquella misma noche depositó en la bóveda del castillo, en un sepulcro nuevo, los restos de aquel joven desdichado.
Al día siguiente, Millán se presentó a don Juan para que le diese permiso de volver al Bierzo, y después de alabar mucho su fidelidad, se lo otorgó, acompañándolo de un bolsillo lleno de oro.
-Muchas gracias, noble señor -respondió él rehusándolo-. Don Álvaro dejó hecho su testamento al venir a esta desventurada guerra, y estoy seguro de que habrá mirado por su pobre escudero de cuya fidelidad estaba él bien seguro.
-Eso no importa -replicó don Juan haciéndole tomar la bolsa-, tú eres un buen muchacho y, además, el único placer de que disfrutamos los poderosos es el de dar.
Millán salió entonces del castillo, y yendo a encontrarse con Robledo, le contó la tragedia acaecida. La noticia, que al instante corrió por el campo, llenó de disgusto a todos, porque si bien no miraban a don Álvaro con cariño, no por eso dejaban de estimar su brillante valor de que tan fresca memoria dejaba. La mesnada volvió a sus prados y montañas nativas llena de luto y de tristeza por la muerte de su señor, verdadero padre de sus vasallos; y por la de tantos otros hermanos de armas cuyos huesos blanqueaban ya a la luna en los áridos campos de Castilla. Millán los dejó atrás y se adelantó a llevar a Arganza a Ponferrada la fatal nueva.
Capítulo XVI
Doña Beatriz, como dejamos dicho, volvió a la casa paterna en medio del regocijo de los suyos que tantas razones tenían para estimarla. Su padre como deseoso de borrar las pasadas violencias, o bien convencido de que poco valían para sojuzgar un ánimo tan esforzado, la trataba con la antigua bondad, sin mentarle siquiera sus proyectos favoritos. El conde de Lemus, que frecuentemente era huésped de la casa, penetrado sin duda de los mismos sentimientos o, por mejor decir, convencido de que otro era el camino que llevaba al logro de sus afanes, escaseaba sus visitas a doña Beatriz y había trocado sus importunidades en un respeto profundo y en una deferencia siempre cortés y delicada. La urbanidad de sus modales y la profunda simulación de su carácter, acostumbrado a los más tortuosos caminos, le ayudaron eficazmente en la difícil tarea de cambiar la opinión que acerca de su persona y sentimientos había formado doña Blanca. Doña Beatriz, sin embargo, nunca podía acallar la voz que repetía en su memoria las frías y altaneras palabras de aquel hombre en el locutorio de Villabuena. (...)
Como suele acontecer a personas arrastradas por una pasión, la señora de Arganza se había sostenido con particular entereza, a pesar de sus achaques, mientras duró la enfermedad y convalecencia de su hija. (...) Así pues, cuando doña Beatriz volvió no ya a su natural robustez, porque esto no llegó a suceder, sino en sí; su madre comenzó a flaquear y al poco tiempo se postró enteramente al rigor de sus dolencias. De esta suerte, el vivo rayo de contento que había iluminado aquella noble familia, tardó poco en oscurecerse del todo, y de nuevo comenzaron las torturas y congojas de la incertidumbre.
(...)
Tal era la situación de la familia de Arganza, cuando una tarde de verano estaban sentadas entrambas señoras en la misma sala (...) Doña Blanca parecía sumida en la dolorosa distracción que experimentaba después de sus accesos, recostada sin fuerzas en un gran sillón de brazos. Su hija acababa de dejar y tenía a un lado el arpa con que había procurado divertir sus pesares, y sus ojos se fijaban en aquel sol que iba a ponerse (...) Sus pensamientos, naturalmente, volaban a los tendidos llanos de Castilla en busca de aquel joven digno de más benigno destino, cuando de repente el galope de un caballo que pasaba por debajo de la ventana las sacó de sus meditaciones. Doña Beatriz se asomó rápidamente a la ventana; pero jinete y caballo doblaban la esquina en busca de la puerta principal, y sólo pudo percibir un vislumbre que parecía traerle a la memoria una figura conocida. Al punto las herraduras sonaron en el patio, y las pisadas de un hombre armado se oyeron en la escalera poco distante del aposento. Al poco rato entró Martina precipitada, y con el semblante de un difunto dijo, como sin saber lo que decía:
-Señora, es Millán...
La misma palidez de la criada se difundió instantáneamente por las facciones de su ama que, sin embargo, respondió:
-Ya sé lo que me trae; mi corazón me lo acaba de decir; que entre al instante.
La doncella salió y al poco rato entró Millán por la puerta en que doña Beatriz tenía clavados los ojos que parecían saltársele de las órbitas. Doña Blanca, toda alarmada, se levantó, aunque con mucho trabajo y fue a ponerse al lado de su hija, y Martina se quedó a la puerta enjugándose los ojos con una punta de su delantal, mientras Millán se adelantaba con pasos inciertos y turbados hasta ponerse delante de doña Beatriz. Allí quiso hablar, pero se le anudó la voz en la garganta y así alargó sin decir una palabra anillo y trenza. Toda explicación era inútil, porque ambas prendas venían manchadas de sangre. Martina entonces rompió en sollozos, y Millán tardó poco en acompañarla. Doña Beatriz tenía fija la misma mirada desencajada y terrible en el anillo y en la trenza, hasta que, por último, bajando los ojos y exhalando un suspiro histérico, dijo con voz casi tranquila:
-Dios me lo dio, Dios me lo quitó, sea por siempre bendito.
Doña Blanca entonces se colgó del cuello de su hija y deshecha en lagrimas le decía:
-No, hija querida, no manifiestes esa tranquilidad que me asusta más que tu misma muerte. ¡Llora, llora en los brazos de tu madre! ¡Grande es tu pérdida! ¡Mira, yo también lloro, porque yo también le amaba! ¡Ay!, ¡quién no amaba aquel alma divina encerrada en tan hermoso cuerpo!
-Sí, sí, tenéis razón exclamó ella apartándola-; pero dejadme. ¿Y cómo murió, Millán? ¿Cómo murió, te digo?
-Murió desangrado en su cama, abandonado de todos aun de mí -respondió el escudero con una voz apenas articulada.
Entonces fue cuando los miembros de doña Beatriz comenzaron a temblar con una convulsión dolorosa que, por último, la privó del sentido. (...) Por fin, cuando volvió en sí, los muchos lamentos que su madre empleaba adrede para excitar sus lágrimas, y sobre todo los consuelos religiosos del abad de Carracedo que acababa de llegar, desataron el manantial de su llanto. Esta crisis, sin embargo, no fue menos violenta que la otra, porque eran tales su congoja y sus sollozos que muchas veces creyeron que se ahogaba. En este fatal estado pasó la noche entera y la mañana siguiente, hasta que por la tarde se levantó, por fin, una voraz calentura. Comoquiera, a los pocos días sintió mejoría y pudo ya levantarse. Su semblante, sin embargo, comenzó a perder su frescura y a notarse en su mirada un no sé qué de encendido e inquieto. Su carácter se hizo asimismo pensativo y recogido más que nunca, su devoción tomó un giro más ardiente y apasionado, sus palabras salían bañadas de un tono particular de unción y melancolía y, aunque las escaseaba en gran manera, eran más dulces, cariñosas y consoladoras que nunca. Jamás se oía en sus labios el nombre de aquel amante adorado ni se quejaba de su desdicha; sólo Martina creía percibirle entre sueños y en el movimiento de sus labios cuando rezaba. Por lo demás, cuidaba y asistía a los enfermos del pueblo con sin igual solicitud y esmero, hacía limosnas continuas y su caridad era verdaderamente inagotable. Finalmente, la aureola que le rodeaba a los ojos de aquellas gentes sencillas pareció santificarse e iluminarse más vivamente, y su hermosura misma, aunque ajada por la mano del dolor, parecía desprenderse de sus atractivos terrenos para adornarse con galas puramente místicas y espirituales.
El conde de Lemus, con su natural discreción y tino, se ausentó de Arganza en aquella época a Galicia, donde le llamaban sus cábalas y manejos, y cuando volvió al cabo de algún tiempo, su conducta fue más reservada, circunspecta y decorosa que nunca.
Cualquiera puede figurarse la acogida triste y sentida que haría el anciano maestre al escudero de su sobrino, portador de aquella dolorosísima nueva. Acababa de recibir las terribles noticias de Francia tras de las cuales veía venir irremediablemente la ruina de su gloriosa orden, cuando introdujeron a Millán en su aposento. Este golpe acabó con su valor porque, como noble, era amante de la gloria de su linaje extinguido ya a la sazón por la muerte de aquel joven que sus manos y consejos habían formado, hasta convertirle en un dechado de nobleza y en un espejo de caballería. Aquel venerable viejo, encanecido en la guerra, y famoso en la orden por su valor y austeridad, se abandonó a los mismos extremos que pudiera una mujer, y sólo al cabo de un largo rato y como avergonzado de su debilidad recobró su superioridad sobre sí propio.
Millán, continuando en su amarga peregrinación, subió por fin al castillo de Cornatel y dio parte al comendador Saldaña de lo ocurrido. El caballero recibió la noticia con valor, pero sintió en su corazón una pena agudísima. Don Álvaro era la única persona que había logrado insinuarse hacía mucho tiempo en aquel corazón de todo punto ocupado por el celo de su orden y los planes de su engrandecimiento. Descansaban, además, en aquel mancebo bizarro y generoso gran número de sus más floridas esperanzas, y tanto en su pecho como en su entendimiento dejaba un grandísimo vacío. Quedáse pensativo por algún tiempo y, por fin, como herido de una idea súbita, dijo a Millán:
-¿No has traído el cuerpo de tu señor? -Millán le contó entonces las razones y pretextos de don Juan de Lara, a los cuales no hizo Saldaña sino mover la cabeza, y por último dijo-: aquí hay algún misterio.
El escudero, que atentamente le escuchaba le dijo entonces:
-Cómo, señor, ¿pensaríais que no fuese cierto?
-¡Cómo!, ¡cómo! -repuso el comendador, recobrándose; y luego añadió con tristeza-: Y tan cierto como es, ¡pobre mozo!
Millán, que había querido entreveer una esperanza en las palabras del comendador, se convenció entonces de su locura y despidiéndose del caballero se volvió a Bembibre. A los pocos días hizo abrir judicialmente el testamento de su señor en que se encontró heredado en pingues tierras, viñas y prados, y asegurada su fortuna. El resto de sus bienes debía pasar a la orden del Temple, después de infinitas mandas y limosnas.
Capítulo XVII
Algunos meses se pasaron en este estado, hasta que una mañana al volver de la capilla donde largo tiempo habían estado orando, declaró doña Beatriz a su madre con voz muy serena y entera su voluntad de tomar el velo de las esposas del Señor en Villabuena
(...)
Doña Blanca se quedó como herida de un rayo con una declaración que nunca había previsto, aunque no era sino muy natural, y que así daba en tierra con todas las esperanzas de su esposo y aun con las suyas propias. No obstante, disipado en parte su asombro, tuvo fuerzas bastantes para responder:
-Hija mía, los días de mi vida están contados, y no creo pienses en privarme de tus cuidados, único bálsamo que los alarga. Después de mi muerte tú consultarás con tu conciencia, y si tienes valor para acabar así con tu linaje, y dejar morir en la soledad a tu anciano padre, el Señor te perdone y bendiga como te perdono y bendigo yo.
El alma de doña Beatriz, naturalmente generosa y desprendida, y a fuer de tal tanto más inclinada al sacrificio cuanto más doloroso se le presentaba, se conmovió profundamente con estas palabras a un mismo tiempo cariñosas y sentidas. No era fácil cambiar un propósito en tantas razones fundado, pero la idea de los pesares de su madre, que en ningún tiempo había tenido para ella sino consuelo y ternura, socavaba los cimientos de su enérgica voluntad. Poco trabajo, de consiguiente, costó a doña Blanca arrancarle la promesa de que nunca durante su vida volvería a mentarle semejante resolución; no atreviéndose a pedirle que desistiese de ella absolutamente, tanto porque fiaba del tiempo y de sus esfuerzos sucesivos, cuanto porque bien se le alcanzaban los miramientos y pulso que necesitaba el carácter de su hija.
Comoquiera, a poco se había obligado ésta, porque tan tasados estaban ciertamente los días de la enferma y postrada doña Blanca, que inmediatamente cayó en cama, convertidas sus habituales dolencias en una agudísima y ejecutiva. La edad, su complexión no muy robusta, la pérdida de sus hijos y sobre todo la enfermedad y pesares de doña Beatriz junto con la incertidumbre fatal en que la tenía sumida su anunciada vocación, habían concurrido a cortar los últimos hilos de su vida. La joven, en el extravío de su dolor, no pudo menos de atribuirse gran parte de la culpa de aquel desdichado suceso, y por primera vez comenzó a atormentar su alma el torcedor del remordimiento. (...)
(...) Por fin, llegando el mal a su extremidad, el abad de Carracedo, que como amigo y confesor de la familia no se había apartado de su cabecera, le administró todos los auxilios y consuelos de la religión.
Con ellos pareció cobrar ánimos la enferma y salió, por fin, de la noche en que todos creyeron recoger su postrer suspiro; pero su ansiedad parecía mayor. El alba de un día lluvioso y triste comenzaba va a colorear los vidrios de colores de las ventanas, cuando doña Blanca, asiendo la mano de su hija, le dijo con voz apagada:
-Hace muchos días que está pesando sobre mí una idea de la cual podrías tú librarme, y darme una muerte descansada y dulce.
-¡Madre mía! -respondió con efusión doña Beatriz-, mi vida, mi alma entera son vuestras. ¿Qué no haré yo porque lleguéis al trono del Eterno contenta de vuestra hija?
-Ya sabes -continuó la enferma- que nunca he querido violentar tus inclinaciones... ¿cómo había de intentarlo en esta hora suprema, en que la terrible eternidad me abre sus puertas? Tu voluntad es libre, libre como la de los pájaros del aire; pero tú no sabes los recelos que llevo al sepulcro sobre tu porvenir y sobre la suerte de nuestro linaje...
-Acabad, señora -contestó doña Beatriz con dolorosa resignación-, que a todo estoy dispuesta.
-Sí -respondió la madre, pero de tu pleno y entero consentimiento... Sin embargo, si el noble conde de Lemus no fuese ya tan desagradable a tus ojos, si hubiese desarmado tu severidad, como ha desarmado la mía... El cielo sabe que mi fin sería muy sosegado y dichoso.
Doña Beatriz arrancó entonces un doloroso suspiro de lo íntimo de sus entrañas y dijo:
-¡Venga el conde ahora mismo, y le daré mi mano en el instante, delante de vos!
-¡No, no! -exclamaron a un tiempo, aunque con distintos acentos, la enferma y el abad de Carracedo que estaba sentado al otro lado de la cama-. ¡Eso no puede ser!
Doña Beatriz sosegó a entrambos con un gesto lleno de dignidad y enseguida replicó con calma y tranquilidad:
-Así será, porque tal es la voluntad de mis padres, en un tono acorde con la mía propia. ¿Dónde está el conde?
Don Alonso hizo seña a un paje que inmediatamente trajo al noble huésped. (...) El conde de Lemus se llegó mesuradamente a la presencia de doña Beatriz y de su madre.
-Una palabra, señor caballero -dijo la joven, apartándole a un extremo del aposento donde habló con él un breve instante, al cabo del cual el conde se inclinó profundamente puesta la mano en el pecho, como en señal de asentimiento. Entonces volvieron delante del lecho de doña Blanca, y la doncella, dirigiéndose al abad, le dijo:
-¿Qué dudáis, padre mío?, mi voluntad es invariable, y sólo nos falta que pronunciéis las sagradas palabras.
El abad oyendo esto, aunque con repugnancia y con el corazón traspasado de amargura a vista de aquel tremendo sacrificio, pronunció con voz ronca la fórmula del sacramento y ambos esposos quedaron ligados con aquel tremendo vínculo que sólo desata la mano de la muerte.
Tales fueron las bodas de doña Beatriz en que sirvió de altar un lecho mortuorio, y de antorchas nupciales los blandones de los supulcros. Doña Blanca murió, por fin, aquella misma tarde, de manera que las lágrimas, los lamentos y los cánticos funerales venían a ser los himnos de regocijo de aquel día. (...)
Doña Beatriz en cuanto expiró su madre se aferró a su cuerpo con tan estrecho y convulsivo abrazo, que hubo necesidad de emplear la fuerza para separarla de aquel sitio de dolor. El abad y don Alonso se quedaron solos por un momento delante del cadáver todavía caliente.
-¡Pobre y angelical señora!, tu ciega solicitud y extremada ternura han labrado la desdicha de tu hija única. ¡La paz sea sobre tus restos! Pero vos -añadió, volviéndose al señor de Arganza con el ademán de un profeta-, ¡vos habéis herido el árbol en la raíz! y sus ramas no abrigarán vuestra casa, ni vos os sentaréis a su sombra, ni veréis sus renuevos florecer y verdeguear en vuestros campos. La soledad os cercará en la hora de la muerte, y los sueños que ahora os fascinan serán vuestro más doloroso torcedor.
Capítulo XVIII
(...) Con tan raro concierto y eslabonamiento de circunstancias, a cual más desdichadas, uno por uno se disiparon tantos sueños de ventura como habían mecido su florida primavera, y al despertar se encontró la esposa de un hombre cuya perversidad y vileza todavía estaban por manifestarse en su infernal desnudez. Los días de su gloria habían pasado y la corona se había caído de su cabeza, pero todavía le quedaba un consuelo en medio de tantos males, y era la esperanza de bajar temprano al sepulcro a reunirse con el verdadero esposo que había elegido en su juventud y cuyos recuerdos por donde quiera la acompañaban (...)
El otoño había sucedido a las galas de la primavera y a las canículas del verano, y tendía ya su manto de diversos colores por entre las arboledas, montes y viñedos del Bierzo. (...)
Las tres de la tarde serían cuando en uno de estos días dos caballeros armados de punta en blanco descendían del puerto de Manzanal y entraban en la ribera frondosa de Bembibre. Llevaban calada entrambos la celada y sólo les seguía un escudero de facciones atezadas y cabello ensortijado. El uno de ellos, que parecía el más joven, llevaba una armadura negra, el escudo sin divisa y casco negro también coronado de un penacho muy hermoso del mismo color, cuyas plumas tremolaban airosamente a merced del viento. Mucho debía importarle que no le conociesen, cuando bajo semejante disfraz se encubría. El otro, que por su cuerpo ligeramente encorvado y por la menor soltura de sus movimientos, parecía un poco más anciano, era sin duda un templario, pues llevaba la cruz encarnada en el manto blanco y en el escudo los dos caballeros montados en un mismo caballo, que eran las armas de la orden. A bastante distancia de estos dos personajes caminaban como hasta quince o veinte hombre de armas también con las divisas del Temple.
Era aquel día el que la Iglesia destina para la conmemoración de los difuntos, y las campanas de todos los pueblos llamaban a vísperas a sus moradores para orar por las almas de los suyos. (...)
Aquella misma tarde doña Beatriz, acompañada de todos sus criados y vasallos del pueblo de Arganza, había acudido a las exequias comunes de la gran familia de Cristo, y orado fervorosamente sobre la sepultura apenas cerrada de aquella madre que tanto había querido, y quería aún. También había rogado al Ser Supremo por el eterno descanso de aquel que la adoraba con fe tan profunda y cuyos huesos descansaban en tierra extraña lejos de los de sus padres y hermanos. En aquel día de común tristeza se representaban como en un animado panorama las cortas alegrías de su vida, las escenas de dolor que las habían seguido, el sepulcro que había devorado silenciosamente sus esperanzas terrenas, y la prisión de sus fatales lazos que sin cesar elevaban sus pensamientos en alas de la religión hacia las regiones de lo futuro. Con semejantes impresiones, su corazón se había oprimido más que de costumbre, y acabados los oficios, había sentido la necesidad de respirar el aire libre, necesidad que, por su violencia, probaba muy bien el trastorno que su constitución iba sufriendo. Echó, pues, con su fiel Martina por una calle de árboles de las muchas que cruzaban el soto y huertas de la antigua y noble casa, y fatigada de su corto paseo, sentóse al pie de un nogal frondoso y acopado, por cuyo pie corría un arroyuelo manso y limpio, con sus orillas coronadas de trébol y yerbabuena. Allí, con el codo en las rodillas y la mejilla apoyada en la mano, seguían sus ojos aquellas diáfanas aguas con el aire abatido y desmayado que de continuo solía seguir a sus accesos más vivos. (...)
«Por fin, hoy, decía para sí, contemplando a su ama, estará un poco más a sus anchas la pobrecilla, porque el viejo y el otro pájaro andan por las montañas en no sé qué manejos. (...)»
Aquí llegaba la buena Martina en sus reflexiones, cuando sintiendo pasos detrás de sí volvió la cabeza y vio la abultada persona de Mendo (...)
-¿Qué ocurre, Mendo? -preguntó la muchacha (...)
- (...) Has de saber que al meter yo el caballo Reduán por la reja del cercado, de repente se me acercaron dos caballeros, el uno de esos nigrománticos de templarios y el otro no, y preguntándome por doña Beatriz, dijeron que querían hablarla dos palabras. Por cierto, que el caballo del uno me parece que le conozco.
-Más valía que conocieses al jinete; dime, ¿qué señas tiene?
-Ambos traen baja la visera, y el que no es templario, viene con armas negras, que parece el mismo enemigo malo.
-¿Sabes, hombre, que me da en qué pensar la tal visita, y no sé si decírselo al ama?
(...)
Doña Beatriz, que había oído las últimas palabras de la conversación, les ahorró sus dudas y escrúpulos preguntándoles de qué se trataba, a lo cual Mendo repuso, contestando palabra por palabra, como a Martina.
-¡Un caballero del Temple! -dijo ella como hablando entre sí-. ¡Ah! tal vez querrán proponer a mi padre o al conde algún partido honroso para la guerra que amenaza, y me elegirán a mí por medianera. Que vengan al punto -dijo a Mendo-. ¡También la hora de la desgracia ha llegado para esta noble orden! ¡Quiera Dios que no sea el maestre!
-Pero, señora, ¿aquí en este sitio y sola los queréis recibir?
-Necio eres, Mendo -repuso doña Beatriz-, ¿qué temores puede causar a una dama la presencia de dos caballeros? Anda y que no tengan motivo para quejarse de nuestra cortesía.
(...)
Los encubiertos caballeros en cuanto recibieron el permiso se entraron a caballo en el cercado y se encaminaron por las señas que les dio el palafrenero hacia donde quedaba su señora.
(...)
Echaron pie a tierra los desconocidos poco antes de llegar a doña Beatriz, y el caballero de las armas negras, con un paso no muy, seguro, se fue acercando a ella seguido del templario. La señora, con ojos espantados y clavados en él, seguía con ademán atónito todos sus movimientos, como colgada de un suceso extraordinario y sobrenatural. Si el sepulcro rompiese alguna vez sus cadenas, sin duda creería que la sombra de don Álvaro era lo que así se le aparecía. El caballero se alzó lentamente la celada y dijo con una voz sepulcral:
-¡Soy, yo, doña Beatriz!
Martina dio entonces un tremendo grito y cayó al suelo sin fuerzas, cerrando los ojos por no ver el espectro de don Álvaro, pues por tal le descubrían la palidez de sus facciones y su voz trémula y hueca. Su ama, al contrario, aunque sujeta a la misma engañosa ilusión, lejos de temer la imagen de su amante, se arrojó hacia ella con los brazos abiertos temiendo que entre ellos se le deshiciese, y exclamando con un acento que salía de lo más hondo del corazón:
-¡Ah!, ¿eres tú, sombra querida, eres tú? ¿Quién te envía otra vez a este valle de lágrimas y delitos que no te merecía? Mis ojos desde tu muerte no han hecho más que seguir el rastro de luz que tu alma dejó en los aires al encumbrarse al empíreo, no he abrigado más deseo sino el de juntarme contigo.
-Temed, doña Beatriz -repuso el caballero (porque como presumirán nuestros lectores menos preocupados que aquella desventurada mujer, él mismo y no su espíritu era el que se aparecía)-, porque todavía no sé si debo bendecir o maldecir este instante que nos reúne.
-¡Ah! -replicó doña Beatriz sin poner atención en lo que le decía, y palpando sus manos y sus armados brazos-, ¿pero eres tú?, ¿pero estás vivo?
-Vivo, sí -respondió él-, aunque bien puede decirse que acabo de salir de la huesa.
-¡Justicia divina! -exclamó ella con el acento de la desesperación, cuando ya no le cupo ninguna duda-; ¡es él, el mismo! ¡Miserable de mí! ¿Qué es lo que he hecho?
Diciendo esto, se retiró unos cuantos pasos hasta apoyarse en el tronco de un árbol, retorciéndose los brazos.
Don Álvaro echó una ojeada al templario que también había levantado su visera y no era otro sino el comendador Saldaña, el que parecía pedirle perdón. Enseguida se acercó a doña Beatriz y le dijo con un acento al parecer respetuoso y sosegado, pero en realidad iracundo y fiero.
-Señora, el comendador que veis ahí presente me ha asegurado que sois la esposa del conde de Lemus, y aun cuando no ha mucho que le debí la libertad y la vida, y sus años le aseguran el respeto de todos, no sé en qué estuvo que no le arrancase la lengua con que me lo dijo y el corazón por las espaldas. Voy viendo que no mintió, pero aún me quedan tantas dudas que si vos no me las desvanecéis, nunca llegaré a creerlo.
-Cuanto os ha dicho es la pura verdad -respondió doña Beatriz-; id con Dios, y abreviad esta conversación que sin duda será la postrera.
-La postrera será sin duda alguna -repuso él con el mismo acento-, pero fuerza será que me oigáis. ¿Que es verdad decís? Lo siento por vos más que por mí, porque habéis caído de un modo lamentable, y me habéis engañado ruin y bajamente.
-¡Ah!, ¡no! exclamó doña Beatriz juntando las manos-, nunca...
(...)
-¿Os acordáis de vuestra promesa?
-Presente está en mi memoria, como si acabase de salir de mis labios.
-Pues bien, aquí me tenéis, que vengo a reclamar vuestra palabra, porque aún no se ha pasado un año; y a pediros cuenta del amor que en vos puse y de mi confianza sin límites. ¿Qué habéis hecho de vuestra fe? ¿No me respondéis y bajáis los ojos? Respondedme..., ved que soy yo quien os pregunta; ved que os lo mando en nombre de mis esperanzas destruidas, ¡de mi desdicha presente y de la soledad y la amargura que habéis amontonado en mi porvenir!
-Todo está por demás entre nosotros -replicó ella-. El comendador os ha dicho la verdad; soy la esposa del conde de Lemus.
-Beatriz -exclamó el caballero-, por vos, por mí mismo, explicaos. En esto hay algún misterio infernal, sin duda alguna. (...)
Doña Beatriz volvía a su silencio, cuando Martina, recobrada ya de su susto y viendo que era el señor de Bembibre, no un espíritu sino en cuerpo y alma el que tenía delante, no pudo menos de responder por su ama:
-Sí, señor, sí que la violentó su madre, y del peor modo posible, porque ella quiso, desde luego, irse al convento y esperaros allí, aunque todos decían que estabais en el otro mundo y enseguida quedarse monja tan profesa como la abadesa su tía. Por más señas que...
-Silencio, Martina -replicó su señora con energía-, y vos, don Álvaro, nada creáis, porque he dispuesto de mi mano libre y voluntariamente delante del abad de Carracedo, que me dio la bendición nupcial. Ya veis, pues, que ninguna violencia pudo haber.
-¿Conque, según eso, vos sola os habéis apartado del camino de la verdad? Por vos lo siento. Otra vez vuelvo a decíroslo, porque envilecéis mi amor que era la llama más pura de mi vida. ¡Quién me dijera algún día que os había de tener por más vil y despreciable que el polvo de los caminos!
-¡Don Álvaro! -le interrumpió el templario-; ¿cómo os olvidáis así de vos mismo y ultrajáis a una dama?
-Dejadle, noble anciano -repuso doña Beatriz-; razón tiene para enojarse y aun para maldecir el día en que me vio por vez primera. Don Álvaro -prosiguió dirigiéndose a él-; Dios juzgará en su día entre los dos, porque él es el único que tiene la llave de mi pecho, y a sus ojos no más están patentes sus arcanos. Sólo os ruego que me perdonéis, porque mi vida, sin duda, será breve, y no quisiera morir con el peso de vuestro odio encima de mi corazón. Adiós, pues; idos pronto, porque vuestra vida y tal vez mi honra están peligrando en este punto en que nos despedimos para siempre, y en que de nuevo os ruego que me perdonéis, y os olvidéis de quien tan mal premio supo dar a vuestra acendrada hidalguía.
(...)
-¡Ay, señora de mi alma! -exclamó Martina acongojada-, ¿qué es lo que veo por la calle grande de árboles? ¡Desdichadas de nosotras!, ¡es mi señor y el conde y todos los criados de la casa! ¿Qué va a suceder, Dios mío?
Doña Beatriz entonces pasó de su resignada calma a la más tremenda agitación, y agarrando a don Álvaro por el brazo con una mano y señalándole con la otra un sendero encubierto entre los árboles, le decía con los ojos desencajados y con una voz ronca y atropellada:
-¡Por aquí!, ¡por aquí, desventurado! Este sendero conduce a la reja del cercado y llegaréis antes que ellos. ¡Oh, Dios mío!, ¿para esto lo habéis traído otra vez delante de mis ojos?... ¿Pero qué hacéis? ¡Mirad que vienen!...
-Dejadlos que vengan -dijo don Álvaro, cuyos ojos al sólo nombre del conde habían brillado con singular expresión.
-¡Cielo Santo!, ¿estáis en vos? ¿No veis que estáis solos y ellos son muchos y vienen armados? ¡Oh, no os sonriáis desdeñosamente!; ¡yo soy una pobre mujer que no sé lo que me digo! Bien sé que vuestro valor triunfará de todo, ¡pero pensad en mi honra que vais a arrastrar por el suelo y no me sacrifiquéis a vuestro orgullo! ¡Ah!, ¡por Dios, noble comendador, lleváosle, lleváosle, porque le matarán y yo quedaré amancillada!
-Sosegaos, señora -contestó el anciano-, la fuga nos deshonraría mucho más a todos, y en cuanto a vuestra honra, nadie durará de ella cuando ponga por garante estas canas.
El ruido se oía más cerca, y las muchas voces y acalorada conversación parecían indicar alguna resolución enérgica y decidida.
-Bien veis que ya es tarde -dijo entonces don Álvaro-, pero sosegaos -añadió con sonrisa irónica-, que no es este el lugar y mucho menos la ocasión de la sangre.
Doña Beatriz, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, rendida y sin ánimo, se había dejado caer al pie del nogal que sombreaba el arroyo.
Capítulo XIX
(...)
Cuando don Álvaro y el comendador sintieron ya cerca el tropel, como de común acuerdo se calaron la celada, y como dos estatuas de bronce aguardaron la llegada. El primero que asomó su ancha carota y su cuerpo de costal fue el buen Mendo que, muy pagado de su papel, no quería ceder a nadie la delantera. Venía todo sofocado y sin aliento, y sudando por cada pelo una gota.
(...)
En tanto llegaron todos, y mientras don Alonso y su yerno se encaraban con los forasteros, sus criados se fueron extendiendo en corro alrededor de ellos, contenidos y enfrentados por su actitud imponente y reposada. Adelantóse el conde entonces con su altanera cortesía, y dirigiéndose al de las armas negras, le dijo:
-¿Me perdonaréis, caballero, que os pregunte el motivo de tan extraña visita y os ruegue que me descubráis vuestro nombre y semblante?
-Soy -respondió él levantando la visera- don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre, y venía a reclamar a doña Beatriz Ossorio el cumplimiento de una palabra ya hace algún tiempo empeñada.
-¡Don Álvaro! -exclamaron a un tiempo los dos, aunque con distinto acento y expresión, porque la exclamación del de Arganza revelaba el candor y la sinceridad de su asombro, al paso que la del conde manifestaba a un tiempo despecho, asombro, vergüenza y humillación. Había dado dos pasos atrás, y desconcertado y trémulo añadió-: ¡Vos aquí!
-¿Os sobrecoge mi venida? -contestó don Álvaro con sarcasmo-, no me maravilla, a fe; vos contabais con que la muerte, o la vejez por lo menos, me cogiese en el calabozo que me dispuso vuestra solicitud y la de vuestro amigo el generoso infante don Juan, ¿no es verdad?
-¡Ah, don Juan Núñez! -murmuró el conde en voz baja, víctima todavía de su sorpresa.
-¿Todavía os quejáis de él?-contestó don Álvaro con el mismo tono irónico-. Ingrato sois, por vida mía, porque en los seis meses que ha durado mi sepultura, me han dicho que habíais alcanzado el logro de vuestros afanes y casádoos con doña Beatriz; de manera que siendo ya tan poderoso, y destruidos los templarios, casi podíais coronaros por rey de Galicia. (...)
Don Alonso y su hija, como si asistiesen a un espectáculo del otro mundo, estaban escuchando mudos y turbados estas palabras (...) Por fin, don Alonso, dando treguas al tumulto de sensaciones que se levantaba en su pecho, dijo al conde:
-¿Es cierto lo que cuenta don Álvaro? Porque no os habéis asustado al verle, sino de verle aquí; ¿es cierto que yo, mi hija, y todos nosotros somos juguetes de una trama infernal?
(...)
-De mis acciones a nadie tengo que responder en este mundo -contestó con ceño el señor de Arganza-. En cuanto a vos, señor de Bembibre, declaro que mentís como villano y mal nacido que sois. ¿Quién sale garante de vuestras mal urdidas calumnias?
-En este sitio yo -respondió el comendador descubriendo su venerable y arrugado rostro-; en Castilla don Juan de Lara, y en todas partes y delante de los tribunales del rey estos papeles -añadió, mostrando unos que se encerraban en una cartera.
-¡Ah, traidor! -exclamó el conde desenvainando la espada y yéndose para don Álvaro-; aquí mismo voy a lavar mi afrenta con tu sangre. Defiéndete.
-Deteneos, conde -le replicó don Alonso metiéndose por medio-, estos caballeros están en mi casa y bajo el fuero de la hospitalidad. Además, no es esta injuria que se lave con un reto oscuro, sino que debéis pedir campo al rey en presencia de todos los ricos hombres de Castilla y limpiar vuestra honra harto oscurecida, por desgracia.
-Debéis pensar también -replicó gravemente don Álvaro- que el presente es caso de menos valer, y que habiendo descendido con vuestro atentado a la clase de pechero, ni sois ya mi igual ni puedo medirme con vos.
-Esta bien -replicó el conde, conozco vuestro ardid, pero eso no os valdrá. ¡Ah, valerosos vasallos! -continuó, volviéndose al grupo-, atadme al punto a esos embaidores como rebeldes y traidores al rey don Fernando de Castilla; señor de Bembibre, comendador Saldaña, presos sois en nombre de su autoridad.
-Ninguno de los míos se mueva -repuso don Alonso-, o le mandaré ahorcar del árbol más alto del soto.
Pero era el caso que entre todos los circunstantes solo tres o cuatro eran criados del señor de Arganza; los demás pertenecían a la hueste del conde, y avezados a cumplir puntualmente toda clase de órdenes, se preparaban a obedecer también la que ahora recibían. Aunque no pasaban de una docena, parecían gente resuelta y estaban medianamente armados, de manera que, guiados y acaudillados por una persona de valor como su señor, no era difícil que diesen en tierra con dos solos caballeros, anciano el uno, y el otro, aunque joven, escaso de fuerzas a juzgar por su semblante. (...)
Doña Beatriz entonces se levantó, y poniéndose por medio de los encarnizados enemigos, dijo al conde con tranquila severidad:
-Esos caballeros son iguales a vos y ninguna autoridad podéis ejercer sobre ellos. Además, las leyes de la caballería prohíben hacer uso de la fuerza entre personas cuyos agravios tienen a Dios y a los hombres por jueces. Sed noble y confesad que un arrebato de cólera os ha sacado del camino de la cortesía.
-El rey ha mandado prender a todos los caballeros del Temple y a cuantos les prestaren ayuda, y yo, a fuer de vasallo, sólo estoy obligado a obedecerle.
(...)
-Además, señora (...); sin duda se os olvida que no estáis en vuestro lugar rogando por vuestro amante, con quien os encuentro sola y en sitios desusados.
-No es a mí a quien deshonran esas sospechas -respondió ella con dulzura-, porque sabe el cielo que ni con el pensamiento os he ofendido, sino al pecho ruin que las da calor y origen. De todas maneras, os perdono, sólo con que no hostiguéis a esos nobles caballeros.
-No os dé pena de nosotros, generosa doña Beatriz -respondió el comendador-; este debate se acabará sin sangre, y nosotros seremos los dueños de ese ruin y mal caballero.
Al acabar estas palabras hizo una señal al paje o esclavo que le acompañaba, y él, asiendo un cuerno de caza que a la espalda traía pendiente de una bordada bandolera, lo aplicó a los labios y sacó de él tres puntos agudos y sonoros que retumbaron a lo lejos. Al instante mismo, y semejante a un cercano temblor de tierra, se oyó el galope desbocado de varios caballos de guerra, y no tardó en aparecer la guardia que vimos atravesar la ribera de Bembibre detrás de nuestros caballeros. Habíanse quedado cubiertos con unos árboles y setos cerca de la reja del cercado, con orden de impedir que la cerrasen y de acudir a la primera señal. (...) Los hombres de armas del Temple, superiores en número, harto mejor armados que sus enemigos y montados además en arrogantes caballos, se mostraron a los ojos de aquellas gentes tan de súbito que no se les figuró sino que por una de las diabólicas artes que ejercían los caballeros, la tierra los había vomitado, y una legión de espíritus malignos venía detrás de ellos en su ayuda. Dieron, pues, a correr por el bosque con desaforados gritos, invocando todos los santos de su devoción; en cuanto al conde, no se movió, porque aunque el peligro que le amenazaba era de los inminentes después del ruin comportamiento que acababa de observar, su orgullo no pudo avenirse a la idea de la fuga. Quedóse, por lo tanto, mirando con altanería a sus enemigos, como si los papeles estuviesen trocados.
-Y ahora, don villano -le dijo Saldaña con ira-, ¿qué merced esperáis de nosotros, si no es que con una cuerda bien recia os ahorquemos de una escarpia del castillo de Ponferrada, para que aprendan los que os asemejan a respetar las leyes de la caballería?
-Eso hubiera hecho yo con vosotros de haberos tenido entre mis manos -respondió él, con frialdad-; no me quejaré de que me paguéis en mi moneda.
-Vuestra moneda no pasa entre los nobles; id en paz, que en algo nos habemos de diferenciar -dijo don Álvaro-; pero tened entendido que si como caballero y señor independiente no he aceptado vuestro reto, me encontraréis en la demanda del Temple, porque desde mañana seré templario.
Un relámpago de feroz alegría brilló en las siniestras facciones del conde, que respondió:
-Allí nos encontraremos, y vive Dios que no os escaparéis de entre mis garras como os escapáis ahora, y que los candados que os echaré no se abrirán tan pronto como los de Tordehumos y su traidor castellano.
Con estas palabras se alejó dirigiéndoles una mirada de despecho (...)
-¿Es un sueño lo que acabo de escuchar? -repuso la desdichada mirándole con ojos extraviados y con el color de la muerte en las mejillas-. ¿Vos?, ¿vos templario?
-¿Eso dudáis? -contestó él-. ¿No os lo había dicho vuestro corazón?
-¡Ah!, ¿y vuestra noble casa -repuso doña Beatriz-, vuestro linaje esclarecido que en vos se extingue?
-¿Y no habéis visto extinguirse otras cosas aún más nobles, más esclarecidas y más santas? ¿No habéis visto la estatua de la fe volcada de su pedestal, apagarse las estrellas y caer despeñadas del cielo, y quedarse el universo en medio de una noche profunda? Tal vez vuestros ojos no hayan sido testigos de estas escenas, pero yo las he presenciado con los de mi alma y no las puedo apartar de ellos.
-¡Oh!, sí -replicó doña Beatriz-, despreciadme, escarnecerme, decid que os he engañado traidoramente, arrastradme por el suelo, pero no toméis el hábito del Temple. ¿Sabéis vos las tragedias de Francia? ¿Sabéis el odio que se ha encendido contra ellos en toda la cristiandad?
-¿Qué queréis? Eso, cabalmente, me ha determinado a seguir su bandera. ¿Pensáis que soy yo de los que abandonan a los desgraciados?
(...)
Doña Beatriz, abrumada por tan terribles golpes, no respondió ya sino con sordos y ahogados gemidos. Don Álvaro, cuyo pecho lastimado se movía al impulso de encontradas pasiones como el mar al soplo de contrarios vientos, exclamó entonces fuera de sí con la expresión del dolor más profundo:
-¡Beatriz! ¡Beatriz! ¡Justificaos, decidme que no me habéis vendido; mi corazón me está gritando que no habéis menester mi perdón! Corred ese velo que os presenta a mis ojos con las tintas de la maldad y la bajeza.
Adelantóse entonces el señor de Arganza con continente grave y dolorido y preguntó a don Álvaro.
-¿No sabéis nada de las circunstancias que acompañaron las bodas de mi hija?
-No, a fe de caballero -respondió él.
Don Alonso se volvió entonces a su hija y mirándole con una mezcla inexplicable de tristeza y de ternura, dijo a don Álvaro:
-Todo lo vais a saber.
(...)
Entonces contó por menor a don Álvaro, y pintándose con negros colores, todas las circunstancias del sacrificio de doña Beatriz y las amenazas del abad de Carracedo que tan tristemente comenzaban a cumplirse aquel día. La conducta del anciano había sido realmente culpable, pero el oro, la gloria y el poder del mundo juntos no le hubieran movido a entregar su hija única en los brazos de un hombre tan manchado. El noble proceder de la joven, su desinterés en cargar con tan grave culpa como la que su amante le imputaba sólo para que más fácilmente pudiera consolarse de la pérdida de su amor creyéndola indigna de él, aquella abnegación imponderable, decimos, había acabado de desgarrar las entrañas del anciano que terminó su relación entre lamentos terribles y golpeándose el pecho. Quedáronse todos en un profundo silencio que duró un gran espacio, hasta que don Álvaro dijo con un profundo suspiro:
-Razón teníais, doña Beatriz, en decir que semejante declaración me haría más desdichado. Dos veces os he amado, y dos os pierdo. ¡Dura es la prueba a que la providencia me sujeta! Sin embargo, el cielo sabe cuán inefable es el consuelo que recibo en veros pura y resplandeciente como el sol en mitad de su carrera. No nos volveremos a ver, pero detrás de las murallas del Temple me acordaré de vos...
(...)
Capítulo XX
Nuestros lectores nos perdonarán si les obligamos a deshacer un poco de camino para que se enteren del modo con que se prepararon y acontecieron los extraños sucesos a que acaban de asistir. Muévenos a ello no sólo el deseo de darles a conocer esta verdadera historia, sino el justo desagravio de un caballero que, sin duda, les merecerá mala opinión, y que, sin embargo, no estaba tan desnudo de todo buen sentimiento, como tal vez se figuran. Este caballero era don Juan Núñez de Lara.
Quienquiera que vea su propensión a la rebelión y desasosiego, su amistad con el infante don Juan, y su desagradecimiento a los favores y mercedes del rey, fácilmente se inclinará a creer que semejantes cualidades serían bastantes para sofocar cuantos buenos gérmenes pudiesen abrigarse en su alma, sin embargo, no era así don Juan Núñez: revoltoso, tenaz y desasosegado, no había faltado, a pesar de todo, a las leyes sagradas del honor y de la caballería. Así fue que cuando don Álvaro cayó en sus manos, ya vimos la cortesía con que comenzó a tratarle y el agasajo con que fue recibido en su castillo de Tordehumos; sobrevinieron a poco las pláticas con el infante, sobre las bulas de Bonifacio, a propósito del enjuiciamiento de los templarios, y allí determinó el pérfido y antiguo maquinador a don Juan Núñez a separar de una manera o de otra a don Álvaro de la alianza de los caballeros, bien persuadidos ambos de que su causa recibiría un doloroso golpe, especialmente en el Bierzo. Bien hubiera querido el infante que el tósigo o el puñal le desembarazasen de tan terrible enemigo; pero su ligera indicación encontró tal acogida que ya vimos a don Juan Núñez sacar la espada para dar la respuesta. Por lo tanto, hubo de recoger velas con su astucia acostumbrada, y aun así lo único que alcanzó fue que diesen al señor de Bembibre un narcótico con el cual pasase por muerto, y que entonces lo aprisionasen estrecha y cautelosamente hasta que, roto y vencido el enemigo común, pudiese volver a la luz un caballero tan valeroso y afamado.
(...)
Don Álvaro volvió en sí muy lentamente, y tardó largo espacio de tiempo en conocer el estado a que le habían reducido. Vio la oscuridad que le rodeaba, pero pensó que sería de noche, pero luego, al hacer un movimiento, sintió los grillos y esposas que le sujetaban pies y manos, y al punto cayó en la cuenta de su situación. Sin embargo, con la ayuda de un rayo de luz que penetraba por un angosto y altísimo respiradero abierto oblicuamente en la pared, vio que su cama era muy rica y blanda, y algunos taburetes y sitiales que había por allí esparcidos contrastaban extrañamente con la desnudez de las paredes y la lobreguez del sitio. Sus heridas estaban vendadas con el mayor cuidado, y en un poyo cerca de la cama había preparada una copa de plata con una bebida aromática. La estrechez a que lo reducían, junto con unas atenciones tan prolijas, era una especie de contradicción propia para desconcertar una imaginación más entera y reposada que la suya.
Entonces un ruido de pasos que se sentía cerca y que parecían bajar una empinada escalera de caracol vino a sacarle de sus desvaríos. Abrieron una cerradura, descorrieron dos o tres cerrojos, y por fin entraron por la puerta dos personas, en quienes, a pesar de su debilidad, reconoció al instante a Lara y al rabino, su físico. Traía el primero en la mano una lámpara y un manojo de llaves; y el segundo una salvilla con bebidas, refrescos y algunas conservas. Don Juan entonces se acercó al prisionero con visible empacho y le dijo:
-Don Álvaro, sin duda os maravillará cuanto por vos está pasando; pero la salud de Castilla lo exige así y no me ha sido dable obrar de otra manera. Sin embargo, una sola palabra vuestra os volverá la libertad; renunciad a la alianza del Temple y sois dueño de vuestra persona. De otra suerte, no saldréis de aquí, porque sabed que estáis muerto para todo el mundo, menos para Ben Simuel y para mí.
Como don Álvaro había perdido la memoria del día anterior a causa de su debilidad, no dejó de recibir sorpresa al ver entrar a Lara y a su físico; pero entonces todo lo percibió de una sola ojeada, y con aquel sacudimiento recobró parte de su energía y fortaleza. Así pues, respondió a don Juan:
-No es este el modo de tratar a los caballeros como yo, que en todo son vuestros iguales, menos en la ventura, y mucho menos el de arrancarme un consentimiento que me deshonraría. De todo ello, don Juan Núñez, me daréis cuenta, a pie o a caballo, en cuanto mi prisión se acabe.
-En eso no hay que dudar -respondió Lara con sosiego-; pero mientras tanto quisiera proceder como quien soy con vos y haceros más llevaderos los males de esta prisión, que sólo la fuerza de las circunstancias me obligan a imponeros. Dadme, pues, vuestra palabra de caballero de que no intentaréis salir de este encierro, mientras yo no os diere libertad o mientras a viva fuerza o por capitulación mía, no tomasen este castillo.
Don Álvaro se quedó pensativo un rato al cabo del cual respondió:
-Os la doy.
Lara entonces le soltó grillos y esposas y además le entregó las llaves del calabozo diciéndole:
-En caso de asalto, tal vez no podría yo librar vuestra vida de los horrores del incendio y del pillaje; por eso pongo vuestra seguridad en vuestras manos. Por lo demás, quisiera saber si algo necesitáis para complaceros al punto.
Don Álvaro le dio las gracias repitiendo, no obstante, su reto.
A la visita siguiente Lara trajo sus armas al preso diciéndole que el cerco se iba estrechando, y que, si llegaban a dar el asalto, allí le dejaba con qué defenderse de los desmanes enemigos. Esta nueva prueba de confianza dejó muy obligado a don Álvaro que, por otra parte, se veía regalado y agasajado de mil modos, restablecido ya de sus heridas.
(...)
Continuaba el sitio, entre tanto, con bastante apremio de los sitiados, pues el rey no pensaba en cejar de su empeño hasta reducir a su rebelde vasallo. (...)
Un día, poco antes de amanecer, despertaron a don Álvaro el galope y relincho de los caballos, el clamoreo de trompetas y tambores, la gritería de la guarnición y de la gente de afuera, el crujir de las cadenas de los puentes levadizos, los pasos y carreras de los hombres de armas y ballesteros y, finalmente, un tumulto grandísimo dentro y fuera del castillo. Por último, las voces, la confusión y estruendo se oyeron en los patios interiores de la fortaleza, y don Álvaro, que creyendo trabado el combate iba ya a echar mano a sus armas, se mantuvo a raya no poco sorprendido de no oír el martilleo de las armas, los lamentos e imprecaciones del combate y aquella clase de desorden temeroso y terrible que nunca deja de introducirse en un puesto ganado por asalto. Las voces, por el contrario, parecían ser de concordia y alegría, y al poco rato ya no se oyó más que aquel sordo murmullo que nunca deja de desprenderse de un gran gentío. De todo esto coligió don Álvaro que sin duda don Juan había hecho con el rey algún concierto honroso, y que sus huestes habían entrado amigablemente y de paz en la fortaleza. Causóle gran alegría semejante idea y con viva impaciencia se puso a aguardar la visita de cualquiera de sus dos alcaides paseándose por su calabozo apresuradamente. Poco tardó en satisfacerse su anhelo, porque en cuanto fue de día claro, entró don Juan Núñez en la prisión con el rostro radiante de júbilo y orgullo, y el continente de un hombre que triunfa de las dificultades, a fuerza de perseverancia y arrojo.
(...)
Rogóle entonces don Álvaro que le contase el fundamento de su orgullosa alegría, que era el haberse pasado a sus banderas don Pedro Ponce de León, y don Hernán Ruiz de Saldaña, no menos solicitados de la amistad que tenían con él asentada que enojados de lo largo del sitio y de la pertinacia del rey. Con esta deserción quedaba tan enflaquecido el ejército real y tan pujante don Juan Núñez, que por fuerza tendría que avenirse el monarca al rigor de las circunstancias y aceptar las condiciones de su afortunado vasallo. Don Juan contó también a su prisionero la mala voluntad y encono que en toda España se iba concitando contra los templarios, y que sólo esperaba el rey a salir de aquella empresa para despojarles de todas sus haciendas y castillos, que todavía no habían querido entregar.
(...)
Puede decirse que entonces fue cuando, deshecha su última esperanza, empezó don Álvaro a sentir todos los rigores de su prisión. El conflicto en que según todas las apariencias iba a verse don Rodrigo, su tío, espoleaba los ardientes deseos que de acudir en su socorro siempre tuvo, y últimamente llegó a pensar con cuidado en las asechanzas que durante su incomunicación absoluta con el mundo de afuera pudieran armarse a doña Beatriz. En su mano estaban las llaves de su prisión, colgadas en la pared su armadura y espada, pero harto más le custodiaban y aprisionaban que con todos los cerrojos y guardianes del mundo. Sin embargo, más de una vez maldijo la ligereza con que había empeñado su fe, pues a no ser por ella, aún sujeto y aherrojado, tal vez hubiera podido hacer en provecho de su libertad lo que ahora ni siquiera de lejos se ocurría a su alma pura y caballerosa. Con tantas contrariedades y sinsabores, sus fuerzas cada vez iban a menos, en términos que Ben Simuel llegó a concebir serios temores, caso que aquella reclusión se dilatase por algún tiempo.
Capítulo XXI
Bien ajeno se hallaba, por cierto, el desdichado cautivo de que lejos de Tordehumos y en los montes de su país había un hombre cuyo leal corazón, desechando por un involuntario instinto, la idea de su muerte, sólo pensaba en descorrer el velo que semejante suceso encubría, y para ello trabajaba sin cesar. Este hombre era el comendador Saldaña, a quien una voz, sin duda venida del cielo, inspiró desde luego varias dudas sobre la verdadera suerte de don Álvaro. Parecíale, y con razón, extraño el empeño de don Juan Núñez en guardar el cadáver; cuando ningún deudo tenía con el señor de Bembibre, faltando en esto a la establecida práctica de entregar los muertos a los amigos o parientes, sin dilatarles la honra de la sepultura en los lugares de su postrer descanso. Por otra parte, las circunstancias que precedieron a la tragedia tenían en sí un viso de misterio que le hacía insistir en su idea, porque nunca pudo tiznar a Lara con la sospecha de un asesinato deliberado y frío. Sin embargo, como la fe y declaración que trajo Millán a todo el mundo habían convencido y satisfecho, y como sus barruntos más tenían de presentimiento que de racional fundamento, apenas se atrevía a comprometer la gravedad de sus años y consejo, dando a conocer un género de pensamiento que sin duda todos calificarían de desvarío y flaqueza senil.
Así y todo, semejante idea se arraigaba en él un día y otro; hasta que, cansado de luchar con ella aun durante el sueño, escribió una carta al maestre en que le pedía licencia en tono resuelto para partirse a Castilla y averiguar el paredero de su sobrino. El abad le contestó manifestando gran extrañeza de su incertidumbre y negándole el permiso que demandaba, porque no parecía cordura abandonar la guarda de un puesto tan importante por correr detrás de una quimera impalpable. El implacable conde de Lemus juntaba ya gentes por la parte de Valdeorras, y no era cosa de que faltase su brazo y su experiencia en ocasión de tanto empeño como la que se preparaba.
(...) En la tregua que daban al Temple el rey y los ricos hombres de Castilla, empeñados en la demanda de Tordehumos, aconteció que se metieron dentro de sus muros como ya dejamos contado, don Pedro Ponce y don Hernán Ruiz de Saldaña. Ligaban a este caballero y al anciano comendador vínculos muy estrechos de parentesco y, de consiguiente, ninguna más propicia ocasión para apurar todos sus recelos e imaginaciones. Cabalmente, por aquellos días visitó el maestre el fuerte de Cornatel para enterarse de sus aprestos y fortalezas, y tantos fueron entonces los ruegos y encarecimientos, que al cabo hubo de darle una especie de mandado para el campo del rey, y desde allí, con un salvoconducto que le envió su deudo, se introdujo en la plaza.
(...) Llegó a Tordehumos, donde fue acogido por su pariente con cordialidad cariñosa, por don Juan y los demás caballeros con la cortesía y respeto que les merecía si no su hábito, sí su edad y su valor tan conocido desde la guerra de la Palestina. (...) El comendador pidió una plática secreta a don Juan Núñez, con su pariente por testigo, si no tenía reparo en hacerle partícipe de sus secretos. Otorgósela al punto, diciéndole que don Hernando no sólo era su amigo, sino que la gran merced que acababa de hacerle exigía de él una obligación sin límites. Fuéronse los tres entonces a una cámara más apartada, y allí, tomando asiento al lado de una ventana, Saldaña dirigió su voz a Lara en estos términos:
-Siempre os tuve, don Juan de Lara, por uno de los más cumplidos caballeros de Castilla, no sólo por vuestra alcurnia, sino por vuestra hidalguía; siempre os he defendido contra vuestros enemigos, viendo que no degenerabais de tan ilustre sangre.
-Excusad las alabanzas que no tengo merecidas -le dijo don Juan, atajándole, por más precio que las de ver que salen de vuestra boca.
-Pocas han salido en verdad de ella -respondió Saldaña-, pero sinceras todas como las que acabáis de oírme. ¡Cuál no ha debido ser por lo mismo mi sorpresa al veros servir de instrumento a inicuos planes, deteniendo a don Álvaro en las entrañas de la tierra, cual si le cubriera la losa del sepulcro!
Todo podía esperarlo Lara menos cargo tan súbito y severo; así fue que, sin poderlo remediar, se turbó. Advirtiólo el comendador y entonces ya se acabaron sus dudas y recelos, porque estaba seguro de que don Juan soltaría a su prisionero no bien hubiese escuchado la negra historia que iba a contarle. Recobróse, no obstante, Lara, y respondió con rostro torcido:
-Por vida de mi padre, que si no os amparasen vuestras canas no me agraviaríais de esta suerte. Si don Álvaro murió, culpa es de su desdicha, que no mi mala voluntad. Cuando se acabe este sitio, yo os le entregaré a la puerta de su castillo con todo el honor correspondiente, si su tío, el maestre, os comisiona para recibirlo.
-¡Ah, don Juan Núñez! -repuso el comendador-, ¡y que mal se os acomodan esos postizos embustes, hijos de un discurso dañado y de todo punto olvidado de las leyes del honor! Os lo repito; vos habéis servido de escalón para los pies de un malvado, y por vos ha quedado atropellada una principal señora. Por vos, Lara, que calzáis espuela de oro; por vos, que nacisteis obligado a proteger a todos los desvalidos; por vos, en fin, se ha perdido ya para siempre una doncella de las más nobles, discretas y hermosas del reino del León.
Entonces contó viva y rápidamente los desposorios de doña Beatriz, verdadero objeto de las maquinaciones del infante don Juan, que por este camino llegaba a engrandecer un privado, en el cual contaba asegurar cumplida ayuda para todos sus propósitos y esperanzas. (...) Durante este razonamiento don Juan Núñez iba manifestando la cólera y el resentimiento que poco a poco se apoderaban de su corazón, (...) hasta que, por fin, pasado el primer arrebato de rabia, rompió don Juan en quejas e imprecaciones contra el infante y el de Lemus.
-¡A mí! -decía rechinando los dientes y despidiendo relámpagos por los ojos-, ¡a mí tan traidora y perversa cábala! ¡A un Núñez de Lara convertirle así en asesino de damas hermosas, mientras se empozan los caballeros! ¡Ah, infante don Juan! ¡Ah, don Pedro de Castro, y cómo habéis de lavar con vuestra sangre esta banda de bastardía con que habéis cruzado el escudo de mis armas! Sí, sí, noble Saldaña, don Álvaro está en mi poder, ¿pero cómo presentarme a su vista con el feo borrón de mi conducta? ¿Cómo decirle, yo soy quien os ha robado la dicha? ¡Ah!, ¡no importa; yo quiero confesarle mi crimen, quiero presentarle mi cuello! Pluguiera al cielo que semejante paso me humillara, ¡pues eso sería buena prueba de que no estaba mi conciencia tan oscurecida y turbia! ¡Venid, venid! -dijo levantándose con tremenda resolución-; en sus manos voy a poner mi castigo.
-No, don Juan -respondió el comendador, asiéndole del brazo-, vos no conocéis la índole generosa, pero terrible y apasionada de don Álvaro, y a despecho de toda su hidalguía, tal vez os arranque la vida.
-Arránquemela en buen hora -repuso Lara desconcertado y fuera de sí-, si no me ha de arrancar del corazón este arpón aguzado del remordimiento y de la vergüenza. Vamos al punto a su calabozo -y diciendo y haciendo, se llevó a los dos precipitadamente.
(...)
-¿Dónde estáis, don Álvaro, que con esta luz tan escasa apenas os veo?
¡Figúrense nuestros lectores cuánta sorpresa causaría al desgraciado y noble preso semejante aparición! Si no le hubiera visto acompañado de Lara, sin duda lo hubiera tenido por cosa de hechicería, pero pasado aquel pasmo involuntario, se colgó de un brinco al cuello del comendador que, por su parte, le apretaba contra su pecho entre sus nervudos brazos como si fuese un hijo milagrosamente resucitado. Enternecido Lara con aquella escena en que la alegría de don Álvaro hacía tan doloroso contraste con la melancólica efusión de Saldaña, procuró descargarse del terrible peso que le abrumaba y se apresuró a decir a su cautivo:
-Don Álvaro, libre estáis desde ahora; ¡dichoso yo mil veces si mis ojos se hubiesen abierto más a tiempo!, pero antes de ausentaros, fuerza será que me perdonéis o que pierda la vida a los filos de vuestro puñal, para lo cual aquí tenéis mi pecho descubierto. Sabe el cielo, gallardo joven, que mi intento al guardaros tan rigorosamente no era más que el que ya conocéis, pero mi necio candor y las tramas de los perversos, junto con vuestro sino malhadado, os han hecho perder a doña Beatriz. El comendador, que veis presente, ha descorrido el velo y yo vengo a reparar, en cuanto alcance, mi culpa, ya con mi vida, ya haciendo voto de desafiar al conde y al infante don Juan en desagravio de mi afrenta.
Acerbo era el golpe que don Juan Núñez descargaba sobre don Álvaro; así fue que perdió el color y estuvo para caer; pero recobrándose prontamente, respondió con comedimiento:
-Señor don Juan, aunque tenía determinado demandaros cuenta de tan injusto encierro, al cabo me soltáis cuando estoy en vuestras manos, y vos más poderoso que nunca; acción sin duda muy digna de vos. En cuanto a lo que de doña Beatriz os han contado, bien se echa de ver que no la conocéis, pues de otra manera no daríais crédito a vulgares habladurías. Cierto es que me tendrá por muerto, porque a estas fechas ya la habrá entregado mi escudero las prendas que recibí de su amor, pero me prometió aguardarme un año, y me aguardará. Por lo demás, si queréis desengañaros, bien cerca tenéis quien ponga la verdad en su punto, pues viene de aquel país. ¿No es verdad, venerable Saldaña, que semejante nueva es absolutamente falsa?... ¿No respondéis? Disipad, os suplicó, las dudas de nuestro huésped, porque las mías no darán que hacer a nadie.
-Doña Beatriz -respondió Saldaña- ha dado su mano al conde de Lemus, y esta es la verdad.
-¡Mentís vos! -gritó don Álvaro, con una voz sofocada por la cólera-; ¡no sé cómo no os arranco la lengua para escarmiento de impostores! ¿Sabéis a quién estáis ultrajando? Vos no sois digno de poner los labios en la huella que deja su pie en la arena... ¿quién sois, quién sois para vilipendiarla así?
-Don Álvaro -exclamó Lara interponiéndose, ¿es este el pago que dais a quien ha venido a quitarme la venda de los ojos y a arrancaros a vos de las tinieblas de vuestra mazmorra?
-¡Ah!, ¡perdonad, perdonadme, noble don Gutierre! -repuso don Álvaro con voz dulce y templada, llevando a sus labios la arrugada mano del anciano-; pero ¿cómo conservar la calma y el respeto cuando oigo en vuestros labios esas calumnias, hijas de algún pecho traidor y fementido? (...)
Entonces se puso a pasear delante de los asombrados caballeros, que no se atrevían a socavar más en su corazón para arrancar aquella planta tan profundamente arraigada, diciendo en voz baja:
-¡Ah!, ¿quién sabe si cansada de persecuciones y sacrificios le habrá parecido muy enojoso el convento y sobrado largo el plazo de un año que me concedió para aguardarme? Por otra parte, ¿cuándo me ha mecido la buena suerte para esperar ahora su benéfico influjo?
Siguió así paseando un corto espacio y murmurando palabras confusas hasta que, volviéndose de repente a don Juan de Lara, le dijo con acento alterado:
-¿No decíais que estaba libre hace un momento? ¡Venga, pues un caballo!, ¡un caballo al punto!... ¡Antes morir que vivir en tan espantosa agonía! ¿No hay quien me ayude a darme las hebillas de mi coraza?
El comendador le ayudó a armarse con gran presteza, mientras don Juan le respondía:
-Vuestro caballo mismo, a quien hice curar por saber la mucha estima en que lo teníais, os está esperando en el patio enjaezado (...)
Con esto, subieron inmediatamente a la plaza de armas del castillo, donde el gallardo Almanzor soltó un largo y sonoro relincho en cuanto conoció a su dueño. Subió éste sobre él después de despedirse de todos los caballeros, y salió del castillo con el comendador y sus hombres de armas, dejando en el pecho de Lara un disgusto que sólo se podía igualar a la cólera que habían despertado en él la negra traición del conde y del infante. Por si algo pudiera valer, había entregado al comendador la correspondencia de entrambos personajes, en que su trama estaba de manifiesto, pero no consiguió por esto dar treguas a su pesar.
Don Álvaro y su compañero pasaron fácilmente los atrincheramientos de los sitiadores a favor del carácter de que iba revestido el templario, y emprendieron con gran diligencia el camino del Bierzo. Dos leguas llevarían andadas cuando don Álvaro paró de repente su caballo y dijo a Saldaña con voz profunda:
- (...) Si fuese cierto, no tardaré más en pedir el hábito del Temple que lo que tarde en llegar a Ponferrada. Os doy mi palabra de caballero.
-No os la acepto -replicó Saldaña-, porque...
Don Álvaro le hizo una señal de impaciencia para que no se cansase en balde, precepto que él guardó muy de grado por no irritarle más, y así, sin hablar apenas más palabra, llegaron al término de su viaje, no muy dichoso por cierto, según hemos visto ya.
Capítulo XXII
Un natural menos ardiente, un alma menos impetuosa que la del señor de Bembibre no hubiera adoptado probablemente tan temeraria determinación como era la de entrar en el Temple, cuando cielo y Tierra parecían conjurados en su daño; pero el vacío insondable que había dejado en su corazón el naufragio de su más dulce y lisonjera esperanza, la necesidad de emplear en alguna empresa de crédito la fogosidad y energía de su carácter y más que todo quizá el deseo de venganza, fueron móviles bastantes poderosos para allanar toda clase de embarazos. La ocasión no podía brindarse más favorable, porque el triste drama de aquella milicia, religiosa y guerrera a un tiempo, tocaba ya a su desenlace. Todos los ánimos, sin embargo, estaban suspensos y como colgados de aquel extraño acontecimiento, porque la caballería del Temple contaba en España más elementos de resistencia que en nación alguna, y estos sucesos la encontraban no sólo aprestada, sino sañuda y encendida en deseo de venganza. Centro y corazón de semejantes disposiciones era el rey don Dionís de Portugal, príncipe el más sabio y prudente que entonces había en la Península y que bien penetrado de la persecución injusta de semejante religión, no sólo había mandado sus embajadores al Papa para quejarse y protestar de los atropellos y desmanes cometidos, sino que, resuelto a sostenerla en España y Portugal, se había entendido para el caso con el maestre de Castilla y con el teniente de Aragón y concertado con ellos los medios de conservar ilesa su existencia, y sobre todo su opinión. Apoyados, pues, en el rey de Portugal, seguros de su inocencia, seguros todavía más de su esfuerzo y pundonor, y ansiosos los unos de venganza y los otros entregados a quiméricos planes, bien podían tener en balanzas la suerte de la España y hacer vacilar a los monarcas de Castilla y Aragón antes de comenzar la lucha. Sin embargo, las huestes por todas partes se iban juntando, y de ambas partes parecían resueltos a poner este gran duelo al trance de una batalla, justamente recelosos y desconfiados los unos para entregarse inermes y desvalidos en manos de sus enemigos declarados, y apoyados los otros en las bulas del Papa y en los peligros que podían sobrevenir al Estado conservando armados y encastillados unos hombres de tan graves delitos acusados.
(...)
Tal era el estado de las cosas, cuando don Álvaro, con el corazón traspasado y partido, salió para no volver de Arganza y de aquellos sitios, dulces y halagüeños cuando Dios quería, tristes ya y poblados de amargos recuerdos. Fiel a su promesa, encaminóse a Ponferrada al punto, firmemente resuelto a no salir de sus murallas, sino con la cruz encarnada en el pecho. Antes de llegar concertó con el comendador que se adelantase a prevenir a su tío de su ida, medida muy, prudente, sin duda, porque tales extremos de dolor había hecho el anciano con la noticia de su muerte que la súbita alegría que recibiese con su presencia pudiera muy bien comprometer su salud. Tomó, por lo tanto, el comendador el camino que mejor la pareció, y cuando, por fin, llegó a darle la nueva en toda su verdad, ya don Álvaro cruzaba el puente levadizo. Como si la alegría le hubiese descargado del peso de los años, bajó la escalera con la rapidez de un mancebo, y al pie de ella encontró a su sobrino rodeado de muchos caballeros, que con muestras de infinita satisfacción le acogían y saludaban. Abrazáronse allí en medio de la emoción que a don Álvaro causaba el encuentro de su tío en momentos de tanta amargura para él, y de la no menor que al anciano dominaba, no sabiendo cómo agradecer a Dios este consuelo que en sus cansados días le enviaba. Por fin, pasados los primeros transportes y satisfecha la curiosidad de aquel respetable viejo sobre su prisión, sus penas y su libertad, naturalmente vinieron a caer en el desabrido arenal de lo presente, a la manera que un aguilucho que antes de tiempo se arroja del nido materno, después de un corto y alborozado vuelo, para finalmente caer en el fondo de un precipicio. Don Álvaro le contó entonces la dolorosa entrevista que acababa de tener y el término que había resuelto poner a sus afanes en las filas de sus hermanos de armas. Don Rodrigo, atónito y turbado, apenas supo qué responder en un principio a una declaración en la cual a un tiempo se cifraban la ruina de su prosapia, el riesgo de una vida para él tan preciosa, y el sinfín de males con que estaba amagando el porvenir a la institución.
(...)
Las profesiones en todas las demás órdenes religiosas se hacían a la luz del sol y públicamente, pero los templarios, sin duda para dar más solemnidad a la suya, la hacían de noche y a puertas cerradas. Cuando ya la oscuridad se derramó por la tierra, el comendador Saldaña y otro caballero muy, anciano vinieron a buscar a don Álvaro que les aguardaba armado con una riquísima armadura negra, con veros de oro, un casco adornado de un hermoso penacho de plumas encarnadas, en la cinta una espada y puñal con puño de pedrería y calzadas unas grandes espuelas de oro. El que aspiraba a entrar en el Temple se ataviaba con todas las galas del siglo para dejarlas al pie de los altares. Condujeron, pues, a don Álvaro ambos caballeros a la hermosa capilla del castillo, a cuya puerta se pararon un momento llamando enseguida con golpes mesurados y acompasados.
-¿Quién llama a la puerta del templo? -preguntó desde dentro una voz hueca.
-El que viene poseído de celo hacia su gloria, de humildad y de desengaño -respondió Saldaña como primer padrino.
Entonces abrieron las puertas de par en par y se presentó a su vista la iglesia tendida de negro con un número muy escaso de blandones de cera amarilla y verde encendidos en el altar. En sus gradas estaba el maestre sentado en una especie de trono rodeado de los comendadores de la orden, y más abajo, en una especie de semicírculo, se extendían los caballeros profesos, únicos que a esta ceremonia se admitían, y que envueltos en sus mantos blancos parecían otros tantos fantasmas lúgubres y silenciosos. Don Álvaro, en cuya imaginación ardiente y exaltada hacía gran impresión este aparato, atravesó por medio de ellos acompañado de sus dos ancianos padrinos y fue a arrodillarse ante las gradas del trono del maestre. Extendió éste su cetro hacia él y le preguntó sus deseos. Don Álvaro respondió:
-Considerando que el Salvador dijo: «el que quiera ser de mi grey tome su cruz y sígame», yo, aunque indigno y pecador, he aspirado a tomar la del Templo de Salomón para seguirle.
-Grave es la carga para vuestros hombros jóvenes -respondió el maestre con voz reposada y sonora.
-El Señor me dará fuerzas para llevarla, como me ha dado resolución y valor para pedirla a pesar de mis culpas -respondió el neófito.
-¿Habéis pensado -repuso el maestre- que el mundo acaba en estos umbrales silenciosos y austeros?
-Yo me he despojado a la puerta del hombre viejo para revestirme del hombre nuevo.
-¿Hay alguno entre todos los hermanos presentes que pueda notar al aspirante de alguna acción ruin por la que merezca ser degradado de la dignidad de caballero?
Todos guardaron un silencio sepulcral. El comendador pidió entonces que se comenzase el rito, y dos caballeros trajeron un crucifijo de gran altura y toscamente labrado, pero de expresión muy dolorosa en el semblante, y lo tendieron en el suelo. Don Álvaro, conforme a la ceremonia, lo escupió y holló, y luego, alzándolo en el aire los dos caballeros, le dirigió las sacrílegas palabras de los judíos:
-¿Si eres rey, cómo no bajas de esa cruz?
Cubriéronlo al punto con un velo negro y lo retiraron, tras de lo cual dijo el maestre:
-Tu crimen es negro como el infierno y tu caída como la de los ángeles rebeldes; pero tu Dios te perdonará, y tu sangre correrá en desagravio de su tremenda cólera y justicia.
Arrodillóse entonces don Álvaro sobre un cojín de terciopelo negro con flecos y borlas de oro y desarrollando un gran pergamino que tenía por cabeza la cruz del Temple en campo de oro, y a la luz de una bujía con que alumbraba Saldaña, leyó su profesión concebida en estos términos:
-Yo, don Salvador Yáñez, señor de Bembibre y de las montañas del Boeza, prometo obediencia ciega al maestre de la orden del Templo de Salomón y a todos los caballeros constituidos en dignidad; castidad perpetua y pobreza absoluta. Prometo, además, guardar riguroso secreto sobre todos los usos, ritos y costumbres de esta religión; procurar su honra y crecimiento por todos los medios que no estén reñidos con la ley de Dios, y sobre todo, trabajar sin tregua en la conquista de la Jerusalén terrena, escalón seguro y senda de luz para la Jerusalén celestial. Prémieme Dios en proporción de mis obras, y vosotros como delegados suyos.
Entonces los padrinos comenzaron a desarmarle y los circunstantes a cantar el salmo
Nunc dimitis servum tuum, domine, con voces vigorosas y solemnes. Calzáronle espuelas de acero, y de acero bruñido también fueron las grevas, peto, espaldar y manoplas con que sustituyeron su armadura; por último, le ciñeron una espada de Damasco y le pusieron en la cinta un puñal buido de fino temple, pero sin ningún género de adorno. Echáronle, por fin, el manto blanco de la orden y entonces le vendaron los ojos, enseguida de lo cual se postró en el suelo, mientras la congregación cantaba los salmos penitenciales con que los cristianos se despiden de sus muertos. Acabóse por fin el cántico, cuyas últimas notas quedaron vibrando en las bóvedas de la iglesia en medio del profundo silencio que reinaba en sus ámbitos, y entonces sus padrinos acudieron a levantarle y le destaparon los ojos, que al punto volvió a cerrar, porque, acostumbrados a las tinieblas, no pudieron sufrir la vivísima luz que como una celeste aureola iluminaba aquel templo, momentos antes tan adusto y sombrío. Las colgaduras negras estaban recogidas y los altares todos resplandecían con infinitas antorchas; el aire estaba embalsamado con delicado incienso que en vagos e inciertos festones se perdía entre los arcos y columnas, y los caballeros todos tenían en las manos velas blanquísimas de cera encendidas. En cuanto descubrieron a don Álvaro, entonaron todos en voces regocijadas y altísimas el salmo Magnificat anima mea Dominum, durante el cual, conducido por sus padrinos, fue abrazando a todos sus hermanos y recibiendo de ellos el ósculo de paz y de fraternidad. Concluido este acto, aproximaron todos en orden sus sitiales al trono del maestre, dejando en medio a don Álvaro, que de pie y con los brazos cruzados oyó la plática que el maestre o su inmediato dignatario solían dirigir al profeso. En tiempos más dichosos versaba sobre las glorias y prosperidad de la orden, la consideración de que gozaba en toda la cristiandad, y por último, sobre los deberes rigurosos y terribles del nuevo caballero; pero entonces, que la hora de la prueba había llegado y aquel astro luminoso padecía tan terrible eclipse, las palabras de don Rodrigo tuvieron aquel carácter religioso, profundo y melancólico propio de todas aquellas catástrofes que pasman y sobrecogen al mundo. Por último, vino a recaer el razonamiento sobre los serios y terribles deberes que el soldado de Dios se imponía al entrar en aquella milicia, y entonces, levantándose de su trono, alzando el cetro y enderezando su talla majestuosa, concluyó diciendo con acento severo y grave:
-¡Pero si Dios te deja de su mano para permitir que faltes a tus juramentos, tu vida se apagará al punto como estas candelas, y unas tinieblas más densas todavía cercarán tu alma por toda una eternidad!
Al decir esto, todos los caballeros mataron sus luces por un movimiento unánime, y en el mismo instante bajaron los negros y tupidos velos de los altares dejando la iglesia en una oscuridad pavorosa. Los caballeros entonces murmuraron en voz baja algunos versículos del libro de Job sobre la brevedad de la vida y la vanidad de las alegrías del crimen; y a la luz de los blandones fúnebres que todavía ardían en el altar mayor fueron dirigiéndose a la puerta en lenta y solemne procesión. Allí se pararon de nuevo, y el maestre se adelantó para rociar con agua bendita la cabeza de su sobrino, como para lavarle y purificarle aún de las heces y vestigios de la culpa, y desde allí todos se dispersaron encaminándose a sus cámaras respectivas.
A don Álvaro le dejaron también en la suya, y la luz del nuevo día que no tardó en teñir los celajes del oriente, le encontró mudado en otro hombre y ligado con votos que sólo al poder de la muerte le parecía dable desatar. (...)
Capítulo XXIII
A los tres días de los sucesos que acabamos de referir, pareció el buen Millán por Arganza a dar cuenta a Martina del arreglo que iba poniendo en las haciendas que su amo le había legado. Venía entonces de las montañas muy satisfecho de sus tierras, y de algunas reses que había comprado, con las cuales pensaba beneficiar sus praderas y juntar un caudal que ofrecer a su futura en cambio de su blanca mano y de su cara de pascua. (...) Así pues, no es maravilla que se presentase contento y alegre en una casa de donde se había huido la poca alegría que quedaba.
-¡Ay, Millán de mi alma! -exclamó Martina, saliéndole al encuentro apresurada-, ¡y qué cosas han pasado desde que te fuiste! ¡Vamos!, aún no se me ha quitado el temblor del cuerpo, ni he dormido una hora de seguido. Y doña Beatriz, ¡la cuitada! ¡No sé qué me da en el corazón cuando pienso en ella!
-Pero, mujer, ¿qué es lo que ha sucedido? -preguntó el mozo un poco azorado.
-¡Ahí es nada! -contestó ella, no poco satisfecha, en medio de sus recuerdos de pavor, de contar un cuento tan maravilloso-; tu amo ha aparecido por aquí.
(...)
-¡Virgen purísima! -exclamó Millán cruzando las manos y mirando al cielo-, ¡conque vive mi señor; el mejor de los amos, el caballero más bizarro de España! ¿Dónde está, Martina? ¿Dónde está?, ¡que aunque sea al cabo del mundo iré en busca suya!
-¡Pues! -repuso la muchacha tristemente; y siendo como eres un señor, vamos al decir, te vas a quedar como antes, y nuestra boda ¡Dios sabe para cuándo será!
- (...) Váyanse muy enhoramala todos los prados del Bierzo y todas las vacas del mundo, y viva mi don Álvaro que es primero. Martina -le dijo después con seriedad-; ya sabes que primero es la obligación que la devoción, y por eso yo, aunque me corría priesa, bien lo sabe Dios nunca quise que dejaras a doña Beatriz... Pero ¡válgame Dios! -exclamó como sorprendido-, ¡y yo que no me había acordado de ella! ¿Y qué ha dicho la infeliz? ¿Qué es de ella?
Martina entonces le contó llorosa todo lo acaecido, narración que dejó confuso y turbado al pobre Millán con la perfidia del conde y lo negro de la trama en que su amo se había visto envuelto.
(...)
Martina, que sabía muy bien lo poco devoto que su amante era del Temple, gracias a la superstición común, había esquivado en la narración el punto de la determinación de don Álvaro pero como ya no era posible ocultarlo, tuvo que decírselo:
-¡Dios de mi alma! -exclamó el mozo consternado-, ¿no valía más que de veras hubiera muerto, que no guardarle para la hoguera con todos esos desdichados descomulgados por el Papa? No, pues en eso perdóneme; si él quiere perder su alma yo estoy bien avenido con la mía, y no será el hijo de mi madre quien se quede a servirle para qué después le tengan a uno por nigromante y hechicero.
-¿Sabes lo que digo, Millán? -repuso la muchacha-, es que debe haber mucha mentira en eso de los templarios, porque cuando se ha entrado en la orden un señor tan cristiano y principal como tu amo, se me hace muy cuesta arriba creer esas cosas de magia y de herejía que dicen.
-¿Qué sabes tú? -respondió él con un poco de aspereza-; don Álvaro está desconocido desde sus malhadados amores y es capaz de hacer cualquiera cosa de desesperado. En fin, yo allá voy, porque a eso estoy obligado, pero quedarme con él mucho lo dificulto. ¡Ojalá que no le hubiera comido el pan ni me hubiese sacado medio ahogado del Boeza!... ¡Mal haya tu venta! -añadió mirando con ceño a su futura-; que por tus cosas no estamos ya casados en paz y en gracia de Dios y libres de semejantes aprietos, en vez de que así Dios sabe lo que será de nosotros.
-Pero, hombre -repuso ella con dulzura-, ¿qué querías que hiciera estando doña Beatriz así?
-Sí, sí -contestó él como distraído-; no me hagas caso, porque no sé lo que me digo... ¡Qué demonio de hombre!, ¡haberse metido templario!... ¡Pero, en fin, yo allá voy, y sea lo que Dios quiera! Adiós, Martina.
Y dándola un abrazo bajó presuroso la escalera sin aguardar a más, montó en su jaco y tan deprisa cabalgó que en poco más de una hora estaba en Ponferrada. La resolución que tan terminantemente anunció en el principio, y durante su enfado de no servir a don Álvaro, según hemos visto, se iba debilitando poco a poco, y a medida que se acercaba a la bailía se iba deshaciendo como la nieve de las sierras al sol de mayo. El buen Millán era de una índole excelente, y luego los hábitos de amor y de fidelidad hacia don Álvaro se confundían en su imaginación con los recuerdos de sus primeros años, porque se había criado en su castillo y sido el compañero de su infancia. Las hidalgas prendas de don Álvaro, la largueza con que en su testamento había atendido a su suerte y las desdichas que habían formado el tejido de sus jóvenes años eran otros tantos eslabones que le unían a él. Así fue que cuando llegó al castillo, su determinación se la había llevado el viento y sólo pensó en asistir y servir a su antiguo dueño mientras durasen aquellos tiempos revueltos, a despecho de supersticiones, recelos y antipatías de toda clase. Muy de estimar era este sacrificio en un hombre preocupado con las groseras creencias de la época, y que, de consiguiente, sólo a costa de un terrible esfuerzo podía determinarse a saltar por todo.
Por mucha que fuese su prisa, se dirigió antes a la celda del maestre que le recibió con su bondad acostumbrada y que deseoso de proporcionar a su sobrino una sorpresa con que pudiese dar vado en cierto modo a sus sentimientos oprimidos, le condujo inmediatamente a su aposento.
-Aquí traigo, sobrino, un conocido antiguo -le dijo al entrar-, con cuya vista presumo que os alegraréis.
-Ese será mi fiel Millán -repuso al punto don Álvaro-, ¿qué otra persona se había de acordar de mí en el mundo?
Millán entonces, sin poderse contener, salió de detrás del maestre que ocupaba la puerta, y corrió desalado a arrojarse a los pies de su señor, abrazándole sus rodillas y prorrumpiendo en lágrimas y sollozos que no le dejaban articular palabra. Don Rodrigo se ausentó entonces, y don Álvaro, enternecido, pero reprimiéndose sin embargo, porque no acostumbraba a mostrar delante de sus criados ningún género de transporte, le dijo levantándole:
-No así, pobre Millán, sino en mis brazos, vamos, abrázame, hombre..., en cuanto vine pregunté por ti, ¿qué es de tu persona?, ¿por dónde andabas?
-Pero, señor, ¿es posible exclamó el escudero- que después de lloraros por muerto os encuentro ahora en ese hábito?
-Nunca le tuvieste gran afición -contestó el caballero procurando sonreírse, pero ahora que le visto yo, fuerza será que le mires con mejores ojos, siquiera por amor del que fue tu amo.
-¿Cómo es eso del que fue mi amo? -le interrumpió el escudero como con enojo-; mi amo sois ahora como antes, y lo seréis mientras yo viva.
-No, Millán -respondió don Álvaro con reposo-, yo ya no tengo voluntad, sino la del maestre, mi tío, y sus delegados. Los bienes que te dejaba en mi testamento como galardón de tu fidelidad ya no te pertenecen en rigor por haber salido falsa mi muerte, pero yo intercederé con mi tío para que te los dejen, porque, en realidad, yo estoy muerto para el mundo, y quiero regalarte esa memoria.
-Señor -contestó el escudero sin dejarle pasar más adelante-, yo para nada necesito esos bienes estando con vos, pero si por vos mismo no podéis admitirme a vuestro servicio, yo iré a pedírselo de rodillas al maestre vuestro tío, no me levantaré hasta que me lo conceda.
-No, Millán -respondió don Álvaro-, yo sé que tú tienes otras esperanzas mejores que la de venir a servir a un templario en medio de los peligros que cercan esta noble orden. Todavía tienes una madre anciana, y a más Martina, con lo cual sin duda vivirás tranquilo y con toda aquella ventura que puedes juiciosamente apetecer en esta vida.
-En cuanto a mi madre -replicó el escudero-, bastaba el que os abandonase para granjearme su maldición, pero por lo que hace a Martina, que tenga paciencia y me espere, que yo también la he esperado a ella. Además, que no creáis que por eso se enoje, porque la pobrecilla os quiere bien y...
Don Álvaro, temblando que no añadiese alguna otra cosa que no deseaba oír, se apresuró a atajarle diciéndole que su resolución estaba tomada y que no quería envolver a nadie en las desgracias que pudieran sobrevenirle. Con esto se entabló una disputa de generosidad entre amo y mozo, firme aquél en su propósito y éste no menos aferrado en su voluntad; disputa que dirimió el maestre haciendo ver a su sobrino la poca cordura que había en desechar un corazón tan generoso en circunstancias como aquellas. Con esto quedó Millán instalado en sus antiguas funciones, y don Rodrigo, así por recompensar su lealtad como por complacer a su sobrino, confirmó la donación hecha en el testamento para que no tuviera que arrepentirse nunca el buen Millán de su desprendimiento.
Capítulo XXIV
Las diferencias del rey con don Juan Núñez de Lara se compusieron por fin, más a placer de aquel orgulloso rico hombre que a medida del decoro real, porque el poder de don Fernando, quebrantado con lo largo del sitio de Tordehumos y enflaquecido además con la defección de varios señores y la retirada de otros, no era bastante ya a postrar aquel soberbio vasallo. (...) Al cabo le quedaban al rey las manos sueltas y desembarazado el ánimo para dar cima al negocio de los templarios que, según se veía, no podía allanarse sino por la fuerza de las armas. Sin duda los cimientos de la orden estaban minados y vacilantes en la opinión, pero aquel cuerpo robusto se sostenía así y todo por la enérgica cohesión de sus partes, por sus recuerdos de gloria y por el miedo que a todos inspiraba su poder, única verdadera causa de su ruina.
(...)
De toda la gente que con tanta flojedad y desvío sirvió a don Fernando en la demanda de Tordehumos no encontró a nadie remiso ni desmayado, tal era la codicia que en todos los corazones despertaban los opimos despojos del Temple. Fácil le fue, por lo tanto, juntar una hueste numerosa y lucida, aunque no sobrada, ciertamente, para trance tan difícil; y de nuevo comenzó el estruendo de la guerra a resonar por toda la España, porque como el empeño era igual en Aragón, por ambas partes, a donde quiera, alcanzaban los aprestos y disposiciones. Sólo el rey de Portugal permanecía en lo exterior frío espectador de la contienda, si bien en su ánimo estaba inclinadísimo a la religión del Temple, y aun empleaba buenos oficios con el Sumo Pontífice para apartar de su cabeza la tormenta fatal que desde los más remotos ángulos de Europa venía a amontonarse sobre ella. (...)
El señor de Arganza, como Merino Mayor que era del Bierzo, recibió la orden de alistar inmediatamente los ballesteros y gente de armas que pudiese e ir a juntarse en los confines de Galicia con los escuadrones de su yerno el de Lemus. Honra era esta de que con gusto infinito se hubiera excusado a no mediar su hidalguía, porque merced a los desengaños y pesares que sufría, semejante empresa iba presentándose a sus ojos con sus verdaderas formas y colores. Su enemistad con el Temple, falta de pábulo hacía algún tiempo, se había, amortiguado poco a poco, y la conducta de Saldaña y de don Álvaro en los sotos de su palacio, junto con el decoro y caballerosidad que no había dejado de guardar con él el maestre don Rodrigo a pesar de sus desvíos, habían acabado de debilitarla. (...) Perplejo y confuso en medio de tantos inconvenientes, hubo de consultar con doña Beatriz que, como prevenida por su discreción y tristeza, manifestó poca sorpresa y menos dudas ni tropiezos.
-Padre mío -le respondió-, no os inquietéis por mí, pues ya sabéis que es patrimonio de la desdicha estar segura y defendida en todas partes. Guárdense los dichosos en buen hora, que a mí me guarda mi estrella. Sin embargo, como en tales ocasiones no hay sagrado sino al pie de los altares, me encerraré en Villabuena mientras dure la guerra entre nosotros.
(...)
Después de esta breve conversación quedó determinado el viaje a Villabuena, que se verificó a los dos o tres días. (...)
La cabalgata se componía de las mismas personas que la otra vez, pero ya fuese que la disposición de ánimo de los señores se pegase a los criados, ya que lo pantanoso del camino y lo frío y destemplado de la estación les hiciese atender a sus cabalgaduras y les quitase todo deseo de hablar, el resultado fue que durante el viaje apenas se les oyó una palabra. (...)
Al cabo de dos o tres horas de caminar, llegaron por fin al monasterio, donde las religiosas, ya prevenidas, estaban esperando en comunidad a una tan principal señora, que, por otra parte, para todas había sido una hermana en su poco distante hospedaje en aquella santa casa. (...)
Don Alonso partió de Villabuena en la misma tarde a cumplir, como bien nacido, los mandatos de su rey y a dar calor a los preparativos de guerra que por todas partes se hacían. La presencia de aquellos lugares se le hacía cada vez más penosa y por eso se apresuró a dejarlos. Encomendó, pues, su hija al cuidado de la abadesa con particular encarecimiento, y se encaminó a las montañas del Burbia a levantar gente y ordenar su mesnada. La suerte le destinaba a pelear con el que, por un influjo más benigno, destinaba en otro tiempo para su yerno (...)
Los aprestos bélicos siguieron, por lo tanto, con la mayor actividad por parte de las tropas de Castilla, pues los templarios, de antemano prevenidos y aprovechándose de las enormes ventajas que sus riquezas, su subordinación y disciplina les daban sobre sus contrarios, no hicieron más sino estarse a la defensiva, según lo tenían determinado, y aguardar el trance del combate. Los peligros de semejante empresa se ocultaban a su orgulloso y altivo valor, y cansados de la paz con los moros a que los habían obligado las alianzas de Castilla con los reyes de Granada y sus discordias intestinas, codiciaban nuevos laureles ganados en defensa de su honor y de su existencia. Don Rodrigo mismo, a pesar de sus tristes previsiones y de sus años, parecía animado de un ardor juvenil cuando se vio cerca de dar su vida por el honor de su orden; bien como un caballo envejecido en las batallas relincha y se estremece, a pesar de su debilidad, al oír la trompeta guerrera.
(...)
Capítulo XXV
La posición militar de los templarios en el Bierzo, según ya dejamos dicho en otro lugar, no podía ser más aventajada.
(...)
Sin embargo, las gentes que de toda Galicia juntaba el conde de Lemus en Monforte iban componiendo ya una hueste poderosa formada en su mayor parte de montañeses ágiles, robustos y alentados, acostumbrados a los ejercicios de la caza, diestrísimos ballesteros en general. (...)
Este era el peligro de más bulto a que había que acudir; así el comendador Saldaña, que para servir de padrino a don Álvaro se había quedado durante algunos días en Ponferrada, volvió prontamente a su antigua alcaidía. Don Álvaro solicitó licencia de su tío para acompañarle y la consiguió al punto, con lo cual nada quedó que desear al anciano caballero, más poseído que nunca de sus extraños pensamientos de gloria y de conquista. (...)
Los enemigos tardaron poco en llenar aquellos contornos con el ruido de sus armas. A los dos o tres días los puestos de soldados de la guarnición, que llegaban hasta las Médulas, se fueron retirando sucesivamente y dejaron al conde dueño del campo con sus bandas, no muy veteranas ni disciplinadas (...)
Toda esta gente acampó a la falda del antiguo monte Meduleum, tan celebrado por su extraordinaria abundancia de criaderos de oro durante la dominación romana en la Península Ibérica. Esta montaña, horadada y minada por mil partes, ofrece un aspecto peregrino y fantástico por los profundos desgarrones y barrancos de barro encarnado que se han ido formando con el sucesivo hundimiento de las galerías subterráneas y la acción de las aguas invernizas y que la cruzan en direcciones inciertas y tortuosas. (...) De las galerías se conservan enteros muchos trozos que asoman sus bocas negras en la mitad de aquellos inaccesibles derrumbaderos y dan a la última pincelada a aquel cuadro en que la magnificencia de la naturaleza y el poder de los siglos campean sobre las ruinas de la codicia humana y sobre la vanidad de sus recuerdos. (...) Aquí asentó el conde sus reales rodeado del trozo más florido y mejor armado de su gente, y la que no pudo ampararse de las pocas chozas que allí había se repartió por las minas y cuevas para buscar un abrigo contra la intemperie de la estación. La caballería se ladeó hacia la izquierda y se extendió por las orillas del lago de Carucedo que le brindaban abundosos pastos y forrajes. De esta suerte repartidos, púsose el sol turbio y triste de diciembre, y estableciendo sus guardias y precaviéndose como lo pedía la vecindad de un enemigo audaz y temible, aguardaron alrededor de sus hogueras la venida del nuevo día.
Amaneció éste, y al punto los clarines, gaitas y tamboriles saludaron sus primeros resplandores. Los relinchos de los caballos a la orilla del lago, los ecos de los groseros instrumentos, las voces de mando y los romances guerreros de aquellas alegres animadas tropas resonaban con extraordinario ruido entre aquellas breñas y precipicios, y los corzos y jabalíes huían asustados por las laderas con terribles saltos y bufidos. Semejante estruendo y algarabía formaba raro contraste con el reposo y silencio del castillo, cuyos caballeros, inmóviles como estatuas, reflejaban en sus bruñidas armaduras los tempranos rayos del sol. El ronco murmullo que se oyó entre ellos fue el de los salmos y oraciones matutinas que entonaron a media voz, de rodillas, con la cabeza descubierta, las lanzas y espadas inclinadas al suelo, y el rostro vuelto hacia el oriente. Concluido este acto religioso, tornaron a su silencio y recogimiento ordinario, aguardando en actitud briosa la llegada del enemigo, que de momento a momento se acercaba, a juzgar por la distinción y claridad con que se oían sus instrumentos músicos. Don Álvaro pidió licencia para batir y registrar el campo, pero el comendador no se la otorgó, resuelto, a pesar de su ardimiento y cólera, a no romper el primero las hostilidades, conforme a lo acordado entre los templarios españoles, y temeroso, por otra parte, de que don Álvaro, sin escuchar más voz que la de su resentimiento, no se empeñase temerariamente. Otro caballero de más edad salió a la descubierta, y después de reconocer bien al enemigo y haber escaramuzado ligeramente con sus corredores, se volvió a dar cuenta a Saldaña de su expedición.
Mientras tanto las cejas de los montes vecinos se fueron coronando de montañeses que no cesaban en sus rústicas tonadas. (...) El conde apareció poco después, seguido de los hidalgos de su casa, montado en un soberbio caballo castaño de guerra, con riendas y arreos de seda azul cuajados de plata, que el fogoso animal salpicaba de espuma a cada movimiento de cabeza. La armadura era del mismo color y adornos con una banda encarnada que la atravesaba, y el casco dorado remataba con hermoso penacho de plumas bancas y tendidas que se movían al leve soplo del viento. Venía, en suma, gallardamente ataviado en medio de su lúcido cortejo, y su hueste entera le saludó con vivas y aclamaciones y con las sonatas más expresivas que melodiosas de sus gaitas y tamboriles. Saludó él también graciosamente con su espada, volviéndose hacia todas partes, y enseguida se puso a reconocer la posición con aquel ojo militar y certero que en muchas guerras le había granjeado fama de diestro y experimentado caudillo. Bajó paso a paso la cuesta de Río Ferreiros, cruzó el riachuelo, entonces hinchado por las lluvias, y presto se convenció de que por aquella parte el castillo era inexpugnable, porque la naturaleza se había empeñado en fortificarle con horrorosos precipicios. Para mayor seguridad, sin embargo, situó un destacamento de caballería en el vecino pueblo de Santalla, con lo cual aseguraba de todo punto el camino de Ponferrada. Subió enseguida de nuevo el recuesto, entonces decidió hacer su embestida por el lado de poniente y mediodía, donde la fortaleza presenta dos frentes regulares, pero defendidos entonces cuidadosamente con una fortísima muralla y un foso muy hondo.
Por respeto a los usos de la guerra, envió antes de comenzar el ataque un pliego a los sitiados comunicándoles las órdenes que tenía del rey e intimándoles la rendición con amenazas y arrogancias empleadas adrede para exacerbarlos y empeorar su causa con la resistencia. Saldaña contestó, según era de esperar, que ninguna autoridad reconocía en el monarca de Castilla (...)
Los gallegos comenzaron al punto a abrir las trincheras, y los montañeses de Cabrera, bajando de las crestas de la montaña que cae al mediodía del castillo, y amparándose de los matorrales y peñascos, protegían sus trabajos con una nube de flechas dirigidas con gran puntería. (...) Los ballesteros del castillo, cuando alguno de los enemigos se descubría, al punto lo convertían en blanco, y como no siempre los matorrales y retamas los escondían del todo, (...) venía a resultar, como era natural, que recibían más daño. De todas maneras sus disparos incomodaban extraordinariamente a los del castillo, y a su sombra seguían las obras del cerco.
Todo aquel día corrió de este modo, sin que los caballeros hiciesen salidas ni ningún género de demostración hostil, y entrambos bandos pasaron la noche en sus respectivos puestos. (...)
Saldaña, que con su vista de águila había seguido todo aquel día los pasos del enemigo, adivinando sus intenciones como si fuesen las suyas propias, estaba entonces en uno de los más altos torreones del castillo acompañado del señor de Bembibre, no menos ocupado que él en observarlo todo atentamente.
-Don Álvaro -dijo por fin con mal disimulado regocijo-, mañana vienen.
-Ya lo sé -respondió el joven-; oíd cómo clavan o las escalas o el puente de vigas con que piensan suplir el levadizo para atacar la puerta cuando nos hayan ganado la barbacana.
-¡Pobres montañeses! -repuso Saldaña, con una sonrisa y un acento en que se notaba tanto menosprecio como lástima-; piensan que nos van a cazar como a los osos y jabalíes de sus montes, y sin duda despertarán muy tarde de su sueño.
-¿Me perdonaréis si os pregunto lo que pensáis hacer? -le preguntó el mancebo respetuosamente.
-No todo os diré ahora -contestó el comendador-, sólo sí que a vos reservo la parte más honrosa y brillante de la jornada. Antes de romper el día bajaréis con todos los caballos que hay en el castillo por la escalera secreta que ya sabéis y va a dar a la orilla misma de ese riachuelo, y siguiendo su orilla tomaréis la vuelta a la caballería del conde que creyéndonos de todo punto aislados, sin duda estará desprevenida y la desbarataréis; pero para esto preciso será que aguardéis emboscado en el monte hasta que la campana del castillo os dé la señal tañendo a rebato.
-Pero, señor -repuso don Álvaro-, ¿y podrán bajar los caballos por aquella escalera de piedra tan larga y pendiente?
-Todo está previsto -respondió el anciano-, la escalera está llena de tierra para que no resbalen. Además, ya sabéis que los caballos del Temple son de las mejores castas de la Siria y de Andalucía, aquí y en toda Europa, y nuestros esclavos infieles los enseñan y acostumbran a todo.
-¿Y habéis tenido en cuenta -insistió don Álvaro- el cuerpo avanzado que tienen en Santalla?
-Eso es lo que los pierde cabalmente -replicó el comendador-; porque como sólo atienden al camino de Ponferrada, podéis pasar por medio de entrambos y cogerlos de improviso. ¡Ah!, don Álvaro -añadió tristemente-, yo he peleado con los árabes y mamelucos, ¿y queréis que no se me alcance algo de estratagemas y ardides?
-Sí, sí, ya veo que todo lo tenéis previsto; pero ¿Y querrán los caballeros más antiguos que yo pelear bajo mi mando?
-Todos os estiman y respetan por vuestra alcurnia, carácter y valor -contestó Saldaña-, y todos os obedecerán gustosos (...)
Capítulo XXVI
Buen rato antes de que asomase por entre las nieblas del oriente la aurora pálida y descolorida de aquel día en que debían suceder tantos casos lastimosos, don Álvaro, seguido de una gran tropa de caballeros, bajó por aquella escalera que sola otra vez y con tan distintas esperanzas había pisado. Los caballos llegaron también sin trabajo a la orilla del torrente, que entonces corría con tremendo estrépito, muy a propósito para ocultar su marcha. Emprendiéndola callados y atentos al inminente riesgo que les cercaba, porque caminaban por una ladera gredosa y escurridiza y por una senda estrecha y tortuosa al borde mismo de los enormes barrancos que excava aquel regato poco antes de entrar en el Sil. Desfilaban uno por uno con gran peligro de ir a parar al fondo al menor resbalón y con otro no menor de ser descubiertos en tan apretado trance por el relincho de un caballo; pero estos generosos animales, como si conociesen la importancia de la ocasión, no sólo anduvieron el difícil camino sin dar un paso en falso, sino que apenas soltaban tal cual corto resoplido. Por fin salieron de aquellas angosturas, y antes de que amaneciese ya estaban emboscados en el monte de acebuches que linda con el pueblo de San Juan de Paluezas, y llegaba muy cerca del campamento de la caballería del conde de Lemus. Allí, cuidadosamente escondidos, aguardaron la convenida señal.
Poco tardaron en colorearse débilmente los húmedos celajes del oriente, y los clarines, gaitas y tamboriles de los sitiadores despertaron a los que todavía dormían al amor de la lumbre. Levantáronse todos ellos alborozados y, dando terribles gritos, se formaron al punto bajo sus enseñas. El conde Lemus salió de su tienda y en un caballo blanco, donde el terreno lo permitía, y a pie en los riscos más difíciles, corrió las filas y pelotones haciendo distribuirles dinero, raciones y aguardiente, y alentándoles con su natural y astuta elocuencia contra aquellos idólatras impíos que adoraban un gato y que, dejados de la mano de Dios, poco tardarían en caer bajo las suyas. (...) Los templarios, por su parte, después de haber hecho su acostumbrada oración, conservaron su natural gravedad, y el comendador, que pensaba haberles arengado, después de haber observado el denuedo de sus miradas y semblantes, conoció la inutilidad de exhortar a unas gentes en cuyos pechos ardía la llama del valor como en su propio altar y se contentó con repetirles, con aquel majestuoso ademán que tan bien cuadraba, el versículo que días antes había dicho a don Álvaro al tomar por segunda vez el mando del castillo:
Dominus mihi custos, et ego disperdam inimicos meos. Los caballeros, aspirantes y hombres de armas lo repitieron en voz baja y cada uno quedó en su sitio sin hablar más palabra.
Los momentos que siguieron fueron de aquellos zozobrosos llenos de ansiedad que preceden generalmente a todos los combates, y en que el temor, la esperanza, el deseo de gloria, los recuerdos y lazos en otras partes pueden atar el corazón, un tropel, en fin, de encontradas sensaciones batallan en el interior de cada uno. Por fin, las trompetas de los sitiadores dieron la última señal, a la cual los añafiles y clarines de los templarios respondieron con agudas resonantes notas como de reto, y los cuerpos destinados al asalto se pusieron en movimiento rápidamente, precedidos de un cordón de ballesteros que despedían una nube de saetas, y sostenidos por otros muchos que desde las quiebras y malezas los ayudaban poderosamente. Encamináronse, como era natural, contra la barbacana del castillo, sólo dividida de éste por el foso y enlazada con él por el puente levadizo, asestando sus tiros contra los caballeros que la defendían y que, por su parte, recibieron a los sitiadores con descargas en que maltrataron e hirieron a muchos. Sin embargo, su defensa fue menos tenaz de lo que el conde aguardaba, así es que dieron lugar a los mas atrevidos a acercarse a la puerta, sobre la cual empezaron a descargar al punto redoblados hachazos. Los caballeros, viendo sin duda lo poco que podían resistir aquellas débiles tablas a semejante empuje y sacudidas, atravesaron enseguida el puente levadizo que se alzo al punto, justamente cuando, forzada la puerta, cabreireses y gallegos se precipitaban en tropel en la barbacana. Pasmado todos, y el de Lemus en especial, de tan floja defensa, creyeron que la hora del Temple había llegado, cuando así se amortiguaba de repente la estrella rutilante de su valor. Comenzaron, pues, a denostarlos con injuriosas palabras, a las cuales no respondían sino disparando de cuando en cuando alguna flecha o piedra, amparándose, sin embargo, cuidadosamente en las almenas. La caballería, que desde su puesto veía el triunfo de los suyos y tremolar la bandera del conde en la barbacana, prorrumpió en una estrepitosa y alegre gritería vitoreando y agitando sus lanzas desde abajo. Estaban pie a tierra y con los caballos del diestro descansando enteramente en la avanzada apostada en el camino de Ponferrada, y tenían puestos los ojos y el alma en el drama que más arriba se representaba, y del cual, con gran enojo suyo, sólo venían a ser fríos espectadores.
Los de la barbacana trajeron al instante el puente de vigas que habían estado clavando y aderezando a prevención en la noche anterior, y que no habían conducido, desde luego, contando con que el primer ataque sería más largo y reñido. (...) Los sitiadores entonces parecieron reanimarse y se presentaron en la plataforma que dominaba la puerta arrojando piedras y venablos, pero la granizada de flechas de los montañeses los hizo retirar al punto. La afluencia de estos desgraciados era tal que la barbacana estaba atestada de gentes a cual más deseosas de abalanzarse a la puerta del castillo, y echándola al suelo, entrar a saco a degüello aquellos cobardes guerreros. Por fin, con harto trabajo se asentó el puente y un sinnúmero de montañeses y valdeorranos se agolparon a herir con sus hachas las herradas puertas del castillo.
No bien habían descargado los primeros golpes, cuando un grito de horror resonó entre aquellos infelices, de los cuales una gran parte cayeron en el foso y otros en el mismo puente lanzando espantosos aullidos y revolcándose desesperadamente. Los que les seguían, empujados por la inmensa muchedumbre de atrás, aunque horrorizados porque apenas sabían a qué atribuir aquel repentino accidente, corrieron también contra la puerta. Entonces se vio claro lo que tales gritos arrancaba y tan grandes estragos hacía. Aquellos desdichados mal armados morían abrasados bajo una lluvia de plomo derretido, aceite y pez hirviendo que venía de la plataforma y de la cual salían también muchísimas flechas rodeadas de estopas alquitranadas y encendidas que no podían desprenderse ni arrancarse sin quemarse las manos. Algunos quisieron retroceder, pero el extraordinario empuje que venía de afuera no sólo se lo estorbaba, sino que vomitaba sin cesar sobre el puente nuevas víctimas. (...) Entonces comenzó a sonar a rebato la campana del castillo como si doblase por los que morían en los fosos y al pie de sus murallas, los muros y la plataforma se coronaron de caballeros que, cubiertos de acero de pies a cabeza y con el manto blanco a las espaldas y la cruz encarnada al lado, se mostraron como otras tantas visiones del otro mundo a los ojos de aquella espantada muchedumbre. Unos cuantos esclavos negros, que desde la plataforma derramaban y esparcían aquel fuego voraz, asomaron entonces sus aplastados semblantes de azabache animados por una diabólica sonrisa, y aquellas acobardadas gentes, creyendo que el infierno todo peleaba en su daño, comenzaron a arrojar sus armas consternados y tomando la huida.
(...)
La caballería entretanto, como hemos dicho, seguía con envidiosos ojos la pelea de sus compañeros, cuando oyó tocar a rebato la campana del castillo. Entonces creyeron que ya era el conde dueño de él, y con loca presunción comenzaban a darse el parabién de tan feliz jornada, cuando de repente les estremeció sus espaldas una trompeta que sonó en sus oídos como la del último día, volviendo los asombrados ojos vieron el corto pero lucido escuadrón de don Álvaro, que lanza en ristre y a todo escape les acometía. Muchos caballos espantados, no menos que sus jinetes, rompieron la brida y dieron a correr por las cuestas dejando a pie a sus dueños que fueron los primeros que cayeron al hierro de las lanzas enemigas. Los restantes que pudieron ocupar las sillas en medio del tumulto, arremolinados y envueltos en sí propios, sólo hicieron una cortísima resistencia (...) Don Álvaro entonces, deseoso de dar alcance a los que iban a incorporarse con el grueso de la hueste del conde, picó en pos de ellos por la ladera, con el firme intento no sólo de ahuyentarlos, sino de coger a los enemigos por la espalda.
Saldaña, bien informado del éxito de esta arriesgada empresa, bajó entonces seguido de sus más escogidos caballeros, echando el puente levadizo, porque el otro estaba ya medio consumido por el fuego, embistió denodadamente la barbacana con un hacha de armas en las manos, cada golpe de la cual cortaba un hilo en aquella gente todavía apiñada y comprimida. En medio de aquel tumulto y matanza acertó a ver al conde que forcejeaba con sus hidalgos y deudos para volver al Puente.
-¡Conde traidor! -le gritó el comendador-, ¿cómo tan lejos del peligro?
-Allá voy, hechicero infernal, ligado con Satanás -le respondió él con la boca llena de espuma y rechinando los dientes; y dando un furioso empellón se fue para el templario determinado y ciego.
Llegó a él y con el mayor coraje le tiró una soberbia estocada que el comendador supo esquivar; y alzando el hacha con ambas manos iba a descargarla sobre él cuando uno de sus deudos se interpuso. Bajó el arma como un rayo y dividiendo el escudo cual si fuera de cera y hendiendo el capacete, se entró en el cráneo de aquel malhadado mozo que cayó al suelo con un profundísimo gemido. Trabóse entonces una reñidísima contienda, porque cuando los del conde vieron que se las habían con hombres como ellos y no con vestiglos ni espíritus infernales cobraron ánimo, pero peor armados y menos diestros que sus enemigos, naturalmente llevaban lo peor. En esto un jinete con el caballo blanco de espuma y sin aliento se presentó a la puerta de la barbacana y dijo con alta voz:
-¡Conde de Lemus!, vuestra caballería ha sido desbaratada por un escuadrón de estos perros templarios, que no tardará seis minutos en llegar.
-¿Hay más desventuras, cielos despiadados? -exclamó él, levantando al cielo su espada que apretaba convulsivamente.
-Sí, todavía hay más -le dijo Saldaña con voz de truene-, porque ese que con un puñado de caballeros ha destrozado tus numerosas lanzas, ¡ese es el señor de Bembibre, tu enemigo!
Lanzó el conde un rugido como un tigre, y de nuevo quiso embestir al comendador; pero los suyos se lo impidieron arrancándole de aquel sitio, porque los gritos y galope de los caballeros que iban al mando de don Álvaro se oían ya muy cerca. Saldaña no juzgó prudente acometer fuera de su castillo con la poca gente que lo guarnecía y a un enemigo todavía respetable por su número, y que acababa de dar tan repetidas muestras de valor. Los caballeros que le acompañaban habían cerrado la puerta con sus cuerpos, y dejado acorralados un gran número de montañeses que, aunque no acometían, no parecían dispuestos a rendirse sin pelear de nuevo.
-Y vosotros, infelices -les dijo el comendador-, ¿qué suerte creéis que va a ser la vuestra después de acometernos tan sin razón?
-Nos sacrificaréis a vuestro ídolo -Contestó uno que parecía el capitán-, y le pondréis nuestras pieles, que es lo que dicen que hacéis, pero aún os ha de costar caro. En cuanto a venir a haceros guerra, el rey y el conde de Lemus, nuestros naturales señores, lo han dispuesto, y como es servicio a que estamos obligados, por eso hemos venido.
-¿Y quién eres tú que con ese desenfado me hablas, cuando tan cerca tienes tu última hora? ¿Cuál es tu nombre?
-Cosme Andrade -replicó él con firmeza.
(...)
- (...) Señor caballero, haced lo que gustéis de nosotros, pero no extrañéis que nos defendamos, porque eso lo hacen todos los animales cuando los acosan.
-No es necesario -contestó Saldaña-, porque tu valor os libra a todos del cautiverio y del castigo. Caballero Carvajal -dijo a uno de los suyos-, que se den cien doblas al valeroso Andrade para que aprenda a tratar a sus enemigos, y acompañadle vos hasta encontrar con don Álvaro, no sea que le suceda algún trabajo.
El montañés se quitó su gorro de pieles que había tenido encasquetado hasta entonces, y dijo:
-Agradezco el dinero y la vida, porque me los daréis, a lo que se me alcanza, sin perjuicio de la fidelidad que debo a mi rey, y al conde mi señor -el comendador le hizo una señal afirmativa con la cabeza-. Pues entonces -añadió el montañés-, Dios os lo pague, y si algún día vos o alguno de los vuestros os veis perseguidos, idos a Cabrera, que allí está Andrade, y al que intente dañaros le quitará el modo de andar.
(...)
La precaución de Saldaña no podía ser más cuerda, pues a los pocos pasos encontraron los caballeros de don Álvaro, que al ver los rojizos coletos de los montañeses, al punto enristraron las lanzas. Carvajal se adelantó entonces, y los dejaron pasar sanos y salvos, sin más pesar que el recuerdo de los compañeros que dejaban sin vida delante de aquel terrible castillo.
Don Álvaro no sólo cumplió el objeto de su salida, sino que antes de volver a Cornatel quemó las empalizadas y chozas de los sitiadores, se apoderó de sus víveres y pertrechos y trajo arrastrando la bandera enemiga. Todo esto pasaba a la vista del conde que, trepando por la agria pendiente de los montes y desesperado de vencer el terror pánico de los suyos, y llevarlos a las obras que había trazado, veía aquel rival aborrecido talarlo y destruirlo todo, mientras él huía en medio de los suyos, qué en aquel momento parecían una manada de corzos acosada por los cazadores.
Así pues, reunió su gente como pudo, y aquella misma noche volvió a las Médulas, de donde dos días antes había salido con tan diferentes pensamientos. Allí escogió una posición fuerte y aventajada en la que se reparó con el mayor cuidado y adonde poco a poco se le fueron allegando los dispersos. (...)
Por lo que hace al señor de Bembibre, que tantos laureles había cogido en aquella jornada, fue recibido con tales muestras de estimación y con tanto aplauso, que su entrada en Cornatel fue un verdadero triunfo.
Capítulo XXVII
Después de la malograda empresa que acabamos de describir, el conde mandó a pedir refuerzos a sus estados de Galicia, firme en su propósito de lavar con la toma de Cornatel la afrenta recibida. Antes de que llegasen, sin embargo, las mesnadas de Arganza y Carracedo cruzaron el Sil al mando de don Alonso Ossorio, y fueron a engrosar sus diezmadas filas, socorro oportunísimo en aquellas circunstancias poco favorables, no sólo por el número y calidad de sus guerreros, sino por el prestigio que el señor de Arganza disfrutaba en el país, y sobre todo por el sello de religión que parecía poner en la demanda la intervención del abad de Carracedo, justamente respetado por sus austeras virtudes. La confianza volvió a renacer con esto en su pequeño ejército, y como a pocos días de Cabrera comenzaron a venir nuevas bandas otra vez florecieron en el conde sus antiguas y risueñas esperanzas.
La entrevista de suegro y yerno fue, como pueden figurarse nuestros lectores, muy ceremoniosa, porque delante de sus respectivos vasallos debían dar el ejemplo de unión y concierto de voluntades, que tanto provecho podría traer a la causa que defendían.
(...)
Algo más tardaron en llegar los refuerzos de Galicia, tanto por la mayor distancia cuanto porque el conde, escarmentado con el pasado suceso y convencido de que Cornatel no era para ganado de una embestida, había hecho traer trabucos y otras máquinas de guerra que embarazaron no poco la marcha de las tropas. Durante este tiempo sobrevinieron graves sucesos que aceleraron el desenlace de aquel drama enmarañado y terrible. Los templarios de Aragón, abandonados de todos sus aliados y en lucha con un trono más afianzado y poderoso que el de Castilla, a duras penas podían resistir, encerrados en Monzón y en algún otro de sus castillos, las armas de toda aquella tierra concitadas en contra suya, y andaban ya en tratos para rendirse. El rey de Portugal, por su parte, a pesar del apego con que miraba aquella noble orden, conociendo la dificultad de calmar la opinión general y temeroso, por otra parte, de los rayos del Vaticano, había cedido en su propósito más generoso que político, y aconsejado a don Rodrigo Yáñez y al lugarteniente de Aragón que, aceptando su mediación y confiándose a la justificación de los concilios provinciales, entregasen desde luego sus castillos y bienes, en obediencia de las bulas pontificias. (...)
De estas noticias las más esenciales se derramaron brevemente por el campo sitiador, y el conde (...) se decidió a dar la última embestida a Cornatel.
Poco tardó en averiguar que los jinetes que habían destrozado su caballería habían salido del castillo y no venido de Ponferrada, como en un principio se figuró. Así pues, procuró conocer la misteriosa puerta que sin duda daba al precipicio, deseoso de herir a un contrario por los mismos filos. Mandó llamar para esto al intrépido Andrade que, gracias a su serenidad y a los hábitos de cazador, podía andar por sitios inaccesibles a la mayor parte de las gentes, y al mismo tiempo poseía gran astucia y sagacidad.
-Cosme -le dijo en cuanto le vio en su presencia-, ¿te parece que podremos entrar en ese infernal castillo por el lado del derrumbadero?
-Por muy difícil lo tengo, señor -respondió el montañés dando vueltas entre las manos a su gorro de pieles- (...)
Después de recibir las instrucciones del conde, se salió de su tienda, y juntando una docena de los más esforzados de los suyos, bajó por detrás de Villavieja hasta el riachuelo y se acercó a la raíz misma de las asperezas que por allí defienden el castillo. Con sus ojos, acostumbrados a los acechos nocturnos, comenzaron a registrar las matas y peñascos, y entre una quiebra formada por dos de ellos y medio cubierta por los arbustos, tardaron poco en divisar los barrotes de hierro de la reja; pero no bien se habían acercado cuando una flecha salió silbando de la oscuridad e hirió de soslayo a uno de ellos en un brazo. Apartáronse al punto conociendo que era imposible toda sorpresa con hombres tan vigilantes, y que una embestida a viva fuerza por la misma sería tan temeraria como inútil. Comenzaron, por lo tanto, a retirarse, pero al pasar por debajo del ángulo oriental del castillo paróse Andrade y comenzó a mirar atentamente las grietas y matorrales de aquel escarpado declive. Por lo visto hubo de satisfacerle su reconocimiento, pues comenzó a trepar por aquella escabrosidad asiéndose a cualquier arbusto y asentando el pie en la menor prominencia del peñasco, hasta que llegó, con asombro de los mismos suyos, a una especie de plataforma poco distante ya del torreón. Allí se puso a escuchar con gran ahínco por ver si sentía los pasos del centinela, y después de observar cuidadosamente durante otro rato todos los accidentes, formas y proyecciones del terreno, se volvió a bajar del mismo modo que había subido, aunque con mayor trabajo. En cuanto llegó a la margen del arroyo encomendó el silencio a sus compañeros, y apretando el paso poco tardaron en llegar a los barrancos de las Médulas. Dormía el conde a la sazón, pero en cuanto se presentó Andrade a la entrada de la tienda al punto le despertó un paje y no tardó en introducir al montañés. Hízole sentar el conde y después de ofrecerle una copa de vino, que sin ceremonia trasegó a su estómago, le pidió cuenta de su expedición.
-Hemos dado con la puerta -contestó Andrade, pero está defendida y por allí no hay que pensar en meterles el diente.
-Bien debí presumirlo -respondió el conde, pero la impaciencia me ciega y me consume.
-No os dé pena por eso, señor -respondió el montañés-, porque he descubierto otro boquete algo mejor y más seguro.
-¿Y cuál? -preguntó el conde con ansiedad.
-El torreón del lado del naciente -respondió el cazador muy ufano.
El conde miró con ceño y le dijo ásperamente.
-¿Estás loco, Andrade?, ¡ni los corzos y rebezos de tus montañas son capaces de trepar por allí!
-Pero lo somos nosotros -replicó él con un poco de vanidad mal reprimida- (...)
-¿Pero crees tú que no tendrán allí escuchas ni centinelas? Cuenta con que dos hombres solos podrían desbaratarnos desde aquel sitio.
-Más de una hora estuve escuchando -repuso el montañés, que ya comenzaba a impacientarse con tantas objeciones- y no oí ni cantar, ni rezar, ni silbar, ni ruido de armas o de pasos.
-¡Ah! -respondió el conde poniéndose en pie con júbilo feroz-, míos son, y de esta vez no se me escaparán. Pídeme lo que más estimes de mi casa y de mis tierras, buen Andrade, que por quien soy, te lo daré al instante.
-No es eso lo que tengo que demandaros, señor -replicó el cabreirés-, sino la vida del comendador en especial y de todos los demás caballeros que prendamos. A mí y a los míos nos conservaron la que nos sustenta, y como sabéis sin duda mejor que yo, el que no es agradecido, no es bien nacido.
Quedóse como turbado el conde con tan extraña petición, pero recobrando sus naturales e iracundas disposiciones, le dijo rechinando los dientes y apretando los puños:
-¡La vida de ese perro de Saldaña! ¡Ni el cielo ni el infierno me lo arrancarían de entre las manos!
-Pues entonces -replicó resueltamente el montañés ya veremos cómo vuestros gallegos, que tienen la misma agilidad que los sapos, se encaraman por aquellos caminos carreteros, porque yo y los míos mañana mismo nos volveremos a nuestros valles.
-Quizá no volváis -respondió el conde con una voz ahogada por la rabia-, porque quizá yo os mande amarrar a un árbol y despedazaros las carnes a azotes hasta que muráis. Vuestra obligación es servirme como vasallos míos que sois.
El montañés le respondió con templanza pero valientemente:
-Durante la temporada del invierno, que es la de nuestras batidas y cacerías, ya sabéis que según costumbre inmemorial y fuero de vuestros mayores, no estamos obligados a serviros. Lo que ahora hacemos es porque no se diga que el peligro nos arredra. En cuanto a eso que decís de atarme a un árbol y mandarme azotar -añadió mirándole de hito en hito-, os libraréis muy bien de hacerlo, porque es castigo de pecheros y yo soy hidalgo como vos, y tengo una ejecutoria más antigua que la vuestra y un arco y un cuchillo de monte con que sostenerla.
El conde, aunque trémulo de despecho, por uno de aquellos esfuerzos propios de la doblez y simulación de su alma, conociendo la necesidad que tenía de Andrade y de los suyos, cambió de tono al cabo de un rato y le dijo amigablemente:
-Andrade, os otorgo la vida de esos hombres que caigan vivos en vuestro poder, pero no extrañéis mi cólera porque me han agraviado mucho.
-Los rendidos nunca agravian -respondió Cosme-; ahora nos tenéis a vuestra devoción hasta morir.
-Anda con Dios -le dijo el conde, y dispón todo lo necesario para pasado mañana al amanecer.
Salió el montañés enseguida y el conde exclamó entonces con irónica sonrisa:
-¡Pobre necio!, ¿y cuando yo los tenga entre mis garras serás tú quien me los arranque de ellas?
Capítulo XXVIII
De tan inminente peligro estaban amenazados los templarios de Cornatel, porque como no había memoria de que persona humana hubiese puesto la planta sobre el abismo que dominaba el ángulo oriental del castillo, ni parecía empresa asequible a la destreza humana; aquel lado no se guardaba. Lo más que solía hacerse en tiempos de peligro era visitar de cuando en cuando el torreón, más para registrar el campo desde allí que para precaver ningún ataque. Una vez dueños de él los enemigos, como ningún género de obstáculo interior habían de encontrar, claro estaba que la ventaja del número había de ser decisiva. Atacados a un tiempo por el frente y flanco, y desconcertados de aquella manera impensada y súbita, era segura la muerte o la prisión de todos los caballeros. Sólo una rara casualidad hizo abortar aquel plan tan ingenioso como naturalmente concebido.
Saldaña, como experimentado capitán, no se descuidaba en averiguar por todos los medios imaginables cuanto pasaba en el real enemigo, y sus espías, bajo mil estudiados disfraces, sin cesar le estaban trayendo noticias muy preciosas. Aconteció, pues, que una noche se brindó a salir de descubridor nuestro antiguo conocido Millán, y disfrazándose con los atavíos de un montañés, muerto en el castillo de resultas de la pasada refriega, se dirigió por la noche a las Médulas, acompañado de otro criado del Temple, natural del país, que conocía todas las trochas y veredas como los rincones de su casa. (...)
Para el que conoce todos los ramales de las antiguas minas, fácil cosa es, aun ahora, sustraerse a las más exquisitas indagaciones por entre su revuelto laberinto. Así es que el compañero de Millán le guió por medio de la más tremenda oscuridad hasta un puesto de cabreireses en que se hablaba con mucho calor. Estaban juntos alrededor de una gran hoguera, y uno de ellos, sentado en un tronco, estaba diciendo en voz alta a sus compañeros:
-Pues, amigos, él se ha empeñado en venir, por más que le he dicho que se va a desnucar por aquellos andurriales. Dios nos la depare buena, porque si tras de esto no llegamos a entrar en el castillo, medrados quedamos.
Como el montañés estaba de lado no podía Millán distinguir sus facciones, pero en el metal de la voz conoció al punto al intrépido Andrade, y puso la mayor atención en escuchar aquel coloquio que tanto debía interesarle.
(...)
-Al cabo -dijo otro-, yo no sé bien por dónde hemos de subir todavía.
Andrade se lo explicó claramente, mientras que Millán, sin atreverse a respirar, estaba hecho todo oídos.
-¿Y es mañana? -preguntó uno.
-No; mañana nos acercaremos todos al castillo por donde la otra vez, con todos los pertrechos y avíos como si fuéramos a poner cerco de veras, y pasado mañana, mientras del lado de acá levantan gran grita y alharaca, en guisa de asaltar las murallas, nosotros nos colamos por el lado de allí como zorros en un gallinero. (...)
Millán entonces, dando gracias al cielo por el descubrimiento que acababa de hacer, salió apresuradamente de su escondite, y se volvió a Cornatel con su compañero. (...) Hizo don Álvaro un movimiento tal de alegría al escucharle y de tal manera se barrió repentinamente de su semblante la nube de disgusto que casi siempre lo empañaba, que el escudero no pudo menos de maravillarse. Cogióle entonces del brazo y mirándole de hito en hito, le dijo:
-Millán, ¿quieres hacer lo que yo te mande?
-¿Eso dudáis, señor? -respondió el escudero-, ¿pues a mí qué me toca sino obedecer?
-Pues entonces no digas nada al comendador sino del ataque manifiesto.
-¿Pero y si nos entran como intentan?
-Tú y yo solos bastamos para escarmentarlos. ¿No quieres acompañarme?
-Con el alma y la vida -contestó el ufano escudero-, y ojalá que mi brazo fuese el de Bernardo del Carpio en Roncesvalles.
-Tal como es -le contestó don Álvaro sonriéndose nos será de mucho provecho. Anda y despierta al comendador, y dile todo menos el ataque del torreón.
(...)
A la mañana siguiente volvieron los enemigos a ocupar sus antiguas posiciones, y comenzaron los trabajos de sitio que con tanta sangre habían regado no hacía mucho tiempo. (...) Al otro día, sin embargo, muy temprano comenzó a sentirse grande agitación en el campo sitiador, y a oírse el tañido de gaitas, trompetas y tamboriles. (...)
-¿Dónde está don Álvaro? -preguntó [Saldaña] mirando en derredor suyo.
-En la barbacana me parece haberle visto entrar -respondió el caballero Carvajal.
-Pues entonces id y decidle que tenga toda la gente a punto para salir contra el enemigo, y que la señal se le dará como la otra vez, con la campana del castillo.
Carvajal salió a dar las órdenes del comendador, pero como pueden suponer nuestros lectores, don Álvaro no estaba allí, sino como un águila encaramada en un risco, acechando la llegada de los enemigos, y muy especialmente la del conde.
(...)
Al cabo de breves minutos dos ganchos de hierro atados en el extremo de una escala de cuerda cada uno cayeron dentro de la plataforma en que estaba don Álvaro y se agarraron fuertemente a las almenas.
-¿Está seguro? -preguntó desde abajo una voz que hizo estremecer a don Álvaro.
-Seguro como si fuera la escalera principal de vuestro castillo de Monforte -replicó Andrade-, bien podéis subir sin cuidado.
No bien habían dejado de oírse estas palabras cuando aparecieron sobre las almenas de un lado el determinado Andrade, y por el otro el conde. Millán entonces se levantó del suelo con un rápido salto y dando un empellón al descuidado montañés le derribó de las murallas.
(...)
Millán, bien prevenido de antemano, desenganchó las cuerdas y las recogió en un abrir y cerrar de ojos. El conde, temeroso de sufrir la misma suerte que Andrade, se apresuró a saltar dentro del torreón, y Millán entonces recogió su escala del mismo modo y con igual presteza. Enseguida comenzó a tirar a plomo sobre los montañeses, poseídos de terror con la caída de su jefe, enormes piedras de que no podían defenderse apiñados en aquel reducido espacio y a raíz misma del muro, visto lo cual todos tomaron la fuga dando espantosos alaridos y despeñándose algunos con la precipitación.
Quedáronse, por lo tanto, solos aquellos dos hombres poseídos de un resentimiento mortal y recíproco. (...)
-Soy yo, conde de Lemus -le dijo don Álvaro sosegadamente descubriéndose.
(...)
El de Lemus, sin aguardar a más y rugiendo como un león, arremetió a don Álvaro que le recibió con aquella serenidad y reposado valor que viene de un corazón hidalgo y de una conciencia satisfecha. Estaba el conde armado a la ligera, como convenía a la expedición que acababa de emprender, pero esto mismo le daba sobre su contrario la ventaja de la prontitud y rapidez en los movimientos; don Álvaro, armado de punta en blanco, no podía acosarle con el ahínco necesario, pero como el campo era tan estrecho, poco tardó en alcanzarle al conde un tajo en la cabeza, del cual no pudo defenderle el delgado aunque fino capacete de acero que la cubría, y que de consiguiente dio con él en tierra. Don Álvaro se arrojó sobre él al punto y le dirigió la espada a la garganta.
-¡Ah traidor! -dijo el conde con la voz ahogada por la rabia-, peleas mejorado en las armas y por eso me vences.
Don Álvaro apartó al punto su espada y desenlazando el yelmo, y arrojando el escudo, le dijo:
-Razón tenéis; ahora estamos iguales.
El conde, más aturdido que herido, se levantó al punto y de nuevo comenzó la batalla encarnizadamente.
Todo esto sucedía mientras el grueso de las fuerzas sitiadoras se acercaban al castillo en los términos que dijimos, y el comendador enviaba sus órdenes a don Álvaro con el caballero Carvajal. Poco tardó el caballero en volver diciendo que don Álvaro no había parecido por la barbacana. El comendador estaba notando con extrañeza la flojedad con que los enemigos continuaban en su bien comenzado ataque, cuando recibió esta inesperada respuesta.
-¿Dónde está, pues? -exclamó con ansiedad.
(...)
-Síganme doce caballeros y los demás quédense en la muralla -y con una celeridad increíble en sus años, corrió al sitio del combate acompañado de los doce.
-Don Álvaro -le gritó desde la estrecha garganta que separaba el torreón del castillo-; detenéos en nombre de la obediencia que me debéis.
El joven volvió la cabeza como un tigre a quien arrebatan su presa, pero sin embargo se detuvo.
-Don Álvaro -le dijo de nuevo Saldaña en cuanto llegó-, este asunto no es vuestro, sino de la orden, y yo que la represento aquí, lo tomo a mi cargo. Conde de Lemus, defendeos.
-Yo también soy templario -repuso don Álvaro que apenas acertaba a reprimir la cólera-. Yo he comenzado esta batalla y yo la acabaré a despecho del mundo entero.
El comendador, conociendo que la cólera le sacaba de quicio, hizo una seña; echándose sobre él seis caballeros, le sujetaron y lo apartaron de allí en medio de sus esfuerzos, amenazas y denuestos.
-Por fin sois nuestro, mal caballero -dijo al conde-, veremos si ahora os valen vuestras cábalas y calumnias.
-Todavía no lo soy -respondió él desdeñosamente-. Cara os ha de costar mi vida, porque no quiero rendirme.
-De nada os serviría -replicó el comendador con torcido rostro-. Sin embargo, conmigo sólo habéis de pelear, y si la victoria os corona, estos caballeros respetarán vuestra persona.
Algunos de ellos quisieron interrumpirle, pero el anciano los acalló al punto.
(...)
Los sitiadores, llenos de ansiedad por la suerte del conde, se habían corrido por su derecha, y divididos del lugar de la pelea por el despeñadero asistían como espectadores ociosos al desenlace de aquel terrible drama. Don Alonso, que en la ausencia de su yerno mandaba aquellas fuerzas, encaramado sobre una roca, parecía tener el alma pendiente de un hilo.
Por grande que fuese el poder del brazo de Saldaña, como el conde le sobrepujaba en agilidad y soltura, apenas le alcanzaban sus golpes. Encontrando, sin embargo, una vez al anciano mal reparado le tiró un furioso revés que, a no haberlo evitado rápidamente, hubiera dado fin al encuentro; pero así, la espada del conde fue a dar en la muralla y allí saltó hecha pedazos, dejándole completamente desarmado. En tan apurado trance no le quedó más recurso que arrojarse al comendador antes de que se recobrase, y trabar con él una lucha brazo a brazo, para ver de arrojarle al suelo y allí rematarle con su puñal. Este expediente, sin embargo, tenía más de desesperado que de otra cosa, porque el viejo era mucho más robusto y fornido. Así fue, que sin desconcertarse por la súbita acometida, aferró al conde de tal modo que casi le quitó el aliento, y alzándole enseguida entre sus brazos, dio con él en tierra tan tremendo golpe, que tropezando la cabeza en una piedra perdió totalmente el sentido. Asióle entonces por el cinto el inexorable viejo, y subiéndose sobre una almena y levantando su voz que parecía el eco de un torrente en medio del terrorífico silencio que reinaba, dijo a los sitiadores:
-¡Ahí tenéis a vuestro noble y honrado señor!
Y diciendo esto lo lanzó como pudiera un pequeño canto en el abismo que debajo de sus pies se extendía. El desgraciado se detuvo un poco en su caída, porque su ropilla se prendió momentáneamente en un matorral de encina, pero doblado éste, continuó rodando cada vez con más celeridad, hasta que, por fin, ensangrentado, horriblemente mutilado y casi sin figura humana fue a parar en el riachuelo del fondo.
Un alarido espantoso se levantó entre sus vasallos helados de terror a vista de tan trágico suceso. Todos siguieron con los cabellos erizados y desencajados los ojos el cuerpo de su señor en sus horribles tumbos, hasta que lo vieron parar en lo más profundo del derrumbadero. Entonces los que más obligados tenía con sus beneficios y larguezas, rompieron unos en lamentos, y otros profiriendo imprecaciones y amenazas, quisieron ir contra el castillo y embestirlo a viva fuerza. Don Alonso, que a despecho de todas sus quejas y sinsabores, había visto con grandísimo dolor el fin de aquel poderoso de la tierra, no por eso olvidó sus deberes de capitán. Recogiendo pues, su gente con buen orden y levantando el sitio con todos sus aprestos bélicos, volvió al campo atrincherado de las Médulas resuelto a entablar medios puramente pacíficos y templados con aquellos guerreros altivos y valerosos (...) Así pues, envió un mensaje al comendador, comedido y caballeroso, manifestándole su deseo de que amigablemente se arreglasen aquellas lastimosas diferencias, y al punto recibió una respuesta cortés y cordial, en que Saldaña le encarecía el gran consuelo que era para ellos tenerle por mediador en la desgracia que les amenazaba. Concluía rogándole que pasase a habitar el castillo, donde sería recibido con todo el respeto debido a sus años, carácter y nobleza.
Comenzados los tratos que podían dar una solución honrosa a tan inútil contienda, don Alonso envió los restos mortales de su yerno al panteón de sus mayores en Galicia. Los cabreireses que habían bajado de su peligrosa expedición, recogieron su cadáver a la orilla del riachuelo, y en unas andas hechas de ramas le subieron con gran llanto al real. Desde allí se volvieron a Cabrera con el valiente Cosme Andrade que no había muerto, como presumirán nuestros lectores, de su caída, porque unas matas protectoras le tuvieron colgado sobre el abismo de donde a sus gritos le echaron unas cuerdas los del castillo con las que se ató y pudieron subirle. Así y todo, no salió sin señales, porque se rompió un brazo y sacó bastantes contusiones y arañazos. Hecha, pues, la primera cura, se partió con los suyos más agradecido que nunca de los templarios, y deseoso de probárselo en la primera ocasión.
El pecho del buen cabreirés era terreno excelente para quien quisiera sembrar en él beneficios y finezas.
Por lo que hace al conde, poco tardó también en partir su cadáver depositado en un ataúd cubierto con paños de tartarí negro con franjas de oro. Sus deudos y vasallos le acompañaban con las picas vueltas y los pendoncillos arrastrando. Así atravesaron parte de sus estados, donde lejos de ser sentida su muerte, sólo el temor detenía la alegría que generalmente se asomaba a los semblantes.
(...)
Capítulo XXIX
El estruendo y trances diversos de esta guerra han apartado de nuestros ojos una persona, en cuya suerte tomarán nuestros lectores tal vez el mismo interés que entonces inspiraba a cuantos la conocían. Claro está que hablamos de doña Beatriz, a quien dejamos a la sombra del claustro de Villabuena sola con sus pesares y dolores, porque la compañía de su fiel Martina poco podía contribuir a sanar un corazón tan profundamente ulcerado. Los gérmenes de una enfermedad larga y temible habían comenzado, según dejamos dicho, a desenvolverse fuerte y rápidamente en aquel cuerpo, que si bien hermoso y robusto, mal podía sufrir los continuos embates de las pasiones que, como otras tantas ráfagas tempestuosas en el mar, sin cesar azotaban aquel espíritu a quien servía de morada. (...)
Tal era el estado de doña Beatriz cuando una mañana le pasaron recado de que el abad de Carracedo quería verla. (...)
-¡Válgame Dios!, ¿qué será? -dijo para sí, después que salieron a avisar al religioso-. ¡Cuánto hace que no veo a este santo hombre, que tal vez sólo a mí ha dañado en el mundo con su virtud! ¡Cómo se han mudado los tiempos desde entonces! ¡Dios me dé fuerzas para resistir su vista sin turbarme!
(...)
-¿Sois vos, doña Beatriz? -exclamó con el acento de la sorpresa.
-¿Tan mudada estoy? -respondió ella, con melancólica sonrisa y besándole la mano-. No os maraville, pues ya sabéis que el hombre es un compendio de miserias que nace y muere como la flor, y nunca persevera en el mismo estado. Pero decidme -añadió clavando en él su mirada intensa y brillante, ¿qué noticias traéis de Cornatel? ¿Qué es de mi noble padre y de...? del conde, quise decir.
-Vuestro padre disfruta salud -respondió el abad-, pero vuestro noble esposo ha muerto ayer.
-¿Ha muerto? -contestó doña Beatriz asombrada-. Pero, decidme, ¿ha muerto en los brazos de la religión y reconciliado con el cielo?
-Ha muerto como había vivido -exclamó el abad sin poder enfrenar su natural adustez-, lleno de cólera y rencor, y apartado de toda idea de caridad y de templanza.
-¡Oh, desgraciado, infeliz de él! exclamó doña Beatriz, juntando las manos y con doloroso acento-, ¿y cuál habrá sido su acogida en el tribunal de la justicia eterna?
Al escuchar el tono de verdadera aflicción con que fueron pronunciadas estas palabras, el abad no fue dueño de su sorpresa. El conde había traído males sin cuento sobre aquella bondadosa criatura; su porvenir se había disipado como un humo en manos de aquel hombre, sus negras tramas habían robado la libertad y hasta la esperanza de la dicha al desventurado don Álvaro, y sin embargo, a la idea de su infortunio perdurable, su corazón se estremecía. (...)
-Hija mía -respondió el abad conmovido a vista de tan noble desprendimiento y tomándole la mano-, ¿cómo desconfiáis así de la misericordia de Dios? Sus crímenes eran grandes, y la paz y la justicia han huido siempre al ruido de sus pasos, pero su juez está en el cielo, y a su clemencia sin límites nada hay vedado. Pensad que el buen ladrón se convirtió en la hora postrimera y que la fe es la más santa de las virtudes.
-Válgale, pues, esa adorable clemencia -contestó doña Beatriz sosegándose, y el Señor le perdone.
-¿Cómo vos le perdonáis?
-Sí, como yo le perdono -respondió ella con acento firme, levantando los ojos al cielo y poniendo la mano sobre el corazón-. ¡Ojalá que todas las palabras que arranque la noticia de su desastroso fin no sean más duras que las mías!
Quedáronse entrambos por un rato en un profundo silencio, durante el cual el abad, mirándola de hito en hito, parecía observar con asombro y alarma las huellas que la enfermedad y las pasiones habían dejado en aquel cuerpo y semblante, cifra no mucho había de perfecciones y lozanía. El pensamiento que semejante espectáculo suscitó en su alma llegó a ser tan doloroso que sin alcanzar a contenerse, le dijo:
-Doña Beatriz, sabe el cielo que en mi vida entera vuestro bien y contento han sido blanco constante de mis deseos. Yo he visto vuestra alma desnuda y sin disfraces en el tribunal de la penitencia... ¿cómo no amaros cuanto se puede amar a la virtud y a la pureza? Y sin embargo, la austeridad de mis deberes se ha convertido contra vos, y nadie en el mundo os ha hecho tanto daño como este anciano, que siempre hubiera dado gustoso por vos la última gota de su sangre. ¿No es verdad?
Doña Beatriz sólo dio por respuesta un largo suspiro arrancado de lo más íntimo de su corazón.
-Harto me decís con eso -continuó el religioso con un tono de voz apesarado-, pero escuchadme y veréis que aún puedo tal vez enmendar mi obra. Vuestra dicha sería la gloria de mis postreros años y aunque nada me echa en cara mi conciencia, con ella se descargaría mi corazón del peso con que vuestra desdicha le abruma. Yo no sé si los usos del mundo me permiten hablaros de una esperanza que tal vez me sea más halagüeña que a vos misma, pero vuestro infortunio y mi carácter poco tienen que ver con las hipócritas formas y exterioridades de los hombres. Doña Beatriz, en la actualidad sois libre.
-¿Y qué me importa la libertad? -contestó ella con más presteza de la que podía esperarse de su abatido acento-. (...)
-No, hija mía -respondió el religioso-, no es tan menguado el don que el cielo te concede; escúchame. Cuando don Álvaro entró en el Temple, aconsejado más de su dolor que de su prudencia, la orden estaba ya suspensa de todas sus prerrogativas y derechos, emplazada ante el concilio de los obispos, secuestrados sus bienes y sin poder admitir en su milicia un solo soldado, ligado con sus solemnes y terribles votos. (...) Mal pudo don Álvaro, de consiguiente, renunciar a su libertad, y su profesión no dudo que será dada por nula en el concilio que dentro de poco se juntará en Salamanca, y al cual se espera que se presentarán los templarios de Castilla, sin alargar una lucha en que la cristiandad los abandona. Yo me presentaré también ante los padres y espero que mi voz sea escuchada y que el Señor os traiga a entrambos horas más felices.
Doña Beatriz, que desde que escuchó el nombre de su amante había estado colgada de las palabras del abad, fijos en él sus ojos que de suyo hermosos y animados, recibían nuevo brillo de la enfermedad, le dijo con ansiedad:
-¿Conque, según eso, aún puede amanecer para nosotros un día de claridad y de consuelo?
-Sí, hija mía -contestó el monje, y por la misericordia de Dios así confío que sucederá.
-¡Ah, ya es tarde, ya es tarde! -exclamó ella con un acento que partía el corazón.
-Nunca es tarde para la misericordia divina -contestó el anciano que ya, sobresaltado por su aspecto, se sentía espantado con esta súbita exclamación.
-Sí, ya es tarde, os digo -replicó ella con la mayor amargura-, yo veré amanecer ese día, pero mis ojos se cerrarán, en cuanto su sol me alumbre con sus rayos. Sí, sí, no os asombréis; el sueño ha huido de mis párpados, mi corazón se ahoga dentro del pecho, mi pulso y mis sienes no dejan de latir un instante. (...) Mi antiguo valor me ha abandonado, mis días de gloria se han desvanecido, las flores de mi juventud se han marchitado, y la única almohada en que pretendo reclinar ya mi cabeza es la tierra de mi sepultura. ¡Ah! -exclamó retorciéndose las manos desesperadamente, ¡ya es tarde, ya es tarde!
(...)
-Doña Beatriz, para Dios nunca es tarde, ni en su poder puede poner tasa el orgullo o la desesperación humana. Acordaos de que sacó vivo del sepulcro a Lázaro, y no arrojéis de vuestro seno la esperanza que, como vos misma decíais en una solemne ocasión, es una virtud divina.
-Tenéis razón, padre mío -repuso ella como avergonzada de aquel ímpetu que no había podido sojuzgar, y secándose las lágrimas-, hágase su voluntad y mírenos con ojos de misericordia, porque en él sólo espero.
(...)
Capítulo XXX
En tanto que esto pasaba en Villabuena seguían los tratos en Cornatel entre Saldaña y el señor de Arganza, con esperanzas cada día mayores de un amigable y caballeroso arreglo. (...)
No bien se habían retirado los enemigos después de la muerte de su capitán, pasó Saldaña al aposento donde por orden suya habían cerrado a don Álvaro. Conociendo su carácter impetuoso y violento, entró decidido a sufrir todas las injusticias de su cólera, exacerbada entonces hasta el último grado por la injuria que creía recibida. Estaba sentado en un rincón con los codos en las rodillas y la cara entre las manos, y aunque oyó descorrer los cerrojos y abrir la puerta, no salió de sus sombrías cavilaciones, pero no bien escuchó la voz del comendador saltó como un tigre de su asiento y plantándose delante de él comenzó a mirarle de hito en hito. El comendador le miraba también, pero con gran sosiego y con toda la dulzura que cabía en su carácter violento, con lo cual se doblaba la cólera del agraviado caballero. Por fin, frenando su ira como pudo, le dijo con voz cortada y ronca:
-En verdad que si los enemigos de nuestra orden logran sus ruines deseos, y quedamos ambos sueltos de los lazos que nos atan, os tengo de arrancar la vida o dejar la mía en vuestras manos.
-Aquí la tenéis -contestó el comendador con tono templado-, poco me arrancan con ella, cuando ya no puedo emplearla en servicio de nuestra santa orden. Harto mejor fuera morir a vuestras manos que en la soledad y el destierro, pero como quiera que sea el haber arrancado al conde de vuestras manos, es la única merced y prueba de cariño que habéis recibido de mí en vuestra vida.
(...)
-Don Álvaro -le dijo de nuevo el anciano-, ¿creéis que doña Beatriz pudiera dar su mano a quien estuviese manchado con la sangre de quien al cabo era su esposo?
-Tal vez no -contestó don Álvaro, en quien aquel nombre había producido un estremecimiento involuntario.
-Pues ahí tenéis el servicio que me debéis. A un mismo tiempo he vengado a mi orden y os he acercado a doña Beatriz.
-¿Qué estáis ahí diciendo? -repuso don Álvaro cada vez más confuso y aturdido-, ¿qué puede haber de común entre doña Beatriz y yo, si no es la igualdad de la desventura?
-Dentro de poco probablemente recobraréis vuestra libertad, y entonces...
-¿Cómo echáis en el olvido que mis votos sólo se rompen con la muerte? -le replicó el joven amargamente.
-Ni vos pudisteis pronunciarlos, ni nosotros recibirlos. Nuestra orden estaba ya emplazada delante del concilio, y cuando en él comparezcamos yo me acusaré de que el maestre, vuestro tío, sólo os recibió por nuestra violencia.
(...)
-¡Oh, noble Saldaña! -exclamó el joven, precipitándose en sus brazos y estrechándole fuertemente. ¿Qué habéis encontrado en mí para tanta bondad y cariño como me prodigáis a manos llenas? ¿Quién puede tachar de seco vuestro noble corazón?
(...)
Las bases y condiciones de aquel tratado se ajustaron prontamente a gusto de los templarios, y a los pocos días desocuparon aquel castillo que con tanto valor habían guardado. Saldaña, antes de salir, indicó al señor de Arganza el mismo pensamiento que a don Álvaro, y por la alegre sorpresa con que fue recibido pudo conocer que sus deseos se cumplirían. Don Alonso acompañó a los templarios a Ponferrada, y para colmo de cortesía, el pendón de la orden no dejó de ondear por mandado suyo en la torre de Cornatel, en tanto que sus moradores pudieran divisar al volverse aquellas enriscadas almenas que ya no volverían a defender.
En la hermosa bailía de Ponferrada se fueron juntando todos los templarios del país dejando las fortalezas de Corrullón, Valcarce y Bembibre en poder de las tropas del señor de Arganza y de algún tercio que había mandado el marqués de Astorga. Todos iban llegando silenciosos y sombríos montados en sus soberbios caballos de guerra, y seguidos de sus pajes y esclavos africanos que traían otros palafrenes del diestro. El espectáculo de aquellos guerreros indomables y jurados enemigos de los infieles que entonces se rendían sin pelear y por sola la fuerza de las circunstancias, era tan doloroso que el abad de Carracedo y don Alonso, que lo presenciaban, apenas podían disimular sus lágrimas. El mismo tesón con que aquellos altivos soldados encubrían sus propios sentimientos, y la igualdad de ánimo que aparentaban, no hacían sino encapotar más y más aquel cuadro de suyo lóbrego y negro.
(...)
Llegó, por fin, la hora de que los templarios reunidos en Ponferrada abandonasen aquel último baluarte de su poder y grandeza. Por inevitable que sea la desgracia, la hora en que llega siempre es dolorosa, sin duda porque con ella se rompe el último hilo de la esperanza invisible a los ojos, mas no por eso desprendido del corazón. Aquellos guerreros que sucesivamente habían dejado los demás castillos del país, mientras se vieron al abrigo de aquellas murallas todavía respiraban el aire de su grandeza, pero al desampararlas con la imaginación llena de funestos presentimientos los ánimos más fuertes flaqueaban.
(...)
Capítulo XXXI
(...)
Posesionado ya de los castillos del Bierzo y sosegados todos los rumores de guerra, pensó [don Alonso] en sacar a doña Beatriz del monasterio y en restituirse con ella a su casa de Arganza. (...)
Por fin, salió acompañada de su Martina y de sus antiguos criados. ¿Dónde estaban los días en que sobre un ágil y revuelto palafrén corría los bosques de Arganza y Hervededo con un azor en el puño, acechando las garzas del aire, como una ninfa cazadora? Ahora ni aun el sosegado y cómodo paso de su hacanea podía sufrir, y más de una vez hubo de pararse la cabalgada en el camino para reclinarla al pie de un árbol solitario donde cobrase aliento. La agitación de la despedida la había debilitado en gran manera, así es que llegó a Arganza más desencajada que de ordinario y llena de fatiga. Las imágenes que aquellos sitios le presentaron, animadas con todo el ardor de la calentura, produjeron gran trastorno en su ánimo y aguaron el contento de aquellos pacíficos aldeanos, para quienes su venida era como la visita de los ángeles para los patriarcas.
A la mañana siguiente quiso bajar a la capilla donde estaba enterrada doña Blanca, y por la tarde, apoyada en Martina y en su padre que apenas se atrevía a contrariarla, se encaminó lentamente al nogal de la orilla del arroyo debajo de cuyas ramas se despidió don Álvaro para siempre. Si sus lágrimas hubieran corrido en abundancia, sin duda se hubiera descargado de un gran peso, pero el deseo de esconderlas de su padre las cuajó en sus ojos, y el esfuerzo que hubo de hacer se convirtió, como era natural, en daño suyo. Aquella noche la lenta calentura que la consumía se avivó en tales términos que entró en un delirio terrible en que sin cesar hablaba del conde, de su madre y de don Álvaro, quejándose dolorosamente de cuando en cuando. El señor de Arganza, desolado y fuera de sí, mandó inmediatamente por el anciano monje de Carracedo, que ya la había asistido en Villabuena cuando su anterior enfermedad. El buen religioso vino al amanecer con toda diligencia y encontró ya a doña Beatriz casi de todo punto sosegada, porque en aquella complexión ya destruida no tenían gran duración los accesos del mal. Informóse, sin embargo, de todo lo sucedido, y como don Alonso descorriese a sus ojos hasta el último velo, le dijo:
-Noble don Alonso, fuerza será que vuestra hija no vea durante algún tiempo estos sitios que tan dolorosas memorias renuevan en ella. Trasladadla sin perder tiempo a la quinta que poseían los templarios sobre el lago Carucedo, porque allí es el aire más templado y el país más plácido y halagüeño. Pronto vendrá la primavera con sus flores y entonces se decidirá la suerte de doña Beatriz, que de continuar aquí, no puede menos de ser desastrada.
-Pero decidme -le preguntó con ansiedad el señor de Arganza-, ¿y vos me respondéis de su vida?
-Su vida -le contestó el religioso- está en las manos de Dios, que nos manda confiar y esperar en Él. Sin embargo, vuestra hija es joven todavía y por profunda raíz que haya echado el mal en ella, bien puede suceder que un suceso feliz y precursor de una época nueva la curase harto mejor que todos los humanos remedios. No nos descuidemos, de nuevo os lo encargo: aprovechad el respiro que va a darnos un calmante que tomará hoy y lleváosla al punto.
(...)
La comitiva cruzó el Sil por la misma barca de Villadepalos que en otros tiempo más felices debió conducirla en brazos de su amante a un puerto de seguridad y de ventura. Fatalidad y no pequeña era encontrar por todas partes memorias tan aciagas, pero aquel reducido país había servido de campo a tantos sucesos que más o menos de cerca le tocaban, que bien podía decirse que sus pensamientos y recuerdos lo poblaban y de donde quiera salían al encuentro de sus miradas.
(...)
Capítulo XXXII
(...)
Abrióse, por fin, el juicio, y el maestre don Rodrigo, Saldaña y los más ancianos caballeros comparecieron delante de los obispos a oír los cargos que se les hacían, cargos que en nuestros días moverían a risa, pero que en aquella época de tinieblas encontraban en la muchedumbre un eco tremendo, tanto mayor cuanto más se acercaban a lo maravilloso.
Compulsáronse las informaciones que cada prelado había hecho antes de congregado el concilio y comenzaron a oírse nuevos testigos. No faltaron muchos que se presentasen en contra del Temple, achacándole los mismos crímenes que perdieron a la orden en Francia, y sobre todo y como cosa más visible, avaricia en las limosnas y escaseces y falta de decoro en el culto. Cohechados la mayor parte de ellos por los enemigos de aquella gloriosa institución, arrebatados otros de un celo ignorante y fanático, parecía que unos a otros se alentaban en aquella obra de iniquidad, natural consecuencia de las pérfidas calumnias que deslumbraban los ojos del vulgo sediento siempre de novedades, y tan sobrado de imaginaciones extrañas y maliciosas como falto de juicio y compostura.
Los caballeros, solos en medio de aquel vendaval que sin cesar arreciaba, se defendían, sin embargo, con templanza y valeroso sosiego, atentos a conservar su altiva dignidad aun en medio de tamañas falsías y bajezas.
(...)
Vistos, pues, todos los procesos y pensado el asunto maduramente, el concilio declaró por unanimidad inocentes a los templarios de todos los cargos que se les imputaban, reservando, sin embargo, la final determinación al Sumo Pontífice.
Con esta sentencia salvaron los templarios el honor de su nombre, única cosa a que podían aspirar en la deshecha borrasca que corrían, pero harto más importante para ellos que sus bienes y su poder. Privados de uno y otro, su posición quedaba incierta y precaria hasta el concilio general, convocado para Viena del Delfinado, donde debía fallarse definitivamente el proceso de toda la orden, dado que bien pocas esperanzas pudieran guardar cuando la estrella de su poder, como el Lucifer del profeta, se había caído del cielo.
Capítulo XXXIII
Mientras esto pasaba en Salamanca, doña Beatriz, pendiente entre la esperanza y el temor, veía correr uno y otro día fijos los ojos en el camino de Ponferrada, creyendo descubrir en cada aldeano un mensajero, portador de la suerte de su amante y de la orden. (...)
A pesar de todo, los consuelos y seguridades de su padre, la entrada de la benéfica estación y la influencia que aquellos lugares apacibles y pintorescos ejercían en su espíritu, producían poco a poco alguna mejoría en su salud y parecían disminuir su ansiedad y sus temores. (...)
Una tarde (...), llegóse su padre a ella a tiempo que sus ojos se fijaban en el castillo de Cornatel, plantado a manera de atalaya en la cresta de sus derrumbaderos. No advirtió ella la aproximación de don Alonso y siguió engolfada en sus meditaciones.
-¿Qué piensas, Beatriz -le preguntó con su acostumbrado cariño-, que no has reparado en mí?
-Pensaba, señor -le respondió ella, llevando su mano a los labios-, que mi vida no es de dieciocho años, sino tan larga como la vuestra. Yo tenía un amante y lo he perdido, tenía una madre y la he perdido, tuve un esposo y allí lo he perdido también -añadió señalando el castillo con el dedo-. Dos veces me he visto desterrada del techo paterno; don Álvaro, desposeído de sus esperanzas, se acogió al claustro guerrero de una orden poderosa y helo ahí por el suelo. ¿Cómo en el breve espacio de un año se han amontonado tantos sucesos sobre la endeble tela de mi vida? ¿Qué es la gloria del hombre que así se la lleva el viento de una noche? Mi ventura se fue con las hojas de los árboles el año pasado, ¡ahí están los árboles otra vez llenos de hojas!, yo les pregunto: ¿qué hicisteis de mi salud y de mi alegría?, pero ellas se mecen alegremente al son del viento y si alguna respuesta percibo en su confuso murmullo es un acento que me dice: «El árbol del corazón no tiene más que unas hojas y cuando llegan a caerse se queda desnudo y yerto, como la columna de un sepulcro».
-Hija mía -respondió el anciano-, ¿te acuerdas de que el Señor hizo brotar una fuente de las entrañas de una peña para que bebiese su pueblo? Cómo dudas, pues, de su poder y su bondad. ¿Te sientes peor?... Esta mañana no te he visto pasear por los jardines como otras veces...
-Sin embargo -contestó ella-, ya puedo andar un buen trecho sin el apoyo de Martina, y suelo dormir alguna que otra hora de la noche. Espero en Dios que mi mejoría será mayor cada día y que pronto sanaré de los males del alma y del cuerpo.
(...)
-Óyeme todavía un poco más -respondió el anciano-, y dime todas tus dudas y recelos. ¿Qué te suspende y embebece tan dolorosamente, cuando las cartas que recibimos del abad de Carracedo nos aseguran de la justificación del tribunal de Salamanca? ¿Cómo dudas de que suelten a don Álvaro de sus votos, cuando los más sabios los dan por de ningún valor ni obligación?
-Dudo de mi dicha por ser mía -contestó doña Beatriz-, y porque es don Álvaro demasiado poderoso y de altas prendas para no infundir recelo a sus enemigos.
¿No sabéis también cuánto se afana el infante don Juan porque los templarios sufran aquí la misma suerte que en Francia? Harto justos son mis temores. Este pleito ruidoso me trae sin mí, y aun las escasas horas de sueño que disfruto me las puebla de imágenes funestas. (...)
Don Alonso conoció que todas sus razones servirían de poco en aquella ocasión; así pues, al cabo de un rato de silencio, dijo presentando la mano a su hija:
-La tarde está muy hermosa y bien decías antes que era preciso aprovecharla.
La joven se levantó prontamente y, apoyándose en el brazo de su padre, bajó con él hasta el embarcadero donde les aguardaba una ligera falúa con jarcias y banderolas de seda con las armas del Temple. Entraron en ella y tres mozos del país, empuñando los remos, comenzaron a bogar reciamente, mientras la airosa embarcación se deslizaba rápida y majestuosamente dejando tras sí un largo rastro, en el cual los rayos del sol parecían quebrarse en mil menudas chispas y centelleos.
Martina se había quedado en la quinta, y meneando la cabeza, y con ojos no muy alegres, seguía la falúa en que su señora, cubierta con una especie de almalafa blanca muy sutil, que se mecía al son del viento, y con los cabellos sueltos parecía una nereida del lago. (...)
Sucedió, pues, que cuando más embelesada estaba en sus ideas, unos pasos muy pesados que sintió detrás le hicieron volver la cabeza, y se encontró nada menos que con vuestro antiguo conocido Mendo, el caballerizo que venía muy apurado (...)
-Martina, Martina -le dijo con gran prisa-, algo debe de haber de nuevo, porque desde la torre he visto asomar gente por lo alto de la cuesta de Río Ferreiros.
-Vamos allá -respondió ella con despego-; siempre será una embajada como la de antaño. ¿Qué tenemos con la gente que venga? ¿No vienen todos los días de mercado aldeanos de Ponferrada?
-¡Qué aldeanos ni qué ocho cuartos, mujer! -respondió él con su acostumbrada pachorra-, ¡si he visto yo los pendoncillos de las lanzas y el sol que les daba en los cascos y no se podía sufrir! Dígote que son hombres de armas, y que algo de nuevo traen.
(...)
-¡Ahora sí!, ahora sí que son ellos; míralos allá, Martina... Allá abajo, las encinas, a la entrada del pueblo..., ¿no los ves?
-Sí, sí, ya los veo -respondió la muchacha, que era toda ojos en aquel momento-. Pero ¿qué traerán?
-¿Qué sé yo? -respondió Mendo-. ¡Toma! ¡Toma!, pues si casi todo el pueblo de Carucedo está allí. Oye, oye, cómo gritan y cómo brincan los rapaces y aun los mozos... Pues señor, algo alegre tiene que ser por fuerza.
-Pero válgame Dios, ¿y qué podrá ser? -volvió a preguntar la muchacha, poseída de curiosidad.
-Ahora llega Nuño y habla con ellos. ¡Por Santiago, que el viejo se ha vuelto loco!, ¿no has visto cómo ha tirado el gorro al alto?..., ahora todos hacen señas a la falúa de los amos..., allá va..., ¡cuerpo de Cristo, y qué gallardamente reman!..., pues no tienen poca prisa los que aguardan..., ¿has visto tal grita y tal manotear?
La embarcación iba acercándose, en efecto, rápidamente a las señas y voces de aquel animadísimo grupo de gentes de todas edades y sexos, sobre los cuales se veían descollar algunos hombres de armas a caballo; sin embargo, la velocidad de la falúa no correspondía a la impaciencia de Nuño que, picando de ambos lados su generoso corcel, se metió al galope por el lago adelante levantando una gran columna de agua con la que debía de mojarse hasta los huesos (...)
El generoso corcel, obediente y voluntario como suelen ser todos los de buena raza, llegó nadando gallardamente con su jinete hasta el borde de la falúa, y allí Nuño, gesticulando con vehemencia, dio su mensaje, que tanta prisa le corría. Doña Beatriz, que se había puesto en pie para escucharle y cuya forma esbelta y agraciada con su vestido blanco se dibujaba como la de un cisne sobre la superficie azulada del lago, levantó los brazos al cielo y enseguida se hincó de rodillas con las manos juntas como si diese gracias al Todopoderoso. Su padre fuera de sí de alborozo corrió a abrazarla estrechamente; enseguida, metiendo la mano en una especie de bolsa que traía pendiente de la cinta, sacó una cosa que entregó a Nuño, y éste, volviendo a la orilla con gran prisa, comenzó a distribuir entre los aldeanos el bolsillo de su señor que, como presumirán nuestros lectores, era lo que acababa de recibir. Con esto crecieron las aclamaciones y vítores mientras la falúa ligeramente se dirigía a las encinas, donde el señor de Arganza, saltando en tierra y abrazando a uno de los recién venidos, le hizo embarcar con él y su hija que también se adelantó a darle la mano. Los demás, precedidos de Nuño, se dirigieron al galope a la quinta, seguidos durante un rato de toda la chiquillería de Carucedo que gritaban a más y mejor.
Martina, que con los ojos arrasados en lágrimas había visto aquella escena, cuyo sentido no tardó mucho en comprender, exclamó entonces:
-Gracias mil sean dadas a Dios, porque los templarios han sido absueltos, y ya nada tenemos que temer por el generoso don Álvaro. Pero, ¿qué haces ahí, posma? -le gritó a Mendo que se había quedado como lelo-, ¿no ves que ya están llegando? Anda a habilitar las caballerizas.
(...)
Martina, por su parte, bajó también aceleradamente al embarcadero, donde a poco saltó en tierra su señora en compañía de su padre y de aquel portador de buenas nuevas, que no era otro sino nuestro buen amigo Cosme Andrade.
Capítulo XXXIV
(...) Las alegres nuevas de que era portador (...) y los sucesos que como testigo presencial podía contar, era cosa averiguada que derramarían la alegría en las pintorescas orillas del lago de Carucedo.
(...)
Como ya declinaba el sol cuando el encuentro y sucesos que de referir acabamos, don Alonso no rompió la nema de los pliegos hasta llegar a la quinta.
El virtuoso abad le daba cuenta en ellos de varios pormenores del juicio y de la sentencia, le recomendaba eficazmente a Andrade y concluía diciéndole que, atendido el espíritu de los padres del concilio, estaba casi cierto de que darían por libre a don Álvaro de todos sus votos. La carta concluía con algunas reflexiones llenas de unción y de consuelo, vivo traslado de la caridad que se abrigaba en aquella alma, a pesar de la notable adustez de su carácter.
Encargar festejos y toda clase de finezas para el portador de semejantes nuevas era trabajo de todo punto excusado, además que don Alonso estimaba cordialmente a aquel hombre, dechado de honradez y de virtudes antiguas.
Así fue que, en los días que permaneció en la quinta, no cesaron las funciones de caza y pesca, los banquetes y las danzas. Sin embargo de todo, el montañés, que nunca había hecho ausencia tan larga de su casa, anhelaba extraordinariamente volver a ver la cara de su mujer y los enredos de sus hijos; por lo cual, al cabo de una semana, se despidió de su noble huésped y de su interesante hija, para volverse a sus nativas montañas. Doña Beatriz le regaló unas preciosas ajorcas de oro y pedrería para su esposa, y don Alonso le hizo presente de un hermoso tren de caza, con una cometa primorosamente embutida en plata. Además, para mayor honra, le acompañó un buen trecho de camino, al cabo del cual se separaron haciéndose las más cordiales protestas de amistad y buena correspondencia.
En su alma era donde encontraba Andrade el mejor galardón de sus acciones, pero no dejaba de ser uno y bien halagüeño la afición que con ellas había logrado despertar en todas las almas bien nacidas.
(...)
Después de esta peripecia pasó doña Beatriz del extremo de la ansiedad y del dolor al de la esperanza y alegría. No sólo veía a su amante honrado y absuelto, sino libre de sus votos, volviendo a sus pies más rendido y enamorado que nunca y abriendo como la aurora las puertas de la luz al día resplandeciente y eterno de su amor. Desde entonces parecía que un nuevo germen de vida discurría por aquel cuerpo debilitado y lánguido, y que sus ojos recobraban poco a poco la serenidad de su mirada. Sus mejillas comenzaron a colorearse suavemente, y en todos sus discursos se notaba que la confianza había vuelto a introducirse en su alma. Locos extremos, sin duda, en que más parte tenía el deseo de su corazón que la realidad de las cosas, puesto que la suerte de don Álvaro estaba todavía pendiente del fallo de un tribunal, y que ni la razón ni la religión aconsejan que se ponga tanta fe en la inestabilidad de los negocios humanos.
Los que contaban con la condena y castigo de los templarios, que era la corte de Castilla y la mayor parte de sus ricos hombres, aunque estaban apoderados de sus bienes y aun de sus personas, volvieron a sus recelos y temores no bien los vieron absueltos y dados por libres los cargos que se les imputaban. Por lo mismo redoblaron su diligencia y esfuerzos para que los tristes pedazos de aquel ilustre cuerpo, como los de la serpiente fabulosa, no pudieran volver a juntarse y soldarse para tomar a la vida. Desconcertada su acción y secuestrados sus bienes, el medio más eficaz de reducirles al último abatimiento era privarles de aquellas alianzas, escasas en número a la verdad, pero por lo mismo sinceras, a cuya sombra pudieran intentar su restauración; y cuando a tanto no alcanzaran, debilitar por lo menos todo lo posible a los señores que les quedaban amigos para hacerlos menos temibles.
En tan fatal coyuntura se ofrecía a la resolución del tribunal el asunto de don Álvaro. Aunque todos sabían que la amargura del desengaño era la que le había llevado a la soledad del claustro, no por eso dejaban de conocer que, habiendo pronunciado sus votos voluntariamente, cualquiera que fuesen las cualidades de que en su origen adolecían, nunca faltaría a la fe jurada a sus hermanos. Claro estaba, por consiguiente, que si quedaba suelto de las ligaduras religiosas y volvía a ser señor de sus bienes en un país donde el Temple había echado tan hondas raíces, podían amagar grandes peligros, y mucho más si al cabo llegaba a entroncarse con la poderosa casa de Arganza.
(...)
La sentencia declaró a don Álvaro libre de los votos de obediencia y pobreza, únicos que le ligaban a la orden, y le restituyó todos sus bienes y derechos, pero no pudo coronar la obra de virtud de aquellos piadosos prelados. El voto de castidad y pureza, atadura la más fuerte de todas, quedaba sujeto a la jurisdicción especial del legado pontificio, pues cualquiera que fuese la nulidad de los otros, al cabo todos se referían a un orden de cosas ya finado o suspenso por lo menos, al paso que éste, como de obligación absoluta y puramente individual, no estaba sujeto a tiempo ni circunstancias, habiendo sido pronunciado voluntariamente.
(...)
El inquisidor, por su parte, para dulcificar algún tanto la amargura de este fallo, ofreció interponer sus buenos oficios con la corte romana, para la resolución definitiva de este asunto que en conciencia no había podido zanjar favorablemente, según decía. Ninguno se dejó engañar, sin embargo, porque acudiendo al concilio de Viena casi todos los obispos de la cristiandad, y habiendo de verse en él las piezas innumerables del inmenso proceso del Temple, no había imaginación que le viese el término, ni esperanza que hasta su fin pudiese llegar.
(...)
Por lo que hace a aquel desventurado joven, no se le oyó más que una queja, la de ver definitivamente separada su suerte de la de los templarios cuando acababan de romper el último talismán que podía hacerle agradable el poder y los honores. Desde entonces hasta el día en que hubo de dar la vuelta al Bierzo en compañía del abad no volvió a pronunciar una sola palabra sobre su suerte, pero en aquella ocasión, y sobre todo al despedirse de Saldaña, soltó la compresa a su dolor, y maldijo mil veces del sino que había traído al mundo. (...)
Habíase adelantado Millán a la impensada nueva del regreso de su amo, y todo Bembibre salió a su encuentro, pues ni un sólo día habían dejado de rezar por su feliz y pronta vuelta, ni echar de menos su autoridad paternal. Don Álvaro procuró corresponder como siempre a aquellas sencillas muestras de aprecio, pero nadie dejó de observar con disgusto cuán mudado estaba con los pesares el semblante de su señor. La guarnición que en nombre del rey ocupaba el castillo lo dejó al punto en manos de su legítimo dueño, y un buen número de los soldados que habían acompañado a don Álvaro a la expedición de Tordehumos se apresuraron a guarnecerlo. En una palabra, el día entero y aun alguno de los posteriores se pasaron en danzas y regocijos de todas clases, pues todo había vuelto en Bembibre a su antigua alegría. ¡Todo menos el corazón de su señor!
Capítulo XXXV
Las esperanzas de doña Beatriz venían a ser con tan raros sucesos como las flores del almendro que, apresurándose a romper su capullo a las brisas de la primavera, y abriendo su seno a los rayos del sol, desaparecen en una sola noche al soplo mortífero de la helada. Su alma cansada de sufrir y su salud postrada a los embates del dolor, no bien sintieron flojas las rigurosas ataduras, cuando se abalanzaron ardientemente a la fuente del bien y la alegría, para templar su hidrópica sed, bien ajenas de encontrar el acíbar de nuevas tribulaciones, donde tan regalada frescura y suavidad se imaginaban.
(...)
El anciano médico de Carracedo se manifestaba sumamente satisfecho del sesgo que la enfermedad iba tomando, y como las noticias que de Salamanca llegaban sólo traían anuncios de un porvenir próspero, nada había que detuviese la naturaleza en su benéfico movimiento.
Había entrado de lleno la primavera y su influjo contribuía también poderosamente al alivio de la enferma, pintando en su imaginación las risueñas escenas de aquellos contornos y regalando su pecho con su amoroso ambiente. Aquel cuadro ganaba cada día en belleza y amenidad, y en él encontraba el alma tierna y apasionada de doña Beatriz un manantial inagotable de dulcísimas sensaciones.
Una mañana que, unas veces a pie y otras embarcada, había recorrido con su padre y su doncella gran parte de las orillas del lago, se recostó, por último, al pie de un castaño para descansar un poco de su fatiga. Arrullaba tristemente una tórtola en las ramas de aquel árbol; un leñador, descargando recios golpes con su hacha en el tronco de un acebuche no muy distante, acompañaba su trabajo con una tonada muy dulce, y en el medio del lago, menudamente rizado por un vientecillo ligero, se balanceaba una barquilla con un solo aldeano. El cielo estaba puro; el sol recién salido alumbraba con una luz purísima el paisaje, y únicamente en un recodo algo más sombrío de aquella líquida llanura una neblina azul y delgada parecía esconderse de sus rayos.
Los tres guardaban silencio como si temiesen interrumpir con sus palabras la calma de aquel hermoso espectáculo, cuando un resplandor que venía del lado de Carucedo dio en los ojos de don Alonso, y fijándolos con más cuidado en aquel paraje, vio un hombre de armas que al trote largo se encaminaba hacia ellos, y cuyo almete y coraza heridos por el sol despedían vivos fulgores. Hacía días que no recibía noticias de Salamanca el noble señor y al punto juzgó que aquel hombre vendría enviado del abad.
El forastero, que vio la falúa atracada a corta distancia y el traje y apostura del grupo que estaba al pie del castaño, se encaminó hacia ellos en derechura, y apeándose ligeramente, presentó a don Alonso un pliego con las armas de Carracedo. Abriólo rápidamente, y a los pocos renglones que hubo leído se le robó el color de la cara, comenzaron a temblarle las rodillas, y como si fuese a perder el conocimiento se apoyó contra el tronco del árbol y dejó caer el papel de las manos. Doña Beatriz entonces, veloz como el pensamiento, se arrojó al suelo y recogiendo la carta se puso a leerla con ojos desencajados, pero su padre, que al ver su acción pareció recobrarse enteramente, se arrojó a ella para arrancársela de las manos diciéndole a gritos:
-¡No lo leas!, ¡no lo leas, porque te matará!
Pero ella, desviándose a un lado, sin separar sus ojos del fatal pliego, y cebada en sus renglones, llegó a un punto en que lanzando un tremendo gemido, cayó sin sentido en brazos de su fiel doncella. El mensajero acudió al punto a su socorro y los remeros hicieron lo mismo saltando en tierra, pero ya don Alonso y Martina la habían reclinado de nuevo al pie del árbol sentándose ésta en el suelo y teniendo en su regazo la cabeza de su señora. Entonces comenzaron a rociarle el rostro con agua que traían del lago en un búcaro, y a administrarle cuantos remedios consentía lo impensado del lance, pero inútilmente, porque no volvía en sí ni cesaba una especie de respiración sonora y anhelosa que parecía hervir en lo más profundo de su pecho. De cuando en cuando exhalaba un ¡ay! profundísimo y llevaba las manos al lado del corazón, como si quisiese apartar un peso que la abrumaba, mientras un copioso sudor corría de su frente y humedecía todo su cuerpo.
En semejante estado se pasó un largo rato, hasta que viendo don Alonso que el accidente ofrecía serio cuidado, determinó ponerla en la falúa y volver a la quinta inmediatamente. Transportáronla, pues, entre todos con el mayor cuidado, y bogando aceleradamente poco tardaron en desembarcar en el muelle desde donde, con las mismas precauciones, la llevaron a su cama. Afortunadamente, estaba allí a la sazón el anciano físico de Carracedo que acudió al punto, y observando con gran cuidado su respiración y pulso le abrió sin perder tiempo una vena. Con el remedio comenzó a mitigarse su tremenda fatiga, y a poco abrió los ojos, aunque sin fijarlos en objeto alguno determinado y rodeando su cámara con una mirada incierta y vagarosa. Por último, recobró totalmente sus sentidos, pero presa todavía de su tremendo ataque, las primeras palabras que pronunció fueron:
-¡Aire!, ¡aire!, ¡yo me ahogo!
El religioso acudió aceleradamente a las ventanas y las abrió de par en par.
-¡Ah!, ¡todavía!, ¡todavía tengo aquí un peso como el de una montaña! -exclamó pugnando por incorporarse y señalando el lado izquierdo del pecho.
Entonces Martina, el monje y su padre la incorporaron en el lecho amontonando detrás una porción del almohadas. En esta postura recobró poco a poco algún sosiego, y el aire templado y apacible que entraba por las ventanas empezó a serenar su respiración. Entonces fue cuando el recuerdo de la escena que acababa de pasar se despertó en su memoria, y clavando en su padre sus ojos alterados y brillantes con el fuego de la calentura, le dijo:
-¿Qué se hicieron la carta y el mensajero?... ¡Dadme el papel, que todavía no le he acabado de leer!... ¿Dónde le guardáis, que no le veo?
(...)
Entregósela entonces don Alonso, y ella, con extraordinaria avidez, se puso a devorarla. Esta carta, como presumirán nuestros lectores, no contenía sino lo que ya saben, pero por una fatal circunstancia distaba de la imaginación de doña Beatriz como el cielo de la tierra. Acabó, por fin, de leerla, y dejando caer entrambas manos sobre el lecho, como postrada de debilidad, dirigió una larga y melancólica mirada al paisaje que por las abiertas ventanas se descubría. (...)
Don Alonso, que se había sentado a los pies de la cama con la cabeza entre las manos, sumido en una profunda aflicción, se levantó al oír estas palabras como herido de una idea súbita, y poniéndose delante de su hija con ademán resuelto respondió:
-¡Yo, yo que te he perdido, yo te traeré la libertad de don Álvaro y la ventura de los dos!, yo pasaré a Francia, yo iré al cabo del mundo aunque sea a pie y descalzo y con el bordón del peregrino en la mano y me arrojaré a los pies de Clemente V. Yo le hablaré de la sangre que ha vertido mi casa por la fe de Cristo y le pediré la vida de mi hija única. Mañana mismo partiré para Viena.
(...)
-Doña Beatriz -le dijo gravemente el religioso-, en nombre de vuestro padre, de vuestro linaje y de cuanto podéis amar en este mundo, os encargo que recojáis todo vuestro antiguo valor y que os soseguéis, pues semejante agitación puede dañaros infinito.
Y al acabar estas palabras se salió del aposento llevándose consigo al señor de Arganza. Separóse de él un instante para disponer una bebida con que pensaba templar la calentura de la enferma aquella noche, y enseguida volvió al lado del acongojado viejo.
-¿Cuál es vuestro pensamiento? -le preguntó.
-El de emprender la marcha al instante -le respondió don Alonso-, pero quisiera que vuestro prelado viniese a hacer el oficio de padre con mi desdichada hija, que va a quedar por algún tiempo en la mayor orfandad y desamparo. ¿Creéis que su vista no empeore su estado trayéndole a la memoria imágenes dolorosas?
-Todo lo contrario -respondió el monje-, antes es preciso amortiguar el crudo golpe que ha recibido hoy, borrándolo en lo posible de su imaginación. Así que, no sólo debe venir el abad, sino don Álvaro también y muy en breve, porque tal vez su presencia valga harto más que todos mis remedios.
-Sí, sí, sin perder tiempo -respondió don Alonso llamando con una especie de silbato de plata.
Al punto se presentó el cazador Nuño.
-¿Se ha ido ya el mensajero de Bembibre? -le preguntó su amo.
-No, señor -respondió el viejo con aire de taco-, sin duda aguardará por las albricias de las buenas nuevas que ha traído.
-No importa -respondió don Alonso-, tráele inmediatamente a mi presencia.
El criado salió murmurando entre dientes y su señor, sentándose aceleradamente en su bufete, escribió una carta muy encarecida al abad encargándole la pronta venida en compañía de don Álvaro. Justamente acababa de cerrarla, cuando se presentó el mensajero.
-Malas nuevas has traído, amigo -le dijo el señor de Arganza.
-¡Ah, señor! -respondió el hombre con el acento de la sinceridad-, harto me pesa, y si yo hubiera sabido cuáles eran, otro hubiera tenido que ser el portador.
-No importa -repuso don Alonso-, ahí tienes esas monedas por tu viaje, pero di, ¿vienes bien montado?
-Una yegua traigo más ligera que el pensamiento -respondió el correo, muy alegre de verse tan generosamente recompensado.
-Pues es preciso que pongas a prueba su ligereza para llegar a Bembibre al punto y entregar esta carta al abad de Carracedo, que si la yegua se revienta yo te dejaré escoger entre las mías la que quieras.
Sin aguardar a más salió el soldado, y desatando su cabalgadura y montando en ella de un salto salió como un torbellino por el camino de Ponferrada en donde se perdió muy en breve de vista.
A medida que fue entrando el día fue creciendo la calentura de doña Beatriz y turbándose su conocimiento. (...)
Ni su padre ni el anciano religioso se apartaron sino muy contados instantes del aposento de la enferma, silenciosos ambos, aunque igualmente atentos, y haciendo, sin duda, las más tristes reflexiones sobre aquella vida marchitada en flor por el gusano roedor de la desdicha. (...)
Como el insomnio y la aflicción acaloraban a un tiempo su cabeza, salió en una ocasión un momento al mirador de la quinta a respirar el aire exterior. (...)
Un rápido vislumbre que salió por acaso de debajo de las encinas excitó más su curiosidad y, observando con cuidado, vio que eran tres jinetes, dos de ellos con atavíos militares que venían costeando el lago con galope rápido y acompasado a un tiempo, y se encaminaban a la quinta. La luz de la luna, que no servía para distinguir más que los bultos, alumbró lo bastante cuando ya se acercaron para descubrir que el uno de ellos vestía el hábito blanco y negro de la orden de San Bernardo. Don Alonso no pudo contener un grito de alegría y de sorpresa, y bajando la escalera precipitadamente fue a abrir por su misma mano la puerta al abad de Carracedo, que era el que llegaba acompañado de Don Álvaro y de su escudero Millán.
(...)
Al ruido de los caballos habían acudido algunos criados, y uno de ellos, cogiendo una luz, los guió a la cámara de la enferma. Quedáronse los forasteros al dintel mientras don Alonso se informaba, pero al punto volvió por ellos y los hizo entrar.
Estaba doña Beatriz tendida en su lecho como sumergida en un angustioso letargo, y las largas pestañas que guarnecían sus párpados daban a sus ojos cerrados una expresión extraordinaria. (...)
El abad, después de haberla mirado un instante, se puso a hablar en voz baja, pero con un gesto y expresión vehemente, con el religioso que la asistía, pero don Álvaro se quedó contemplándola con los ojos fijos. De repente exhaló un suspiro y luego, con una entonación fresca y purísima que participaba a un tiempo de la melancolía de la tórtola y la brillantez del ruiseñor, cantó sobre un aire del país el estribillo de una canción popular que decía:
Corazón, corazón mío,
lleno de melancolía,
¿cómo no estás tan alegre,
como estabas algún día?
Los ecos de aquella voz tan llena de sentimiento y de ternura quedaron vibrando en las bóvedas de la estancia, y como más de una vez sucede en los sueños, doña Beatriz se despertó al son de su propio canto. Don Álvaro, que vio abrirse sus hermosos ojos, como dos luceros hermanos que saliesen al mismo tiempo del seno de una nube, tuvo la bastante presencia de ánimo para esconderse al punto detrás de don Alonso y de Martina, temeroso de producir con su aparición una revolución fatal en la enferma; pero ya fuese que la acción le pareciese sospechosa, ya que su corazón le dijese a gritos quién era el que delante tenía, se incorporó en la cama con ligereza increíble, y como si quisiera atravesar con su mirada los cuerpos de su padre y de Martina para descubrir al que se ocultaba, preguntó con zozobra:
-¿Quién, quién es ese que así se recata de mis miradas?
(...)
La estatura aventajada de don Álvaro hacía que su casco coronado de un plumero se viese claramente por encima de la cabeza del señor de Arganza.
-¡Él es!, ¡él es! -exclamó doña Beatriz con la mayor vehemencia-, ese es el mismo yelmo y el mismo penacho que llevaba en la noche fatal de Villabuena. ¡Salid, salid, noble don Álvaro! ¡Oh, Dios mío, gracias mil, de que no me abandone en este trance de amargura!
-¡Ah, señora! -exclamó él presentándose de repente, ni en la ventura, ni en la desdicha, ni en la vida ni en la muerte os abandonará nunca mi corazón.
(...)
Capítulo XXXVI
Al día siguiente muy temprano, y cuando su hija descansaba todavía, salió el señor de Arganza para Francia sin más que el vicio Nuño y otro criado. (...) No quiso don Alonso despedirse de ella, siguiendo el cuerdo consejo del físico, para no agitarla más con una escena siempre triste, pero en aquella ocasión mucho más. Así pues, la partida se verificó a las calladas, acompañando al viajero el abad y el señor de Bembibre un buen trecho de camino. (...)
Doña Beatriz, rendida con las emociones de aquella noche, se había quedado profundamente dormida cerca del amanecer, y aunque los síntomas constantes de su enfermedad no daban a su sueño aquel descanso inapreciable, medicina de tantos males, sin embargo le permitían una blanda tregua con ellos. Justamente al entrar don Álvaro y el abad la despertó el relincho de Almanzor, y tendiendo la vista alrededor, echó menos la fisonomía de su padre. Preguntó al punto por él, y Martina salió como en su busca, pero en su lugar entró el abad de Carracedo. Doña Beatriz comprendió al punto lo que era (...) Enseguida llamó a Martina y dijo que quería levantarse. El físico no se opuso, y al poco tiempo ya estaba en pie.
Su palidez era extraordinaria, pues la excitación de delirio y de la calentura de la noche anterior había cedido el puesto a una debilidad y decaimiento fatales. Sólo cuando don Álvaro se presentó delante de ella sus mejillas se sonrosearon ligeramente, y al oír su voz, grave y varonil como siempre, pero como siempre también tierna y apasionada, pareció extenderse por todo su cuerpo un estremecimiento eléctrico. Habíale mirado con ansia la noche anterior, pero el velo que extendía la calentura delante de sus ojos y la escasa luz que alumbraba el aposento no le permitieron ver aquellas facciones a un tiempo armoniosas y expresivas, las primeras y únicas que se habían impreso en su alma. Entonces pudo satisfacer su deseo a la claridad del día, pero con una impresión semejante a la que su vista había producido en don Álvaro. Ningún síntoma de enfermedad se advertía en su noble semblante, pero el pesar había comenzado a surcar su frente; sus ojos garzos habían perdido su serenidad antigua, hundiéndose un tanto en las cuencas, y revistiéndose de una mirada sombría. Había perdido además el color, y en los contornos del cuerpo se notaba asimismo cierta flacura, hija de las desdichas y meditaciones.
Cuanto hemos dicho con tantas palabras, notó doña Beatriz con una sola ojeada, pero, sin embargo, nunca le pareció don Álvaro tan hermoso. Es cierto que nada había perdido de su antigua apostura y gallardía, y que en su porte y modales se advertía un no sé qué de austero y elevado que imponía respeto.
Apoyada en su brazo y en el del abad, bajó doña Beatriz la escalera que conducía al jardín con ánimo de sentarse a la sombra de un emparrado y cerca de un toldo de jazmines. (...)
La joven que, a pesar de bajar casi en brazos la escalera, se había fatigado mucho, no pudo resistir aquel ambiente tibio y cargado de perfumes que la ahogaba. (...) Inmediatamente, pues, la trasladaron a la falúa que al pie del muelle aguardaba. Entraron al punto los remeros y, desamarrándola, comenzaron a surcar la azulada llanura.
La brisa fresca del lago reanimó un poco a doña Beatriz. (...) Don Álvaro, en pie delante de ella, la contemplaba con ojos inquietos y vagarosos, mientras los suyos, fijos en el espejo de las aguas, seguían como en éxtasis sus blandas ondulaciones. Alzólos, por fin, para mirarle, y clavándolos en los suyos, le hizo señas con la mano para que viniese a sentarse a su lado. Obedeció él silenciosamente, y entonces la joven le dijo asiéndole la mano:
-Ahora estoy más sosegada, y puedo hablaros. Gracias a Dios, estamos solos; oídme, pues, porque tengo sobre mi corazón hace ya mucho tiempo un peso que me agobia. Acercaos más. ¿No es verdad que alguna vez os habéis dicho: la mujer a quien yo amaba ha sido la esposa de un hombre indigno de ella, su aliento ha empañado su frente, yo me la figuraba semejante a la azucena de un valle a quien no tocan ni los vientos de la noche, pero he aquí que cuando yo la encuentro está ya separada de la planta paterna, y sus hojas sin aroma y sin lustre? ¿No os habéis dicho esto algunas veces?
Don Álvaro calló en lugar de responder, y no alzó los ojos del suelo. Entonces doña Beatriz, después de haber guardado por un rato el mismo silencio, sacó del seno una cartera de seda verde, y le dijo:
(...)
-Tomad esta cartera -le dijo enseguida alargándosela-, y con ella aclararéis vuestras dudas.
-¡Ah!, ¡no tengo ningunas!, ¡ningunas! -exclamó don Álvaro sin recogerla.
-Tomadla, sin embargo -repuso ella-, porque dentro de poco será cuanto os quede de mí. No me miréis con esos ojos desencajados, ni me interrumpáis. (...) En esa cartera escribía yo mis pensamientos y aun mis desvaríos; para vos la destinaba, recibidla, pues, de mis manos, como la hubierais recibido de las de mi confesor.
-¡Ah, señora!, ¿cómo abrigáis semejantes ideas, cuando vuestro padre va a volver sin duda alguna, y con él los días de la primavera de nuestro amor?
-Mi padre volverá tarde -respondió ella con acento profundo-, volverá sólo para confiar a la tierra los despojos de su hija única y morir después. Antes de este último y fiero golpe la savia de la vida volvía a correr por estos miembros marchitos, pero ahora se ha secado del todo.
(...) De esta suerte cruzaron el lago hasta la ensenada de la quinta, donde, saltando en tierra, volvieron a subir en brazos a la joven. Era ya anochecido y significó su deseo de quedarse a solas con su criada, con lo cual los dos se despidieron de ella, retirándose a sus estancias respectivas.
No bien se vio don Álvaro en la suya cuando, cerrando la puerta y acercándose a un bufete en el cual ardían dos bujías, abrió la fatal cartera y comenzó a leer ansiosamente sus hojas. (...)
Cuando me dijeron que él había muerto, pasadas las primeras congojas del dolor, me pareció oír una voz que me llamaba desde el cielo y, me decía: «Beatriz, Beatriz, ¿qué haces en ese valle de oscuridad y llanto?» Yo pensé que era la suya, pero después he visto que vivía; sin embargo, la voz ha seguido llamándome entre sueños, y cada vez con más dulzura. ¿Qué me querrá decir? Mucho se ha debilitado mi salud, y moriré joven, sin duda alguna.
En otra hoja decía así:
(...) ¡Rara felicidad la mía! Antes de mis tristes bodas llamé aparte al que iba a ser mi esposo y le exigí palabra de que me respetaría todo el año que le había ofrecido a él aguardarle, cuando se partió a la guerra de Castilla. Así me lo prometió y me lo ha cumplido, porque, como no me ama, se ha contentado con la esperanza de mis riquezas y el poder que le da este enlace sin solicitar mi corazón, ni mucho menos mis caricias. Así moriré como he vivido, pura y digna del único hombre que me ha amado. Para él escribo estos renglones; ¿pero quién sabe si llegarán a sus manos? ¿Quién sabe si se los llevará el viento como las hojas de los árboles que veo pasar por encima de las torres del monasterio? ¡Más aprisa arrebatará quizá el soplo de la muerte las escasas galas que le quedan al árbol de mi juventud! Pobre padre mío, qué terriblemente habrá de despertar de sus sueños de grandeza!
(...)
Y en la página siguiente esta estrofa dolorosa:
La flor del alma su fragancia pierde;
por lo de ayer el corazón suspira,
cae de los campos su corona verde;
¡lágrimas sólo quedan a la lira!
(...)
Don Álvaro recorrió otros pasajes, en que la agonía que experimentaba por su suerte estaba trazada con rasgos de suma angustia y desconsuelo. Por fin, después de tantas ansias y congojas, venía el siguiente pasaje:
¡Oh, cielo santo!, ¡está absuelto de todas las acusaciones con todos los suyos!... ¡Pensé que me tiraba al agua para abrazar al mensajero que semejantes nuevas traía! Al cabo volverá, sí, volverá, no hay que dudarlo; ¿para qué se había de ataviar tan pomposamente la naturaleza con todas las galas de la primavera, sino para recibir a mi esposo? ¡Bellas son estas arboledas mecidas por el viento, bellas estas montañas vestidas de verdura, puras y olorosas sus flores silvestres, y músico y cadencioso el rumor de sus manantiales y arroyuelos, pero, al cabo, son galas del mundo, y yo tengo un cielo dentro de mi corazón! Yo saldré a buscarle con mi laúd en la mano, con mi cabeza cubierta del rocío de la noche y como la esposa de los Cantares, preguntaré a todos los caminantes: «¿En dónde está mi bien amado?» ¡Ah, yo estoy loca!, ¡tanta alegría debiera matarme, y sin embargo, la vida vuelve a mi corazón a torrentes, y me parece que la planta del cervatillo de las montañas sería menos veloz que la mía! Él me ponderaba de hermosa..., ¿qué será ahora cuando vea en mis ojos un rayo de sol de la ventura, y en mi talle la gallardía de una azucena, vivificada por una lluvia bienhechora? ¡Oh, Dios mío, Dios mío!, ¡para tamaña felicidad, escaso pago son tantas horas de soledad y de lágrimas! ¡Si un paraíso había de ser el lugar de mi descanso, pocos eran los abrojos de que habéis sembrado mi camino!
Don Álvaro había podido leer, aunque conturbado y confuso, los anteriores pasajes, empapados en llanto y pesar, pero al llegar a éste, en que con tan vivos colores estaba bosquejada una dicha como el humo disipada, no fue ya dueño de los violentos arrebatos de su alma, y se dejó caer sobre su cama, rompiendo en amarguísimos sollozos. Por fin estaba solo, y nadie sino Dios era testigo de su flaqueza; pero las lágrimas, que tanto alivian el corazón de las mujeres y los niños, son en los ojos de los hombres alquitrán y plomo derretido.
Capítulo XXXVII
Los tristes pronósticos de doña Beatriz fueron cumpliéndose muy aprisa desde aquel día, y sus padecimientos físicos, unidos a los combates de su alma, empezaron a desmoronar visiblemente aquel cuerpo de tantas maneras minado y cuarteado. Las bellas y delicadas tintas de la salud, que otra vez habían vuelto a sonrosear aquel delicado rostro, digno de un ángel de Rafael, se trocaron poco a poco en la palidez de la cera, bien como vemos las nubes del ocaso perder sus vivos matices a medida que baja el sol. La morbidez suavísima de sus carnes, la bella ondulación de sus contornos, la gallardía de sus movimientos, que por algún tiempo oscurecidas bajo las sombras del dolor y la enfermedad habían comenzado a florecer de nuevo, otra vez volvieron a marchitarse bajo el soplo del desengaño. Su forma se parecía más y más a la de una sombra, y lo único que en ella iba quedando era el reflejo de aquel alma divina, que brillaba en sus ojos y la iluminaba interiormente. La enfermedad que la consumía, lejos de tomar en ella ningún carácter repugnante, parecía que realzaba su resignación angelical y su dulzura sin ejemplo. (...)
En aquellos días fatales su amor a la naturaleza subió de punto, y su ansia por contemplar las hermosas escenas de aquellos alrededores era extraordinaria. Fatigábale la cama terriblemente, pero como de puro postrada no podía dar un paso, sus paseos eran siempre en la falúa, cuyo movimiento era lo único que podía sobrellevar. Así pues, se pasaba horas enteras cruzando las aguas del lago, unas veces contemplando sus orillas con una especie de arrobo, otras siguiendo con la vista las bandadas de lavancos que nadaban a lo lejos en ordenados escuadrones, y casi siempre abismada en sus propios pensamientos. De cuando en cuando, alzaba la vista para mirar el camino por donde su padre había partido, por ver si en lo alto de la cuesta de Borrenes resplandecían sus armas, y al ruido de las yeguas de los aldeanos que pasaban por la orilla se volvía con una especie de estremecimiento, imaginando oír las herraduras del caballo de don Alonso.
Don Álvaro y el venerable abad no dejaban de acompañarla ni un solo instante en aquellos melancólicos paseos, observando con espanto el progreso rápido del mal y el decaimiento cada día mayor de la desdichada. Don Álvaro, clavados casi siempre sus ojos en los suyos, parecía respirar con la misma congoja y ahogo que si su pecho estuviese atacado de la misma enfermedad. (...) De esta suerte, reducidos los dos amantes al lenguaje de los ojos, las almas que parecían salirse por ellos, volaban una al encuentro de otra como si quisieran confundirse en el mismo rayo de luz que para comunicarse les servía.
Por fin, llegó a tanto la postración de doña Beatriz, que pasó en la cama una porción de días sin manifestar deseo de levantarse, y como sumida en un desvarío que parecía enajenar su razón. Al cabo de ellos, cerca de la caída de la tarde, se reanimó de una manera desusada, y abriendo sus hermosos ojos, más brillantes aún que de costumbre, dijo con voz entera y gran rapidez:
-¡Martina! ¡Martina!, ¿dónde estás?
-Aquí, señora -contestó la muchacha casi sobresaltada de aquel súbito recobro-, aquí estoy, siempre a vuestro lado; ¿dónde queríais que estuviese?
(...)
-Sí, sí, tráeme mi vestido blanco, porque quiero pasearme por el lago. Estoy mejor, mucho mejor; y el día me parece hermosísimo. ¡Vos aquí también, don Álvaro!, ¡y vos, venerable padre! ¡Ah, me alegro en el alma, porque con eso os veréis en parte pagados de tantos afanes y zozobras como por mí habéis pasado!
(...)
El lago, iluminado por aquella luz tibia, tornasolada y fugaz, y enclavado en medio de aquel paisaje tan vago y melancólico, más que otra cosa parecía un camino anchuroso, encantado, místico y resplandeciente que en derechura guiaba a aquel cielo que tan claro se veía allá en su término. Por un efecto de la refracción de la luz, una ancha cinta de cambiantes y visos relumbrantes ceñía las orillas del lago, y la falúa parecía colgada entre dos abismos, como un águila que se para en mitad de su vuelo.
(...) Por fin, después de haber dirigido llorosas miradas al cielo, al lago, a las montañas lejanas y a aquella quinta donde tanto había aguardado y sufrido, como si de todos ellos se despidiera y tuviesen un alma para comprenderla, dijo al apenado caballero:
-Don Álvaro, ¿no veis cuán vanas son las alegrías de la tierra? ¿Quién nos dijera hace un año que nos habíamos de encontrar en estos escondidos parajes sólo para una eterna despedida?
(...) De repente el galope de tres caballos de guerra les hizo volver a todos los ojos hacia aquel sitio. Eran, en efecto, tres jinetes, de los cuales el más delantero, un poco mejor ataviado, indicaba ser el principal, y los tres, habiendo visto la falúa, venían corriendo hacia ella por debajo de aquellos árboles venerables, dando gritos de contento y espoleando los corceles con ambos acicates. Doña Beatriz, al oírlos, como si una mano invisible la sacase de su abatimiento con la presencia y voces de los forasteros, se puso en pie velozmente, y con los ojos desencajados comenzó a mirarlos hasta que, acercándose más y más, lanzó un alarido de dolor a un tiempo y de alegría, y extendiendo los brazos hacia la orilla exclamó:
-¡Es mi padre!, ¡mi padre querido!
-Sí, tu padre soy, hija de mi alma -contestó don Alonso, porque él era en efecto-, tu padre que viene a cumplirte su promesa. ¡Mira, mira! -añadió sacando del seno una cartera verde, aquí está la bula del Papa, y en ella viene la fianza de tu felicidad.
-¡Misericordia divina! -prorrumpió ella con un clamor tan descompasado que se oyó en las orillas más apartadas, y aterró a los circunstantes-. ¡Misericordia divina! -repitió torciéndose las manos-, ¡la esperanza y la ventura ahora que voy a morir!
Al acabar de pronunciar estas palabras y con el tremendo esfuerzo que acababa de hacer, una de las venas de su pecho, tan débil ya y atormentado, se rompió, y un arroyo de sangre ardiente y espumosa vino a teñir sus labios descoloridos y su vestido blanco. Asaltóla al mismo tiempo un recio desmayo con el cual cayó en brazos de su doncella y de don Álvaro, pero como todo ello fue obra de un instante, y el empuje comunicado a la góndola por los remeros era rapidísimo, tocó en la orilla, donde ya don Alonso estaba apeado, a tiempo que precipitándose hacia su hija se encontró bañado en su propia sangre. Con semejante cuadro se quedó como petrificado en medio del alboroto de todos, con la boca entreabierta, los brazos extendidos y los ojos clavados en aquel pedazo de su corazón por cuyo reposo y contento, aunque tardíos, había hecho tan terribles sacrificios, y aquel mismo largo y penosos viaje de que acababa de apearse. Doña Beatriz, sin dar más señal de vida que algunos hondos suspiros, estaba con la cabeza doblada sobre el hombro de su desolada doncella y todo su cuerpo a manera de una madeja de seda, abandonado y sin brío. El anciano médico, que con tanta prolijidad y amor la había asistido, después de observarla detenidamente, se acercó al abad y le dijo al oído, pero no tan paso que don Alonso no percibiese algo:
-Ya se acabó toda esperanza; ¡lo más que durará es un día!
-¡In feliz padre! -exclamó el abad volviéndose hacia don Alonso (...)
-¡Oh, hija mía, alegría de mi vejez y corona de mis canas! -exclamó queriendo acercarse a ella, y forcejeando con el abad y los remeros que le detenían-, ¿no pudo el Señor quitarme la vida en tantos combates con los moros, antes de venir a ser tu verdugo?
(...)
El desventurado padre calló al punto de miedo de agravar el estado de su hija, pero siguió sollozando con gran ahogo y congoja.
El deliquio era profundo; la noche comenzó a mostrar sus estrellas, y al cabo, hubieron de volverse a la quinta en aquella barca, que según lo ligera y silenciosa que bogaba, no parecía sino el bajel de las almas.
En brevísimo espacio cruzaron el lago, y desembarcando apresuradamente, subieron a la señora, todavía desmayada, a su aposento y la pusieron en su lecho.
Al fin, después de un buen rato, recobró poco a poco la vida que parecía haberse huido de aquel cuerpo fatigado, pero no la razón, extraviada con las visiones del delirio. (...)
-¡Don Álvaro! exclamaba con la voz quebrada por la fatiga de la respiración-, ¿dónde estás? háblame, ven, dame tu mano. A nadie veo, a nadie conozco sino a ti; sin duda te veo con los ojos de mi corazón que a todas partes te sigue, como al sol el lucero de la tarde. ¿Me oyes, don Álvaro?
-Sí, te oigo exclamaba el joven, con una voz que parecía salir de un sepulcro.
-¡Ah!, ¡tanto mejor! -reponía ella con el acento del regocijo, pero no te vayas, porque entonces quedaría sola del todo. Pero ¡loca de mí!, ¿cómo te has de marchar, si me amas y eres mi esposo para siempre? Antes mañana me vestiré de gala para que me lleves al altar. ¡Oye!, ¡yo quiero que se den muchas, muchas limosnas, para que todos sean felices y nos bendigan! ¡Si vieras tú cómo me aman todos estos campesinos! ¡Mucho tiempo se pasará antes de que olviden mi memoria!... ¡Ah!, dime, ¿y guardas la cartera que te di hace tanto tiempo?, ¡pues átale una piedra y arrójala al lago, porque aquellos renglones estaban mojados con mis lágrimas, y ahora ya no me quedan lágrimas, si no son las de la alegría!
Fatigada entonces, calló por un rato, pero tomando sus ideas otro curso, dijo por último, apartando la ropa que la cubría:
-¡Quitadme esa ropa que me ahoga!, abrid de par en par esas ventanas, y dejad entrar el aire de la noche, para que se temple este fuego que me abrasa el pecho... ¡Cielos!, ¡qué pensamientos eran los míos hace un momento, para olvidarme así de que estoy luchando con la agonía! (...)
En estas dolorosas alternativas, más crueles tal vez para los que la rodeaban que para ella propia, se pasó la noche entera. Hacia el amanecer volvió a quedarse como aletargada, según más de una vez le había acontecido durante aquella terrible enfermedad que ya tocaba a su término.
Capítulo XXXVIII
(...)
El reposo de la joven tuvo poco de largo y menos de sosegado, pero, tal como fue, bastó a disipar las nubes que oscurecían su razón para hacer más dolorosos de este modo sus postreros momentos y derramar al mismo tiempo un fulgor divino sobre la caída de aquel astro, en cuyos benéficos resplandores tantos infelices habían encontrado alivio y consuelo. (...) El día amanecía tan risueño y alegre que nadie pudiera creer que en medio de su claridad hubiera de eclipsarse una obra tan perfecta y hermosa.
(...)
-Esta muerte que tan de súbito me coge en la primavera de mi vida, más me duele por vos, padre mío, por este noble y generoso don Álvaro y por todos estos buenos amigos que han puesto en mí su cariño, que no por mí. Al cabo, hace más de un año que una voz secreta me está pronosticando este paradero, y aunque ayer lo sufrí con impaciencia queriendo volverme locamente contra el cielo, hoy que se han disipado las nieblas de mi entendimiento, con humildad me postro delante de la voluntad suprema. Ya lo veis, señor, qué pasajera es la luz de nuestros deseos y grandezas; ¿quién le dijera a mi madre que había de seguirla tan en breve? ¿Por qué habéis, pues, de acongojaros de ese modo, cuando vos mismo caminaréis muy pronto por mis huellas, adonde yo con mis hermanos y mi madre os salga a recibir para nunca apartarnos de vos?
-¡Oh, hija de mi dolor! -exclamó el anciano-, tú eras mi postrer esperanza en la tierra, pero no es tu temprano fin el que abreviará mis cortos días, sino la ponzoñosa memoria de mi falta.
- (...) Acercaos, esposo mío en la muerte (...) Nuestro lecho nupcial es un sepulcro, pero por eso nuestro amor durará la eternidad entera. ¡Ah, don Álvaro!, ¿esperabais mejor padrino de nuestras bodas que el Dios que va a recibirme en su seno?, ¿concierto más dulce que el de las arpas de los ángeles?, ¿cortejo más lucido que el coro de serafines que me aguarda?, ¿templo más suntuoso que el empíreo? Si vuestros ojos estuviesen alumbrados como los míos por un rayo de la divina luz, seguro es que las lágrimas se secarían en ellos o que las que corriesen serían de agradecimiento.
Hizo aquí una breve pausa durante la cual sus ojos se clavaron en los de su amante con expresión singular y, por fin, le dijo:
-Leyendo estoy en ese corazón hidalgo como en un libro abierto. ¿No es verdad que querríais quedar en este mundo con el título de mi esposo? Vuestra alma me ha seguido por mi sendero de espinas y dolores, y ni aun en la muerte me abandona. ¡Ah!, ¡gracias!, ¡gracias!... Padre mío -añadió dirigiéndose al señor de Arganza-, y vos, reverendo abad, sabed que yo también quiero comparecer ante el trono del Eterno adornada de tan hermoso dictado. Unidnos, pues, antes que se apague la llama de mi vida.
El abad, aunque poseído de consternación, se acercó entonces, y como para templar un poco su ardiente exaltación, le dijo cuán conveniente era que una confesión de ambos precediese a tan augusta ceremonia.
-Tenéis razón -contestó ella-, pero he aquí la mía, que bien puede decirse en alta voz. Yo he amado y sufrido; cuantos beneficios han estado en mi mano esos he derramado; cuantas lágrimas he podido enjugar esas he enjugado; si alguna vez he odiado, sedme testigo de que me arrepiento y perdono.
-Otro tanto sé decir de mí -añadió don Álvaro-, unos han sido nuestros sentimientos, una nuestra vida; ¡pluguiese al cielo que la muerte nos igualase del mismo modo!
Don Alonso hizo entonces una señal al abad para que se apresurase a dar fin a un acto que podía servir en cierto modo de alivio a entrambos, y el anciano juntó la mano poderosa de don Álvaro, con la débil y casi transparente de doña Beatriz, y con voz conmovida pronunció las palabras del sacramento, después de las cuales quedaron ya esposos ante el Dios que debía juzgar al uno de ellos dentro de pocas horas. (...)
A medida que el sol iba subiendo, las ligeras nubes que había sembradas por el cielo se disiparon y, por último, se quedó el firmamento tan azul y puro que, como en el
Ensueño de Byron, «Dios sólo se veía en medio de él». El lago estaba terso y unido como un espejo, y sus riberas silenciosas y solas, los pájaros del jardín habían callado también, pero sus flores, con el seno desabrochado a los ardientes rayos del sol, inundaban el aire de aromas que llegaban hasta el lecho de doña Beatriz.
-¡Cuántas veces -le dijo a don Álvaro-, habrás comparado mis mejillas a las rosas, mis labios al alhelí, y mi talle a las azucenas que crecen en ese jardín! ¿Quién pudiera creer entonces que la flor de mi belleza y juventud se marchitaría antes que ellas? ¡Vana soberbia la de los pensamientos humanos!
(...)
Al acabar estas palabras inclinó suavemente la cabeza sobre el hombro de don Álvaro, sin hacer extremo ni movimiento alguno, como acostumbraba en los frecuentes deliquios que padecía; pero pasado un rato, y viendo que no se sentía su respiración, la apartó de sí azorado. El cuerpo de la joven cayó entonces inanimado y con los ojos cerrados sobre la cama, porque sobre su hombro acababa de exhalar el último suspiro.
En la misma noche despachó correos el abad a Carracedo y al monasterio benedictino de San Pedro de Montes, y a la mañana siguiente acudieron un crecido número de monjes de entrambos, con lo cual pudo hacerse el entierro de la malograda joven con toda la suntuosidad correspondiente a su clase. Don Álvaro, que desde que vio muerta a su esposa se encerró en un silencio pertinaz, se empeñó en acompañar su cadáver a la capilla. Durante el oficio estuvo tranquilo, aunque echando de cuando en cuando miradas vagarosas al féretro y a la concurrencia, pero cuando llegó el caso de depositar en el sepulcro aquellos restos inanimados, dando un tremendo alarido se precipitó para arrojarse en él. Acudieron al punto los circunstantes y le detuvieron mal su grado. Viendo entonces burlado su intento se desasió de sus brazos y sin cesar en sus alaridos y con todas las trazas de un demente corrió con planta ligera a emboscarse en lo más cerrado del monte a la parte de las Médulas. Su razón había sufrido un fiero golpe, y al cabo de algunos días, el fiel Millán le encontró en una de las galerías de las antiguas minas con el cabello descompuesto y la ropa desgarrada. Con gran maña lo restituyó a la quinta donde aplicándole muchos remedios volvió pronto a su juicio al cabo de algunos días. En cuanto se vio libre de su acceso rogó que le dejasen bajar a la capilla, pero todos se opusieron fuertemente, temerosos de que la vista de aquel sepulcro, no bien cerrado, desatase otra vez la vena de su locura; sin embargo, tantas y tan concertadas fueron las razones que dio, que al cabo hubieron de dejarle cumplir aquel triste gusto. Arrodillóse sobre la sepultura y en oración ferviente pasó más de una hora; besó, por último, la losa, y levantándose en seguida, sin pronunciar palabra, ni hacer extremo alguno de dolor, se salió y montando en su arrogante caballo se partió de la quinta sin despedirse de don Alonso y seguido de Millán y otros dos o tres criados más antiguos, que al rumor de su enfermedad y locura acudieron desalados a la quinta.
Apenas llegó a Bembibre hizo dejación de todos los bienes que poseía en feudo y, mejorando considerablemente la herencia de su escudero, repartió lo demás entre sus criados y vasallos más pobres. Hecho esto, una mañana le buscaron por todo el castillo y no apareció; lo único que se había llevado consigo era el bordón y sayal de peregrino de uno de sus antepasados que había ido a la Tierra Santa en aquel hábito, y para memoria se guardaba en una de las piezas del castillo. De aquí dedujeron unos que él también se habría encaminado a Palestina, otros que no era allí sino a Santiago de Galicia donde iba con ánimo de quedarse en algún retirado monasterio de aquella tierra, y no faltó, por último, quien dijo que la locura había vuelto a apoderarse de él.
El señor de Arganza, por su parte, sobrevivió poco a su interesante y desdichada hija, como era de esperar de sus años y de su profunda aflicción. Con su muerte se extinguió aquella casa ilustre que pasó a unos parientes muy lejanos y quedó un vivo cuanto doloroso ejemplo de la vanidad, de la ambición y de los peligros que suelen acompañar a la infracción de las leyes más dulces de la naturaleza.
Conclusión
El manuscrito de que hemos sacado esta lamentable historia anda muy escaso en punto a noticias sobre el paradero de los demás personajes, en cuya suerte tal vez no faltarán lectores benévolos que se interesen. Por desgracia, no pocos de ellos eran viejos cuando les conocimos, y así el manuscrito ya citado se contenta con decirnos que después de la extinción final del Temple que Clemente V decretó en el concilio de Viena, no por vía de sentencia, sino como providencia de buen gobierno, la mayor parte de los caballeros fueron destinados a monasterios de diferentes órdenes, y entre ellos el anciano maestre de Castilla, don Rodrigo Yáñez, vino a concluir sus breves días a Carracedo. Díjose, y no sin fundamento, que la desgracia de su sobrino, añadida a los infinitos pesares que le había traído el triste fin de su orden, acortó el hilo de su vida. El buen abad tardó poco en seguirle colmado de bendiciones por todos sus vasallos a quienes miraba como a hijos.
Por lo que hace al comendador Saldaña, fiel a su propósito, abandonó la Europa degenerada y cobarde, como siempre la llamaba, y pasó a Siria, donde acabó sus días en una revuelta de los cristianos oprimidos que acaudillaba. En resumen, el tal manuscrito no parece sino un libro de defunciones, porque, según él, hasta el mismo Mendo, el palafrenero, fue víctima de una apoplejía fulminante que le trajo su obesidad cada vez mayor.
De la suerte posterior del señor de Bembibre, de la linda Martina, de Millán y de Nuño, nada más de lo que sabemos contenía; pero en el año pasado de 1842, visitando en compañía de un amigo las montañas meridionales del Bierzo, hicimos en el archivo del monasterio de San Pedro de Montes un hallazgo de grandísimo precio sobre el particular que nos aclaró todas nuestras dudas. Era el tal una especie de códice antiguo escrito en latín por uno de los monjes de la casa, pero como los sucesos que en él se refieren exigen cierto conocimiento de los lugares, nuestros lectores pueden perdonarnos, mientras les enteramos de lo más preciso, haciéndose cargo de que habiendo tenido paciencia para seguirnos hasta aquí, bien pueden decir con el refrán vulgar «donde se fue el mar que se vayan las arenas».
(...)
Hechas, pues, estas explicaciones que hemos juzgado necesarias, volvamos al códice latino cuyas palabras vamos a traducir fielmente haciendo antes una profunda cortesía a nuestros lectores en señal de despedida, ya que después de ellas, nada podemos contarles de nuevo. Dice así:
«Por los años de 1320, ocho después que el santo padre Clemente V, de santa memoria, disolvió la orden y caballería del Temple, acaeció que un peregrino que volvía a visitar el sepulcro del Salvador, mal perdido por los pecados de los fieles, apareció en la portería de esta santa casa, y habiendo pedido que la llevasen a la cámara del abad, así lo hicieron. Largo rato duró la plática con su reverencia, la cual, al cabo, vino a dar por resultado que el forastero de todo el mundo desconocido tomase el hábito del glorioso patriarca San Benito a los dos días, con grande admiración de todos nosotros; pero el abad con quien, según oímos de sus labios, se había confesado el peregrino, pasó por encima de todos los trámites y requisitos acostumbrados para entrar en religión, y nos impuso silencio con la voz de su autoridad. El nuevo monje podía tener como hasta treinta y dos años, era alto, bien dispuesto y de hermosas facciones, pero las penitencias, sin duda, y tal vez los disgustos le doblaban la edad al parecer. Era muy austero y taciturno, y su aire a veces parecía como de quien en el siglo había sido un poderoso de la tierra. Esto, sin embargo, no dañaba a la modestia y suavidad de trato que con todos usaba, si bien por muy poco tiempo disfrutamos el suyo.
Pocos días antes de su misteriosa llegada había fallecido el ermitaño de la Aguiana, santo varón muy dado a la penitencia; pero como la ermita está cubierta de nieve gran parte del año, y la cerca tan grande soledad y desamparo, ninguno se sentía con fuerzas para vida tan áspera y rigurosa. Comoquiera, el nuevo religioso no bien se hubo enterado de lo más necesario al reciente estado, se partió con consentimiento del abad a morar en la ermita, dejando avergonzada nuestra flaqueza con su valerosa resolución. Era esto a principios del otoño, cuando caen en aquella eminencia las primeras nieves, y nubarrones casi continuos comienzan a ceñirla como un ropaje flotante, pero sin arredrarse por eso, tomó posesión al punto de su nuevo cargo.
Los resplandores de su virtud y caridad no pudieron estar largo tiempo ocultos, y así pronto se convirtió en el ídolo de la comarca. Partía con los pastores pobres su escasa ración de groseros alimentos, y cuando se arrecían con el frío, les cedía la porción de vino que le daban en el convento y que sin duda sólo recibía con este objeto, pues nunca lo llegaba a los labios. Acontecía algunas veces que una res vacuna o alguna cabra se perdía a boca de noche en aquellas soledades, y él entonces, a trueque de ahorrar a su dueño un disgusto de su pérdida, salía de la ermita pisando nieve endurecida y la llevaba al pueblo a riesgo de ser devorado de los lobos, osos y otras alimañas de que tan gran abundancia se cría en estas breñas.
Con estas y otras buenas obras, de tal manera se llevó tras sí el respeto y los corazones de esta gente sencilla, que sus palabras eran para ellos como las que Moisés oyó de boca del Señor en el monte Oreb. Él los consolaba en sus aflicciones, componía sus diferencias, les daba instrucciones para sus cacerías como persona muy entendida, y era, por fin, como la luz de estas oscuras y enriscadas asperezas.
Los fríos del invierno y el rigor de sus penitencias acabaron de destruir su salud ya quebrantada; así es que la dulce estación de la primavera no le restauró en manera alguna. Sin embargo, salía muy a menudo de la ermita, y paseando, aunque con trabajo, llegaba a las rocas de Ferradillo, desde donde se registran las cárcabas y pirámides de las Médulas y el plácido y tranquilo lago de Carucedo. Allí se pasaba las horas como arrobado, y hasta que declinaba el día casi nunca volvía a su estrecha celda. El abad, viendo cómo decaían sus fuerzas, le rogó repetidas veces que dejase vida tan penosa y bajase a recobrarse al monasterio, pero nunca lo pudo recabar de él.
Por fin la noche antes de los idus de agosto (14) víspera de la función de la Virgen de la Aguiana, se oyó tocar a deshora la campana del ermitaño con gran prisa, como pidiendo socorro. Alborotóse con esto no sólo la comunidad, sino el pueblo entero, y apresuradamente subieron a la ermita, pero por prisa que se dieron, cuando llegaron los delanteros ya le encontraron muerto. Grandes llantos se hicieron sobre él, pero aunque registraron su pobre ajuar no encontraron sino una cartera destrozada, con una porción de páginas desatadas al parecer y sin concierto, llenas de doloridas razones y sembradas de algunas tristísimas endechas, por las cuales nada podían rastrear sobre el nombre y calidad del desconocido.
Al otro día, según dejamos dicho, era la romería de Nuestra Señora, y tanto para que recayesen sobre el difunto las oraciones de los fieles, cuanto por ver si había alguno que le conociese entre aquel numeroso concurso, lo pusieron en unas andas tendidas de negro a los pies de la ermita, amortajado con su propio hábito y con la cartera de seda encima.
Las gentes que vinieron aquel año fueron muchísimas, pero entre ellas llegó una familia que por el vistoso arreo de su traje llamaba la atención. Componíase de un anciano que pasaba ya de los sesenta; de un mozo como de treinta y dos, muy gallardo; de una mujer como de veinticinco, rubia, de ojos azules y tez blanca, de extraordinaria gracia y gentileza, que traía de la mano, después que se apearon de sus yeguas, una niña como de siete años, con una túnica blanca de lienzo y una gran vela de cera en la mano. La especie de mortaja que la cubría, la ofrenda que llevaba en la mano, y más que todo su color un poco quebrado, pero que en nada menguaba su hermosura de ángel, daban a conocer que venía con sus padres a cumplir algún voto hecho a la Virgen en acción de gracias, por haberla sacado de las garras de la muerte en alguna enfermedad no muy lejana. Era una familia en cuya vista se recreaba el ánimo involuntariamente, porque se conocía que la paz del corazón y los bienes de fortuna contribuían a hacerlos dichosos en este valle de lágrimas.
Los cuatro, pues, entraron en la ermita, y viendo tanta gente agolpada alrededor del muerto, se acercaron también, llevados a un tiempo de la curiosidad y de la piedad. Trabajo les costó romper el cerco de aldeanos para rodear aquel humilde ataúd, pero apenas llegaron a él los dos jóvenes esposos, cuando fijando ella la vista en la cartera y él en el semblante del muerto, se pintó en sus rostros a un mismo tiempo la sorpresa y el terror. Estaba la cartera muy descolorida, como si sobre ella hubiesen caído muchas gotas de agua, y el cadáver, como es uso entre los monjes, tenía cubierto el rostro hasta la barba con la capucha; pero así y todo, y con la seguridad que una voz interior les daba, abalanzóse él a descubrir la cara del muerto, y ella se apoderó con ansia de la cartera que comenzó a registrar.
-¡Virgen santísima de la Encina! -exclamó la mujer dando un descompasado grito-, ¡la cartera de mi pobre y querida ama doña Beatriz Ossorio!
-Dios soberano -gritó él, por su parte, abrazándose estrechamente con el cadáver-, ¡mi amo, mi generoso amo, el señor de Bembibre!
-¿Quién decís? -exclamó el viejo atropellado por la gente, ¿el esposo de aquel ángel que yo vi nacer y morir?
Los tres entonces, asiéndose de las manos y del hábito del difunto, comenzaron un tierno y doloroso llanto, en que muchos de los circunstantes conmovidos, a vista del no pensado caso, no tardaron en acompañarles.
-Madre -preguntó la niña con ojos llenos también de lágrimas y medio aturdida con lo que veía-, ¿es éste aquel señor tan bueno de que hablas tantas veces con mi padre?
-Sí, Beatriz mía, hija de mi alma -exclamó su madre alzándola en sus brazos-, ese es vuestro bienhechor. Besa, alma mía, besa el hábito de ese santo, porque si esta Virgen divina te ha concedido la salud y guardándote a nuestro amor, fue porque él sin duda se lo pedía.
Los romeros entonces dijeron ser Nuño García, montero que había sido del señor de Arganza; Martina del Valle, camarera de su hija doña Beatriz, y Millán Rodríguez, escudero y paje de lanza de don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre que era el que allí muerto a la vista tenían. En esto llegó el abad de esta santa casa vestido con ropa de iglesia para bajar en procesión la santa imagen, según era costumbre, y diciendo muchas palabras de consuelo a los afligidos criados, les aseguró ser cierto lo que veían y creían. Don Álvaro, según lo que contó, había ido a meterse fraile a un convento de la Tierra Santa, pero habiéndolo entrado los infieles a saco antes de cumplir el año del noviciado, fatigado del deseo de la patria, y atraído por la sepultura de su esposa, había venido a Montes donde había confiado todas esas cosas al abad bajo secreto de confesión, hasta que otro no descubriese su nombre.
Comoquiera, el pesar que aquellas gentes recibieron fue muy grande, y aun Millán pidió que le dejasen llevar el cuerpo a Bembibre, pero el abad no lo consintió, así por no ir contra la voluntad expresa del difunto, que quería ser enterrado entre sus hermanos, como porque creía que sus reliquias habían de traer bien a este monasterio. A los huéspedes los agasajó y regaló con mucho amor, y en especial al viejo Nuño a quien vio afligidísimo el día del entierro de doña Beatriz, y cobró afición muy particular desde entonces por su lealtad. El pobre montero, viejo ya y sin familia, se vio desamparado de todo punto cuando se acabó la casa de su amo, dado que rico con sus mandas y larguezas, y se fue a vivir con Martina y Millán en cuya casa pasaba los últimos años de su vida muy querido y estimado. Al cabo de dos días se volvieron todos a Bembibre, donde vivían bien y holgadamente, colmados de regalos y finezas.
Tal fue este extraño suceso, que me pareció conveniente asentar aquí, y que duró mucho tiempo en la memoria de estas gentes. De los ya nombrados criados, tengo oído decir a muchas personas que aunque vivieron muy dichosos, rodeados de hijos muy hermosos y bien inclinados, y muy ricos para su clase, sin embargo, aun pasados muchos años, se les anublaban los ojos en lágrimas cuando recordaban el fin que tuvieron sus buenos amos, y sobre todo el señor de Bembibre.»